Crítica de "La vida privada de los árboles"

ENSAYO

7/29/202612 min read

Por: Victoria Pascualini

Victoria Pascualini (Buenos Aires, 2005) es estudiante de Lic. Artes de la Escritura y editora en Fondo de Cultura Económica. Organiza el ciclo de lectura "Con esta boca en este mundo" y está pronta a sacar su primer libro de poesía.

Principalmente porque no puedo asimilar ese año al aspecto de Otero. Un hombre que conoció y ayudó a San Martín y Bolívar. Aquellos ojos vieron al Libertador. De nuevo la mirada a cámara, de nuevo una ligera sonrisa, cuya dificultad debe haber sido inmensa. Estos rostros se me aparecen como una profecía fotográfica que, como toda profecía, solo cobra sentido en retrospectiva. El sujeto, aún sin saberlo, mira la lente de la cámara y con ella entabla una relación con el tiempo que hoy, ciento ochenta años más tarde, encuentra a su lector como una botella en el mar de las imágenes. Esto es lo más parecido que una fotografía podrá llegar a traer consigo sus propias condiciones de posibilidad: mostrando que en todos lados se cuecen habas. Pero este es un espejismo, como todo en una foto. La comprensión que nos ofrece es un pacto con el diablo, como escribió Susan Sontag en su ensayo “En la caverna de Platón”:

La fotografía implica que sabemos algo del mundo si lo aceptamos tal como la cámara lo registra. Pero esto es lo opuesto a la comprensión, que empieza cuando no se acepta el mundo por su apariencia. Toda posibilidad de comprensión está arraigada en la capacidad de decir no. En rigor, nunca se comprende nada gracias a una fotografía.

Volvemos, inesperadamente, a las raíces de la experiencia estética. La belleza no da conocimiento, ni moral ni de ninguna clase. Una foto, en rigor, debe siempre extraerse del juicio, y si aparece como instrumento o ilustración de algo debe estar firme e inequívocamente subordinada a un texto que exponga de manera narrativa su significado. Una foto por sí misma es tan informativa como el fileteado de un colectivo. Dice Kant:

Para encontrar bueno algo, necesito saber siempre qué clase de cosa es el objeto, es decir, tener un concepto de él. En cambio, no la necesito para encontrar belleza en algo. Las flores, los dibujos libres, los trazados entrelazados sin propósito, con el nombre de rameado, nada significan, no dependen de ningún concepto determinado y, sin embargo, gustan.

Aparece como contraparte en escena (la fotografía, después de todo, reproduce químicamente una imagen sacada de la realidad) la cuestión de la “normalidad” o el “realismo” de una fotografía. Tomemos como ejemplo otro caso más contundente: un retrato del escritor Leonid Andreyev hecho aproximadamente en 1910, quizás en su casa-estudio de Vammelsuu.

¿Cuenta La vida privada de los árboles algo importante? Julián es un hombre, es

profesor, es padrastro. Verónica es una mujer que, de momento, no regresa. Daniela es hija

de Verónica, y es una niña que escucha y pregunta, una niña que duerme. La historia ocurre

sin que ella se entere, o con escaso entendimiento, como muchas de las cosas que ocurren

en la infancia. Julián le inventa cuentos para dormir, fábulas sobre la vida privada de los

árboles. La entrega y la dulzura entre Julián y Daniela, es la tierra húmeda sobre la que se

escribe esta historia silenciosa y desesperante.

No es una historia fundamental ni pretende narrar verdades. La vida privada de los

árboles (Anagrama, 2007) de Alejandro Zambra, transcurre en una noche. Una noche hecha

de espera, que se desvía y cuenta historias, como un gran relato que prolifera hacia afuera,

y no para de crecer.

Verónica es una mujer que no regresa de su clase de dibujo. El narrador lo advierte: el

momento en que ella vuelva a su casa o Julián esté seguro de que no va a volver, el libro

termina. No divaga en su propósito. Llena el espacio de esa noche con historias: El

tempestuoso fin de la relación con Karla, ex novia de Julián, “esa extraña mujer que estuvo

a punto de convertirse en su enemiga”; el inicio torpe del noviazgo entre él y Verónica; la

muerte del gato de Daniela; el breve resumen del quién es quién en la familia de Julián, que

juega a no tener una, a no venir de ningún lado: “Soy el hijo de una familia sin muertos (...)

En la familia de Julián no había muertos ni había libros”. Expone retazos del pasado de

cada uno de los personajes. “Pero esa es otra historia, una historia menor, que no viene al

caso -aunque tal vez sería mejor seguir aquellas pistas falsas, Julián disfrutaría

enormemente de un libro diletante repleto de pistas falsas”. La vida privada de los árboles,

como otros libros de Alejandro Zambra, cuenta muchas historias para narrar una.

La aclamada novela del autor chileno está hecha de detalles, imágenes y recuerdos que

pueblan el relato. Son las flores que hacen a un jardín hermoso. Zambra escribe sobre lo

común, sobre aquello que pasa desapercibido, sobre lo secundario; la diferencia entre el

color blanco nieve y el blanco invierno, el reloj con forma de Bob Esponja en la pieza de

Daniela, el videotape del casamiento, un bonsai seco. Su campo de trabajo es el día a día y

su herramienta más fuerte es la palabra que surge después de la observación. María

Negroni en El corazón del Daño escribe “El corazón es estos pormenores” y Ioshua, en Los

Sentimientos, “Así empiezan algunas cosas de nuestra vida... en los rincones mundanos de

lo que somos”. El mapa de una vida, como una línea, está hecho de infinitos puntos. Y el

autor chileno los maniobra, los manipula, los expone en una vitrina literaria, que podría

llamarse “Todos esos momentos que parecieron poco importantes”. Y él los alumbra. Los

transforma en hechos fundacionales.

Zambra nos da la bienvenida al mundo que ya conocemos. No revela cuartos secretos ni

descubre especies exóticas. Narrar lo común, narrar el chiste, narrar lo que no importa es la

habilidad del escritor chileno. No es solo eso, es su gesto para con este mundo. Sus libros

reflejan la realidad sin distorsiones ni efectos especiales. Es una cámara en una esquina,

que ve pasar los cientos de mundos que cruzan la calle, y se pierden en el borde.

A medida que nos acercamos al final, aumenta la tensión. La confusión es absoluta y el

cariño hacia estos personajes, que ahora conocemos profundamente, crece y se asienta.

“La imagen de Verónica perdida en una avenida distante se agiganta, se convierte en una

especie de verdad”. Julián se ve enjaulado en un hecho. Verónica no regresa y él, como

condenado a un rezo pagano, se pone a pensar en todo lo que harán si efectivamente se

salvan de esa, si hay una salida inocente e ilesa de esa noche. “Ha descubierto en su

propio lenguaje, una grieta profunda: No nos salvaremos de esta”. Hay una casa que

espera, una niña que duerme y despierta, un padrastro que cuenta historias, no para matar

el tiempo, sino para entender en qué extraño momento, en qué giro de un destino errante,

se volvió centinela de algo perdido.

Zambra escribe como si esta fuera una actividad sencilla, tan natural como dormir o

respirar. Y es irónico que el protagonista de este libro habita una infinita frustración en lo

que respecta a la escritura. Abandona ideas, se arrepiente, rescata una historia del olvido y

se recrimina por no haberla escrito ya. “No es que quiera escribir esa historia. No es un

proyecto. Más bien desea haberla escrito hace años y poder leerla ahora”. Es un ciclo sin fin

de textos inexistentes, brillantes en la memoria, que vuelven como fantasmas de un gran

autor.

Sin gestos épicos o grandilocuentes, colgamos ahora de una historia que podría ser

cualquier historia. Como un náufrago, Julián inventa futuro que se aleja. Una musicalidad

invade el texto y envuelve al lector en una fantasía que se confunde con la realidad. “Quiere

entrever un futuro que prescinda del presente; acomoda los hechos con voluntad, con amor,

de manera que el futuro permanezca a salvo del presente”. De pronto, el regreso de

Verónica es menos importante. No capta la atención absoluta del lector. El suspenso sobre

el que caminamos en cuclillas, ahora también está hecho de ese futuro imposible, de una

fantasía artificiosa. Pensamos en Daniela, en Daniela adulta, en su novio, en un puente, en

el recuerdo de un padrastro que ahora, artesanalmente, fabrica un futuro donde solo hay

ausencia.

Ese futuro, algo que no existe, algo en lo que cree, algo que inventa sólo para la niña que

duerme.

Si se le preguntara a un espectador desprevenido, es probable que la confundiría con una portada de rock progresivo de la década de los setenta. El autocromado de la imagen (menos raro de lo que suele creerse), la pose melancólica y desgarbada que nos ofrece el sujeto, la camisa llana completamente despojada (para nosotros) de signos sociales, el huerto que tiene frente a sí, lo asociamos mucho más al hippismo estadounidense tardío que al campesinado ruso o finlandés de principios de siglo. Esta foto es una hernia en la percepción del tiempo, justamente por su carácter poco convencional para nosotros respecto a la época a la que pertenece. La convención, que le debe todo a la constancia en el tiempo y en los procesos históricos, determina y limita lo que concebimos como real o fidedigno. En su artículo “Sobre el realismo artístico”, Roman Jakobson exhibe una idea sobre la pintura realista a la que la fotografía, en el fondo, tampoco puede escapar:

El carácter convencional, tradicional de la presentación pictórica determina en gran medida el acto mismo de la percepción visual. A medida que se acumulan las tradiciones, la imagen pictórica se convierte en un ideograma, en una fórmula que vinculamos inmediatamente al objeto siguiendo una asociación por contigüidad. El reconocimiento se produce instantáneamente. El ideograma debe ser deformado.

Aquello que para nosotros representa la realidad, en virtud de sus determinaciones culturales e históricas, lo condenan a ser contingente y a cambiar una vez que las coordenadas que rigen nuestra noción de realidad cambien. Así como es cierto que todo acto de comprensión empieza por decir “no”, este debe continuar necesariamente por decir “tampoco”.

Es claro que la juventud es más permeable de trascender que la vejez. En especial la juventud de aquellos que no han tenido esta última. La vejez insiste sobre su propia cantidad de tiempo transcurrido, no puede ser invisible. La juventud muestra la ligereza de la eternidad. El daguerrotipo de Andrew Jackson (ca. 1842), que desgraciadamente llegó hasta nosotros en pésimo estado, establece a pesar de todo una correspondencia bastante extraña entre el soporte destrozado y el sujeto que ese soporte representa.

Este hombre nació en 1767, y la verdad es que puedo creerlo. Más allá de su lustrosa cabellera, poco dada a los hombres mayores, Jackson ostenta todos los signos del tiempo y de la historia. Casi parece adelantarse al carácter de fósil que la posteridad estadounidense le impondrá tras su muerte.

El retrato que toma Barthes para explicar la relatividad del tiempo es el de Lewis Payne, condenado a muerte tras el intento de asesinato del William Seward y su participación en el asesinato de Lincoln. La imagen que nos trae es inmediatamente anterior a su ejecución. Dice Barthes:

...el punctum es: va a morir. Yo leo al mismo tiempo: esto será y esto ha sido; observo horrorizado un futuro anterior en el que lo que se ventila es la muerte. Dándome el pasado absoluto de la pose (aoristo), la fotografía me expresa la muerte en futuro.

Eso que Barthes llama punctum podría ser esa distensión del tiempo que observo en todas estas fotos. Es “ese azar que en ella me despunta (pero que también me lastima, me punza)”, eso que parece atravesar su soporte más allá de sí misma. Pero hubo más de una foto de esa ocasión. Yo presentaré otra de ellas. El perfil de Payne parece de un actor de Hollywood: la línea del peinado es perfecta, está perfectamente afeitado y el cutis es uniforme. Perfectamente se lo podría poner en un poster de Paco Rabanne o Jean Paul Gaultier.

Esa profundísima ajenidad que llevó a Payne a asesinar políticos me es completamente imperceptible. La belleza en este caso sí parece sinónimo de eternidad, al mejor estilo de los griegos. La foto parece impermeable a los vaivenes políticos, que son la razón misma de que esta foto exista, la “contingencia pura” de la foto. Un absoluto contraste con el daguerrotipo de Andrew Jackson. Dudo mucho que Payne no haya posado para esta foto, justamente por la necesidad de mantenerse durante casi un minuto luego del fogonazo inicial. Yo sería incluso más drástico que Barthes: este hombre no solamente sabe que va a morir, está asomándose más allá de su propia muerte, preparando el abono de su posteridad.

No se me escapa el hecho de que todas las fotografías que elegí tienen más de un siglo de antigüedad. Contra esto también me ha prevenido Sontag cuando dice:

Una [foto] de 1900, que entonces conmovía a causa del tema, quizás hoy nos conmueva porque es una fotografía hecha en 1900. Las peculiares cualidades e intenciones de las fotografías tienden a ser engullidas en el pathos generalizado de la añoranza. La distancia estética parece incorporada a la experiencia misma de mirar fotografías, si no de inmediato, sin duda con el paso del tiempo. El tiempo termina por elevar casi todas las fotografías, aun las más inexpertas, a la altura del arte.

Esto es, sin dudas, verdad. En todo caso no me parece diferente a textos que en el momento de su creación no eran considerados arte (porque el concepto de “arte” no existía, por ejemplo) y hoy lo tomamos como un ejemplo cumbre de ella: los poemas homéricos, la Eneida, el Cantar de Mio Cid, los frescos de la Villa de los Misterios en Pompeya. El acto de leer solo es posible en presente, y en gran medida no tenemos agencia sobre los parámetros que nuestra sociedad maneja para concebir algo como arte o como bello. Las fotografías completamente instrumentales que tomó Jacob Riis para ilustrar el infierno de las clases proletarias y lúmpenes en Nueva York de 1880 no dejan de conmovernos, pero es probable que a sus contemporáneos los hubiera escandalizado, justamente porque Riis luchaba contra las nociones de su época acerca del origen de la pobreza. Dice Lucy Sante sobre él en su libro Bajos fondos: Una mitología de NUeva York:

Riis finalmente convenció al lector medio de periódicos de que los pobres no lo eran por elección; de que las condiciones peligrosas y antihigiénicas en las que vivían eran una imposición y no el resultado de modelos morales laxos; de que los barrios bajos eran algo que debía arreglarse y no algo que debía contemplarse con asombro o rechazo.

Las fotografías de Riis, indudablemente conmovedoras, ya no pueden ostentar la función política o higiénica que motivó su creación. Contrario al retrato de Payne, la intención misma del fotógrafo pone en el centro de la escena la contingencia pura de la foto, la amontona y pone el máximo énfasis en su miseria y fragilidad.

Lo que obviamente falta en las fotos de Riis es la pose convencional: sus hombres y mujeres sufrientes no parecen tener recato alguno en relación con su forma de mostrarse a la eternidad, no tienen el menor apuro por mostrarse intempestivos. Sigue Sante:

Como documentos sociales, las fotografías de Riis logran, en su estima por el grupo humano, desvincular la miseria de cualquier atributo pintoresco. Las dimensiones se captan con precisión, la luz o la ausencia de ella es notoria, la porquería se muestra tal y como es. La figura humana no no adorna ni ennoblece el escenario, aparece superpuesta, como en un montaje donde los elementos se yuxtaponen de forma grotesca. Los rostros vibrantes no concuerdan con la mugre. La discordancia clama por una rectificación.

Este bello pasaje remarca, mediante las palabras “dimensiones”, “luz”, “montaje”, “yuxtaposición”, la coherencia interna de la foto en relación con sus propios materiales. Si esta foto nos parece en alguna medida actual, lo es en tanto se abroquela sobre sus propios medios, se hace independiente del contexto que la vio nacer. La “discordancia que clama por una rectificación”, no es como dice Sontag sobre Riis, el resultado de “una belleza que resulta del diletantismo o la inadvertencia”, sino todo lo contrario. La tensión es inherente a la fotografía, aquellas que han trascendido su propia época por su “potencia” (según el término de Didi-Huberman) son aquellas que, lejos de “establecer una relación” con el futuro, se repliegan sobre sí mismas y esperan a que el porvenir las alcance por sí solo. Del mismo modo encuentro una tensión al ver un autorretrato del zar Nicolás II (este sí fotógrafo amateur), cuya ropa delata irremediablemente la época, pero su movimiento y postura, espontáneas, aparentemente irresueltas, lo arrojan al presente. Es quizás este carácter irresuelto, incierto, lo que hace a la imagen insistir sobre su propia piel, su anclaje en la realidad y por asociación en el presente

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