Creo que hago la revolución (o no) / Nadie vive solo
ENSAYO
Chiara Salustri
5/6/20269 min read
Por: Chiara Salustri
(Buenos Aires, 1997) es bióloga y artista. Trabaja en la intersección entre ciencia, literatura y artes visuales. Su obra estudia los límites de la agresión, la percepción y la empatía en el mundo animal, cuestionando el lugar del humano dentro de la naturaleza. Desde ese cruce explora preguntas filosóficas sobre la vida social y los bordes éticos y morales de hacer ciencia.
Ha sido invitada a conversatorios, lecturas y muestras donde transforma sus hallazgos en lenguaje sensible y político. Por sus investigaciones ha recibido becas y premios de instituciones como IBRO, Nencki Institute, CONICET y UBA. Además, integra la Comisión de Diversidades y Género de la Sociedad Argentina de Neurociencias.


Creo que hago la revolución (o no)
Sé que indefectiblemente, a la pregunta de a qué me dedico, siempre le sigue la otra
pregunta: ¿Y eso para qué sirve? Esta cae como piedra bien apuntada. No suele ser una
pregunta ingenua. O no siempre. Es una pregunta entrenada. Pide rendimiento, aplicación,
resultado. Algo que justifique el tiempo, el dinero, el esfuerzo.
La respuesta no es una sola. Es móvil, se adapta. Va cambiando con el paso del tiempo, el
cansancio, la disposición a escuchar de quien pregunta. Cambia según el contexto: una
sobremesa, una charla casual, un subsidio con casilleros demasiados chicos para explicar por
qué algo es importante.
A veces noto un dejo de curiosidad sincera en la pregunta, un querer entender. Esto suele
desarmarme. Me obliga a pensar, me hace cuestionarme a la vez y querer yo también
entender. Explicarme a mí misma, que estoy haciendo, porque lo hago. En estos momentos
me reencuentro con la hipótesis, con las preguntas originales, con ese entusiasmo genuino
por saber algo más de este mundo, aunque sea mínimo, aunque no sirva en medio de la
inmediatez en la que vivimos.
Otras veces, la respuesta se arma como una estrategia de supervivencia. Entonces hablo de
la importancia de las especies nativas. Digo conservación. Digo biodiversidad. Digo que
conocer su biología es importante porque eventualmente podría servir para protegerlas. Digo
eventualmente como quien usa un comodín, intento comprar tiempo.
Otras veces, para quienes no tienen particular interés ni en los ecosistemas, ni en ningún tipo
de naturaleza que no tenga pulso humano, elijo cambiar de idioma. A estas personas les hablo
de modelos. Una especie modelo es una especie no humana estudiada ampliamente en
biología para entender procesos fundamentales, con descubrimientos extrapolables a los
humanos, debido a su similitud genética, fisiológica o neuronal, y a su facilidad de estudio.
De todas las explicaciones, esta es la que más uso. Y la que más odio.
Incluso en los subsidios, las evaluaciones, los informes de avance, esta es la explicación más
ensayada. Y la que mejor funciona. Parece que cada vez somos más incapaces de sentir
interés, empatía o ver valor en lo que no atañe estrictamente al humano. Como si el valor de
una especie dependiera de cuanto se nos parece. Nos cuesta mucho ver al otro, pensar en el
otro, entender a la “otredad” como todo aquello no humano. La otredad ampliada. Lo que no
produce, no consume, pero que nos mira de vuelta con ojos parecidos a los nuestros. Como
si el único idioma legítimo fuese este y nuestra existencia la única válida por sí misma. Las
demás especies justifican su existencia sólo cuando de alguna forma nos pueden retribuir.
La ciencia básica vive en esta incomodidad. No promete resultados inmediatos, no garantiza
aplicaciones claras. Hace preguntas que parecen inútiles hasta que, años después, resultan
imprescindibles. Toda ciencia aplicada se apoya en capas y capas de ciencia básica previa,
como una casa construida sobre cimientos que nadie ve. Pero como los cimientos no se
exhiben, hay que justificarlos una y otra vez. Explicar por qué es importante saber algo antes
de saber para qué va a servir.
En un sistema que exige productividad constante, eficiencia y resultados traducibles, la
ciencia básica avanza con un ritmo casi subversivo. Lento, errático, muchas veces silencioso.
Hacer algo que no sirve en lo inmediato se vuelve un gesto casi revolucionario. Insistir en
preguntas cuyos resultados tal vez jamás veremos es una forma extraña de desobediencia.
Una apuesta por el proceso en un mundo que solo tolera el corto plazo y los impactos
inmediatos.
La ciencia básica se parece más a la contemplación que a la producción. Más a la espera que
al rendimiento, y por eso molesta. Porque no optimiza, porque no responde bien a los
formularios. Sin embargo, existe, necesariamente, dentro de un sistema que intenta
domesticarla. Entonces aprendemos a traducir lo que hacemos, a anticipar aplicaciones que
tal vez nunca ocurran. Los subsidios financian historias bien contadas sobre futuros posibles
(en el corto plazo), sobre utilidades proyectadas. Y una aprende a hablar ese idioma. Una
aprende las palabras transferencia, innovación, relevancia, solución. Y aquí la paradoja,
terminamos midiendo lo que hacemos con reglas que no le pertenecen, en pos de defender
un espacio de preguntas lentas y el derecho de la ciencia a no ser útil (por lo menos en lo
inmediato)
En una de todas estas charlas sobre lo que hacemos, no sé cómo el tema de conversación
derivó a los animales de Mundo Marino y sobre qué pensaba yo del uso de animales para el
entretenimiento. Mi interlocutor sostenía que los animales se divertían y que si eran tratados
con amor y cuidado eso bastaba para que la actividad no fuera considerada poco ética. Puso
de ejemplo a su perra, decía que él la amaba con todo su corazón, que le ponía vestidos y le
teñía el pelo, y ella entendía que eso a él lo hacía feliz, entonces se dejaba hacer.
Para este punto yo ya intuía que los temas que estábamos tocando eran de naturalezas
diversas. No fue fácil para mi encontrar argumentos. ¿Cómo refutar algo que nace de un
sentimiento? ¿Cómo discutir con alguien que confunde amor con consentimiento?
Intenté ordenar un poco el terreno. Esclarecer que las prácticas con animales son diversas,
que no es todo lo mismo, que existen marcos éticos, comités, regulaciones. Hablé también
sobre las diferencias entre los animales domesticados y los animales que deberían estar en
su propio hábitat natural. Pero acá me empezaba a contradecir, ¿no son todos los seres
sintientes dignos de este entendimiento sobre su existencia animal? No me quería enroscar.
Dije que, como base mínima, siempre era necesario considerar el bienestar animal y cuál es
el fin de nuestras prácticas.
Ahí fue cuando me preguntó cuál era, entonces, mi fin último.
Y me caí del pedestal de soberbia y supremacía moral al cual, sin darme cuenta, estaba subida.
Porque de pronto tuve que cuestionarme si, verdaderamente, era de alguna forma distinta el
uso que yo hago de los animales. Considerando que ya hablar de los animales como si fuesen
bienes de los cuales uno puede hacer un uso me deja parada en un lugar que no se bien dónde
está en la escala moral, pero quizá es más cerca de Mundo Marino de lo que yo había
considerado.
Hablo de animales como recursos experimentales. Como modelos. Como sistemas. Aunque
haya cuidados, regulaciones, anestesia, justificaciones teóricas, hay algo que no puedo
esquivar. Yo también estoy produciendo conocimiento a partir de cuerpos que no eligieron
estar ahí. Tal vez la ética no sea una línea recta, sino un terreno pantanoso donde avanzamos
como podemos, con contradicciones, con límites borrosos, tratando de no mentirnos del
todo.
***
Nadie vive solo
¿Qué significa estar dentro de la naturaleza y no fuera de ella? La pregunta misma es
engañosa ¿Somos por fuera de esa naturaleza? ¿Estuvimos realmente afuera de ella alguna
vez? Todo lo que somos —nuestros cuerpos, nuestras memorias, incluso nuestro
pensamiento— está tejido, entramando, con la vida de otros.
Bajo la tierra, invisibles a la mirada cotidiana, las micorrizas enlazan raíces y hongos en una
red inmensa. Esa red no solo reparte nutrientes: es una forma de existencia compartida. Lo
que llamamos “un árbol” no es un individuo aislado, sino un nodo en una trama de materia e
información que circula en todas las direcciones. Armillaria, o hongo de la miel, comestible,
aterciopelado, astringente, puede recorrer kilómetros en forma de rizomorfos negros,
cordones gruesos y resistentes formados por hifas de hongos que se asemejan a raíces, para
nutrir y colonizar a brotes lejanos. En una montaña antigua existe una colonia de estos hongos
que tiene 2400 años de edad y ocupa un área de 8.9km2. Del mismo modo, un zorzal cantor,
transporta semillas y funda futuros bosques. Deposita higueras en las hendijas de las rocas,
sauces en la orilla del río, talas y espinillos en los alambrados, algarrobos en los claros del
monte. Incluso en la ciudad, entre cemento y baldosas, hace brotar paraísos y ligustros en las
grietas de una vereda o en el borde de un baldío. Con cada vuelo va sembrando pequeñas
repúblicas verdes, jardines que no le pertenecen. Hay otros hilos de existencias compartidas,
incluso obligadas. Lo encontramos en las mariposas monarcas, cuyas orugas sólo pueden
alimentarse de un género de plantas llamado algodoncito. Se llaman así porque cada semilla
carga un algodoncito leve, con el cual se confían al viento quien, soberano fundador, lleva y
reparte. Además, tienen compuestos tóxicos, que las orugas ingieren para volverse
desagradables para los predadores. Este cuerpo turgente y suave de oruga, hinchado de tanto
alimentarse metamorfosea en el de una mariposa de alas polvorientas de papel.
Pero esta interdependencia no solo ocurre afuera, en el suelo o en las copas de los árboles.
Está dentro de nosotros. Nuestro propio cuerpo es una recolección de historias ajenas, un
mosaico de especies. Compartimos un 60% de nuestros genes con las moscas, un 40% con las
levaduras y hasta un 25% con los narcisos. Nuestros parientes son las flores, los hongos y los
insectos. La evolución nos recuerda que no hay fronteras rígidas entre los seres vivos, sino un
linaje común que se ramifica y muta en árboles filogenéticos. Somos, además, colonias
caminantes. Llevamos dentro más células bacterianas que humanas. Nos somos ajenos.
¿Podríamos decir que somos hospedadores de nuestro cuerpo? Un buen día, una célula
procarionte se come a otra procarionte, dando origen a la célula compleja, la eucariota y a la
vez a sus mitocondrias internas. Es lo que la biología llama teoría endosimbiótica: Muchas de
las formas de vida que hoy conocemos surgieron de un canibalismo entre formas de vida
primitivas.
Cuando miramos al bosque, entonces, lo que vemos es un espejo de lo que ocurre dentro de
nosotros. El suelo es un archivo colectivo: allí las Bacillus mastican la celulosa de tallos y hojas,
liberando azúcares escondidos; las Pseudomonas desarman moléculas más complejas, como
quien descose una tela para volverla fibra; los Clostridium fermentan en la penumbra sin
oxígeno, bebiéndose lo que otros dejaron a medio digerir; y las Actinobacterias roen
lentamente la madera y la convierten en suelo blando. Cada una come a su modo: segregan
enzimas, disuelven, fragmentan, absorben. Así, se alimentan de lo que fue rama, semilla o
raíz, de cadáveres diminutos, de la savia derramada, de las hebras más viejas de los hongos,
para volver a alimentar a las plantas. Al hacerlo producen lo que podríamos llamar cultura
ecológica. Y, sin embargo, solemos creer que la cultura es lo opuesto a lo natural, que empieza
allí donde lo biológico termina, pero los ecosistemas desmienten esa ficción. La diferencia es
solo aparente. Lo que llamamos cultura humana es apenas una variación del arte más antiguo
de la Tierra, el arte de transformar la muerte en alimento y la pérdida en vínculo. El humus
no es solo tierra: es memoria materializada de quienes estuvieron antes, y punto de partida
de quienes vendrán. Un tronco caído no desaparece: se multiplica en hongos que disuelven
lignina, en musgos que retienen agua, en refugio de insectos, aves y roedores. La muerte no
se opone a la vida, la contiene.
Pero antes que nosotros, antes que todo, llegaron las montañas. Lejos de bloques inmóviles
son familias de cuerpos entrelazados que se reconocen en cadena, se sostienen unas a otras,
se pasan el peso como quien comparte un apellido antiguo. Hablan un lenguaje que no
conocemos o no entendemos, que habla de paciencia, que habla desde hace cientos de
millones de años. Sordas por lo atronador que fue nacer, se cuelan por debajo de los mares,
moviéndose con lentitud infinita a veces, con velocidad de terremoto otras. Y en su centro,
roca líquida, caliente, fundida. Y por fuera, sus crestas, sus picos, en contacto con el aire
transparente que nos envuelve. El espacio entre una misma y la montaña no es vacío. Es
denso, cargado de polen y ácaros y esporas, de sonidos que se propagan gracias a esta
atmósfera. Ese primer mundo, que hizo posibles todos los demás mundos en la tierra. Atrapa
el calor con su manto y lo distribuye entre vientos, los mismos que dispersan semillas, y
océanos. Cuando la luz del sol la atraviesa, se descompone en matices: ella la filtra por
longitudes de onda haciendo nacer los cielos azules y los rojos del atardecer, los colores con
los que aprendimos a ver el mundo.
No se trata de pensarnos como un observador externo al bosque, el zorzal, el humus, la
montaña, sino de reconocer que somos simbiosis, que somos memoria viva de incontables
encuentros entre especies. Pensemos en la vida no como un estado fijo, la vida o la muerte,
sino como un continuo trenzado de transformaciones y alianzas, que se rehacen con cada
vida. La pregunta, entonces, no es cómo mirar a la naturaleza. Pero pueden ser: ¿De qué
estamos compuestos? ¿Dónde termina un cuerpo y comienza otro? ¿Qué memorias
compartimos con aquello no-humano? ¿Qué otros lenguajes co-habitan esta tierra con
nosotros? ¿Cuáles son las preguntas?
GIROS
Giros nace a comienzos de 2021, cuando la primera etapa de una joven cuarentena ya había pasado y sólo quedaba la incertidumbre de ver el mundo desde nuestras pantallas, un mundo en el que todo tenía una fecha de vencimiento cada vez más corta. Con la convicción contraria de la inmediatez y a partir de las obras de artistas sin los contactos necesarios para participar en los grandes medios, Giros publica su primera edición en febrero de ese mismo año.
Fundada por Gonzalo Selva (estudiante de cine), a los pocos meses se incorporan al equipo Joaquín Montico Dipaul (oriundo de Ingeniero White) y Gala Semich Álvarez (Licenciada en Letras).
Después de un año y medio Giros construye una comunidad y brinda la posibilidad a escritores, periodistas, ilustradores, poetas, fotógrafos de publicar sus primeras (segundas, terceras y cuartas) obras.
Giros busca ser un espacio para todo aquel que tenga algo para decir o mostrar.
El anacronismo nos convoca; el último tuit del influencer nos repele.
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