Alimento y cenizas

NARRATIVAHALLOWEEN 2026

10/18/20266 min read

Por: Daniel Gutiérrez

Daniel Gutiérrez, (Corrientes, 1986), Licenciado en Periodismo, Profesor de Lengua y Literatura y propietario de Fénix Libros. Ha escrito varios poemarios ligados al new weird o ficción extraña como El librero Cenital: el poeta y la máquina weird, Sudario de Fantasma y Tajadas en el corazón. Poemas de amor, gore y metrajes hallados. Así como la novela corta La casa hecha de piel: una novelita de amor new weird. Algunos de sus relatos se hallan editados en antologías nacionales e internacionales.

La carne era ceniza en el pico del ave. Ariel miraba cómo cada porción era tragada con una voracidad perversa. Las gotas se transformaban en estalactitas grises. Muertas. Lo líquido y pringoso pronto pasaron a ser efímeras rocas que se deslizaban hasta el suelo y se rompían en estertores tenues.

Él recordó el día en que halló a ese pájaro, diferente a las variedades que conocía. Lo vio en la casa de campo de sus abuelos. Se encontraba arriba de un árbol marchito, el cual Ariel no tenía noción de haberlo visto junto a los demás. «La hora de la siesta puede ser traicionera», le había dicho su abuelo hace años, pero al igual que él esas palabras ya eran remembranzas.

Por fin recordó el nombre de la criatura. Era un fénix. El mito del ave inmortal, era imposible que se hubiese materializado en un jardín cualquiera, en un país ajeno a su origen y que solo era conocido por la cultura popular o por los estudiosos de civilizaciones pasadas.

Fuera de toda lógica, ahí estaba. Y lo que Ariel vislumbró, terminó por convencerlo: los mitos pueden ser reescritos, pueden solaparse y reformularse en una historia de terror.

El pájaro de fuego estaba devorando lo que parecía una rata. Ariel cayó en cuenta sobre su situación: se encontraba en esa casa de campo para ponerla en orden y venderla. Sus abuelos habían fallecido y sus padres necesitaban la plata. Desde la semana anterior estuvieron limpiando y combatiendo con la mugre y con las ratas. La plaga era más profunda de lo que pensaron.

Jornadas enteras se dedicaron a probar con todo tipo de trampas y venenos, nada funcionaba. Parecía una nueva versión de la peste negra. Cuando la desesperación amagó con instalarse en los corazones de la familia, un día cualquiera las ratas comenzaron a desaparecer.

«Es un milagro», expresó la madre al darse cuenta de que la plaga había desaparecido. «Es la plata que gasté», ironizó su padre, pragmático y parco. «El... El fénix», repitió despacio Ariel mientras rememoraba cómo la rata oscura era convertida en cenizas ante sus ojos celestes. Nadie lo escuchó, estaba acostumbrado.

Las evocaciones se apagaron como un corte de luz imprevisto. Y él fue devuelto a la realidad umbría. Habían pasado tres días desde el hallazgo. Ariel estaba en el galpón de la casa, lleno de muebles rotos y cacharros que supieron ser parte de la historia de sus abuelos.

Ahí volvió a encontrarse con el ser volador. Su luz contrastaba con la oscuridad de las cosas quietas, olvidadas Tuvo miedo, pero el temor se transformó en una roca gris incrustada en su garganta.

El ave se giró, terminó de comer una rata y lo miró. Ariel se perdió en esos ojos qué parecían pasadizos llameantes. «¿Cuáles serían los lugares a los que llegaría si optase por entrar?», se preguntó en silencio. Esa criatura le devolvía una mirada antigua y parecía tener un color similar al del fuego primigenio o incluso más. Una luz que superaba al sol estival correntino. Una luz que le hablaba sin palabras. Un abecedario primigenio forjado por la muerte y resurrección.

Un ladrido de Toby, un Golden retriever de pelaje castaño claro, pero cuyo brillo palidecía ante el plumaje multicolor del ave eterna, sacó a Ariel del estupor. Su mascota hizo acto de presencia, a lo mejor movida por su intuición.

El perro siempre juguetón y de naturaleza dócil mostró enseguida los colmillos. Luego su pelaje se erizó en el momento en que sintió el primer picotazo en el ojo. El espacio donde estaban se tornó carmesí y después fue tragado por la oscuridad. Cada estocada en el animal provocaba un destello. Flashes, flashes de luces color oro, rojo y purpura. Ariel pestañeó. Fue como si el ser emplumado se hubiese convertido en un agujero de gusano. El tiempo como lo conocía dejó de importar.

Se hallaba paralizado, similar a una estatua burda, pensó brevemente en las imágenes de santos y mártires, en la obligación de rezar a un Dios esquivo. Su mente comenzó a mezclar retratos sacros y blasfemos: esas caras hechas de yeso, de miradas réprobas, lo atosigaban con su artificialidad cada mañana en la escuela y los domingos en la iglesia.

En la cabeza de Ariel los pensamientos se distorsionaron. Los santos, las vírgenes comenzaban a sangrar y a danzar hasta volverse polvo rojizo, después gris y finalmente se escurrían como escoria en el suelo. Una película de horror religioso se reproducía detrás de sus ojos, mientras su perro era devorado.

Cuando pudo reaccionar, Toby había sido reducido a una enorme pila de cenizas. Pronto el ambiente se volvió denso y áspero. Con cada aletazo se elevaron motas grises, volutas de polvo que unos instantes atrás constituían a su mascota.

Ariel quiso gritar. No pudo, su garganta se llenó de lo que fue Toby. El fénix se veía cada vez más gordo. Pese a sus actos perversos no perdía su elegancia, ni el sentimiento de extraña atracción que ejercía sobre el adolescente.

Sus pocos conocimientos sobre esa cosa estaban ligados a manifestaciones culturales consumidas al paso, lo recordaba de libros, cómics y películas. El ave que revivía desde sus restos. Ariel agregó un rasgo más a la criatura emplumada, el de alimentarse de otros seres vivos hasta volverlos ruinas cenicientas.

El ave se puso frente a él. Esta vez su mirada le dijo algo que Ariel prefirió no entender. Le pedía algo más, un último banquete. Y él sabía quiénes serían el plato principal.

Miró hacia la casa. Buscó con la vista irritada la ventana que señalaba la habitación de sus padres.

Con un gesto de su cabeza, le indicó el camino.

Los cuerpos fueron desasiéndose en cada ataque del pico dorado, su madre no logró despertar, su garganta había sido seccionada y de ella brotaba un río rojo. Pronto fue un charco gris. Su cuerpo fue agujereado por el Fénix y cada fragmento de su piel, de sus órganos se fueron marchitando, deshaciendo sus formas humanas en una gran nube plomiza.

Su padre pudo abrir sus ojos antes de sentir cómo explotaban. Se asemejaban a focos rebeldes que al estrellarse contra el piso se apagaban con un estruendo vítreo. En vez de vidrios o cables, sus nervios ópticos y sus globos oculares mutaron en trozos pedruscos.

Ariel observó los huesos del padre volviéndose cenizas con cada picotazo. La piel, los músculos, los huesos se iban decolorando hasta llegar al gris. Ni rojo, ni blanco, ni negro: gris. Todo estaba teñido de ese color.

Ariel se sintió un traidor. No había defendido a sus padres, no entendía cómo tampoco gritó para alertarlos. Pese al calor de la desobediencia se envolvió en una manta de silencio. Percibió su lengua seca, se la imaginó grisácea.

El fénix lo miró una vez más. Terminado su labor, se acercó a Ariel y lo escrutó con sus ojos llameantes. Nunca hubo palabras, ni tan siquiera un graznido. Prevaleció el idioma de las miradas. Ariel comprendió. Acercó su mano como lo hacía con Toby, sintió el tacto cálido del ave, no quemaba, confortaba. Lo frotó, acarició cada centímetro de su cuerpo. Finalmente, se detuvo en su dorado cuello. Lo apretó fuerte. El fénix no se movió y luego sintió la mordida.

Ariel masticó y masticó. De la comisura de sus labios cayeron plumas de tonos rojos y púrpuras. Estas sufrieron una metamorfosis antes de llegar al piso, dejando una estela de polvo y de lágrimas.

Pronto el fénix se había carbonizado. Ariel eructó y una nube gris se formó ante él, parecida al humo de un cigarrillo. Vio la historia del mundo a través de ella. Luego cerró los ojos. Se elevó. Cuando los abrió el escenario desde arriba parecía otro. Un universo nuevo, una nueva vida. Fue como si hubiese renacido de sus ruinas.

La siesta había terminado, pronto llegaría la tarde, luego la oscuridad y a lo lejos una constelación dibujaría con su luz mortuoria y viva su nueva forma.

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