Dónde poner la mirada: una lectura de En penumbra antes del alba, de Anahí Flores

ENSAYO

4/22/20263 min read

Por: Gala Semich Álvarez

Libros, cine, música, fútbol.

Leo los poemas de En penumbra antes del alba, escrito por Anahí Flores y publicado por Milena Pergamino en el verano de este año, como si fueran imágenes, fragmentos, puntos críticos del presente. Quizás la respuesta a qué es la poesía podamos rastrearla un poco acá: quizás la poesía no sea tanto una cuestión de formato, de extensión, de escribir un texto y dividirlos en saltos de párrafo, sino más bien un gesto: ¿dónde pongo la mirada? ¿Qué es importante? O, mejor: ¿qué me llama la atención? ¿Es diferente leer un lavarropas, una heladera, un ventilador en un poema, que verlos parados, estáticos, en algún lugar de la casa?

Aventuro una respuesta: sí. El objeto tal vez sea el mismo, pero el gesto de hacerlos poema lo transforma, cambia su esencia, y ese cambio está dado por un desplazamiento propio de la escritura: ahora ese lavarropas, esa heladera, ese ventilador se ven desde otro lado, como a través de un súper microscopio que nos hace apreciar rasgos del objeto que a simple vista no se ven. O como cuando uno se sienta a leer al aire libre y el sol revela la porosidad de la hoja. A simple vista, en la oscuridad, la hoja parece plana, impermeable, casi como de plástico, sintética; al sol, se revela distinta, amarillenta, imperfecta.

En varios de mis poemas favoritos de este libro, los objetos se muestran como personajes vivos más que como objetos inanimados. Por ejemplo:

Hace meses que tiene sus mañas

hay que cerrarle la puerta con suavidad

como si alguien durmiera adentro

hay que presionar la puerta y mantener el peso firme

hasta que la luz roja se encienda y arranque

en las últimas semanas

empezó a deshacerse el enchapado

barro los pedazos

que caen al piso como caspa

hoy se detuvo de golpe

con el agua y la ropa adentro

miré por el vidrio de la puerta

tenía espuma hasta la mitad del tanque

parecía hacer buches con el agua y la ropa

y no sabía si escupir

o tragarlo todo.

Nunca se lo nombra con su nombre común, porque en el poema el lavarropas ya no es un simple lavarropas sino otra cosa, que parece tener vida, cierto poder de decisión (ahora arranco, ahora no, no tengo ganas), más que simplemente funcionar con ingeniería y electricidad. Hay que tratarlo, cuidarlo, casi atenderlo, entender sus caprichos, como un abuelo o un padre que ya está grande y parece mejor no discutirle sus rutinas y sus verdades por supuesto irrefutables.

El poemario también trabaja no solo con la mirada sino con el tiempo, dos cosas que, claro, van de la mano. Uno reconoce el trasfondo, el lugar y momento de enunciación, pero hay algo más: en los poemas el tiempo se transforma porque el tiempo de la poesía es otro; el tiempo de la poesía es el tiempo de la pausa, de desplazar la mirada, de hacer otros los objetos que vemos todos los días, de modificar por apenas un ratito qué son, quiénes son y qué podrían ser. Las calles pueden inclinarse y cambiar de foco, la luna puede dar órdenes, hay sonidos misteriosos cuya fuente se desconoce, y le llegan al yo poético solo como eso, sonidos sin agente visible. También hay una insistencia en la multiplicidad de situaciones que componen la escena: hierve agua en una hornalla, se escucha el sonido del ascensor, y al mismo tiempo el yo poético toma un mate; un mosquito vuela sobre la mesa, y en el trasfondo la angustia de un amigo se hace presente.

En definitiva, la poesía podría resumirse a eso, a un juego de miradas, zoom in y zoom out a las cosas que vemos siempre y a las que no necesariamente prestamos atención. Las cosas pasan afuera o adentro de la casa, fuera o adentro de uno, pero el poema las captura y las hace entrar ahí, a otro registro compuesto de palabras que cambian y transforman las cosas que nos rodean.