Cisneros, Williams y Molloy

ENSAYO

10/15/20263 min read

Por: Eugenia Vidal

Colabora habitualmente con GIros.

Platense, tripera y fácilmente sentimental. Traductora de inglés hija de la Facultad de Humanidades de la UNLP . También, estudiante de danza contemporánea y bailarina de tango aficionada, habitué de la mítica milonga platense de los martes: Raúl Gaggiotti. Su biblioteca consiste mayormente en libros prestados de literatura, historia y tango que aún no ha devuelto. Sus referentes literarios son Borges, Manzi y Venturini y milita los aforismos de Ernesto Esteban Etchenique. Situación sentimental: zurda de sensibilidad peronista. Sus grandes amores son La Plata, la danza y la bici.

La etimología, ese arte nostálgico de historiar la vida de las palabras para verlas a la luz de sus primeros pasos y a lo largo de las distintas etapas de su metamorfosis, puede volverse una tarea arqueológica cuando la naturaleza de los vocablos se muestra propicia para la realización de sucesivas excavaciones que expongan, una tras otra, capas narrativas disimuladas por los años y sus sedimentos. Este tipo particular de léxico no precisa que se le caiga el DNI para evidenciar su edad, sino que anuncia sin pudor alguno sus orígenes y exhibe orgullosamente las medallas de la mutabilidad que la lengua gana por el uso de sus hablantes.

En esta curiosa categoría encontramos nombres como Lincolnshire y Gloucestershire, en cuyos fértiles suelos podemos recuperar extensos períodos de la historia de las islas británicas. Por ejemplo, raspando sus superficies obtenemos el sufijo shire, término con el que los sajones se referían a sus distritos alrededor del siglo IX. Y, si removemos un poco más la tierra, descubrimos las siluetas un poco abolladas de colonia y castra con las que los romanos designaban sus puestos fronterizos y campamentos militares, respectivamente. Finalmente, si barremos el polvo y soplamos con cuidado, podemos encontrar, sepultados bajo el peso de casi siete siglos antes de Cristo, los frágiles restos de lindos y glaivo que los celtas usaban para vestir los lagos, por un lado, y los lugares brillantes, por el otro.

Y hablando del arte de la nostalgia: unos que estaban obsesionados con conservar la memoria completa, como la llaman ahora algunos, eran los galeses —zurdos, sucios—, que allá lejos y hace tiempo prescindían de apellidos y recurrían a una cuasiborgeana y patronímica enumeración de nombres para darse a conocer, como William ap Sion ap Dafydd ap Iowerth o incluso Llewelyn ap Dafydd ab Ieuan ap Gruffudd ap Meredydd (donde ap significa «hijo de»). Esto hasta que Henry VIII, a quien poco le importaba la herencia galesa de su padre, les declaró la guerra nominal y los obligó a elegir entre conservar el árbol genealógico o entrar al sistema legal. De esta época es que muchos galeses pasan a apellidarse Jones, que es algo así como decir que todos fueron rebautizados Pérez.

Sandra Cisneros abre su cuento Eleven con la epifanía «What they don't understand about birthdays and what they never tell you is that when you're eleven, you're also ten, and nine, and eight, and seven, and six, and five, and four, and three, and two, and one» —que, en una mala traducción, podría leerse como «Lo que nadie entiende de los cumpleaños y lo que nunca te dicen es que cuando tenés once, también tenés diez y nueve y ocho y siete y seis y cinco y cuatro y tres y dos y uno»—. Esta revelación en Cisneros desafía, a nivel del individuo, la idea de selective tradition que Raymond Williams propone en The analysis of culture. Para este autor, el presente nunca puede contener más que un recorte del pasado, una selección lejos de ser inocente pero absolutamente inescapable que —puede que la cita no sea del todo fidedigna— debemos volver consciente a fin de salvarla de las garras de jueces designados por decreto, negacionistas de turno y otros tantos males.

Cierro este fluir del insomnio con un último comentario: a pesar de la selección forzada que sufrieron los nombres en el oeste británico, el sistema galés sobrevive sutilmente en apellidos como Pritchard y Pugh, derivados de sus originales ap Richard y ap Hugh. Entonces, ¿Cisneros o Williams? Parafraseando el final de Casa Tomada de Sylvia Molloy: acaso los dos tengan razón.

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