El hombre de la basura
NARRATIVA
José Lupia
4/24/20265 min read
Por: José Lupia
José Lupia nació en Buenos Aires en 1975. Es profesor en Letras y trabaja como docente en instituciones educativas de distintos niveles. En el año 2021, Viajera Editorial publicó su primer libro llamado "El mundo despiadado de las nubes". Actualmente, dicta talleres de escritura creativa y se encuentra culminando su segundo libro de cuentos.


Me comporto como un hipnotizado que escuchó la palabra clave. O mejor, como un androide, un artefacto sin dolor ni alegría cumpliendo su labor. Me levanto, voy al baño y ejecuto los rituales del aseo: lavo mis dientes, me afeito, me ducho. Los demás duermen y seguirán haciéndolo a pesar de mí. Son las tres de la mañana. Me despertó el camión de la basura. Uno más entre los ruidos de la noche. Uno distinto. No es cualquier camión de la basura, viene a buscarme.
Recuerdo la primera vez. Abrí los ojos en medio de la noche con la sensación de que ese sueño, esa pesadilla, sería apenas el comienzo y se repetiría como una escena que siempre puede realizarse un poco mejor, un poco más terrible. Primero el ruido del camión. Un despertador al revés. Corrí la frazada y me levanté. Salí de mi cuarto que quedaba en el primer piso, en una habitación separada del resto de la casa. Me asustó la puerta de calle abierta. ¿Quién podría ser a esa hora? Papá hablaba con alguien, en realidad escuchaba más que hablar. Mamá miraba en silencio. Bajé algunos escalones hasta llegar al rellano. Desde ahí podía verlo. Tenía un mameluco gris con algunas líneas verdes, fluorescentes. Nunca pude distinguir su cara. A medida que el hombre hablaba sentía que la angustia de mamá crecía, como cuando papá se iba los fines de semana y se quedaba llorando en la cocina, me acercaba y ella me mandaba a la pieza, que no molestara, que la dejara sola. De pronto, papá se corrió y el hombre se abrió camino. Volví a la cama y me tapé todo, hasta la cara. Escuché los pasos, se acercaban, subían. Mis manos temblaban, mis pies también, algo en mi pecho parecía explotar. Era miedo, mucho. Estaba acostumbrado a vivir con esa sensación, pero nunca así, tan fuerte y tan fuera de mí. La puerta se abrió lenta, apenas la había empujado. Debajo de la frazada las formas eran confusas. La mano pesada llegó a mi cabeza todavía escondida, después me destapó lentamente, casi con suavidad. El guante grisáceo y de costuras desprolijas acarició mis pómulos. Después se acercó a mis manos invitándome a salir de la cama. Era cuidadoso, al principio. Yo esquivaba y cada tanto espiaba el rostro que siempre resultaba difuso. Volvió a acariciar mis pómulos y luego de nuevo a los brazos. Esta vez más fuerte, presionando ya, fastidiándose. Duró algunos segundos hasta que se cansó. Se paró a un costado como estudiando los pasos a seguir, miró a papá que aguardaba en un rincón. Supe que sus buenos modales habían terminado. Sacó mi cuerpo de la cama. Intenté resistirme y escapar mientras lloraba. Quise gritar, pero mi voz no salía, quedaba ahogada, atascada en un cuerpo mudo. Me arrastró por el piso y luego escaleras abajo. Papá acompañaba desde atrás. Mamá esperaba llorando. Yo pataleaba, no paraba de golpearme los pies contra paredes y muebles, él era más fuerte y estaba decidido. Cuando llegamos abajo mamá intentó acercarse, pude mirarla, suplicarle. Papá se interpuso, la abrazó tomándola fuerte de los brazos y le habló por lo bajo. Pude escuchar algunas palabras que otras veces ya había oído: es por su bien, esto lo va a hacer hombre. A medida que nos acercábamos a la puerta sentía que las luces a nuestro alrededor se atenuaban, caían en un abismo oscuro y solo quedaba un delgado sendero para el hombre de la basura y para mí. Así llegamos al umbral y sin pausa lo traspasamos. Entonces desperté.
En aquellos años, mi sueño con el hombre de la basura había sido un tema familiar, un problema. A veces me despertaba en medio de la noche y buscaba a mamá. Otras, me encontraban por la mañana durmiendo en el rellano de la escalera, hecho un bollo, agitado por el miedo. Frecuentemente no recordaba nada, mamá me contaba todo al otro día: que me había escuchado gritar, que había llorado, que la llamaba.
Durante mucho tiempo creí que papá no sabía nada, hasta que una tarde me llevó a ver la grabación de “Titanes en el ring” a canal 11. Fue casi algo natural que mi mente se fuera de lo que pasaba sobre el ring y comenzara a imaginar al hombre de la basura como un personaje más, que la voz de Jorge Bocacci lo presentara: es tenebroso. Llega por las noches cuando los demás duermen. Su traje es gris; su cara, una penumbra. Tiemblan los niños porque sus padres no podrán hacer nada… Con ustedes, el malvado, el misteriosooo… Hombre de la basura.
Dos o tres lágrimas pasaron la barrera de mis ojos y bajaron por las mejillas. Era mi habitual llanto sin aspavientos, casi imperceptible. Papá lo vio justo y se enfureció. Nunca lo había estado tan enojado conmigo. Me echó en cara cuánto le había costado conseguir esas entradas, por qué no disfrutaba igual que los otros chicos. Al final dijo lo que tenía atragantado seguramente desde hacía bastante tiempo. Es ese sueño de mierda con el hombre de la basura, dijo. Volvimos a casa.
Hasta hace un rato nomás, me había olvidado del sueño, había quedado sepultado en la infancia. No puedo decir en qué momento, pero ahora entiendo que alguna noche cualquiera dejé de soñar con el hombre de la basura y luego, sin más, dejé de pensar en el asunto. Amnesia disociativa es el nombre que se le da al olvido de un hecho traumático, una forma de defensa de nuestra mente que quiere olvidar algo que nos angustia. Tal vez me pasó eso: quise olvidar y lo hice. Tal vez no.
Cumplida la rutina del baño, busco un traje. El negro es el mejor que tengo. Me lo compré el año pasado y solo lo usé para el casamiento de mi jefe. Después lo mandé a la tintorería, así que está en buenas condiciones. La camisa blanca también es oportuna. Me visto haciendo el menor ruido posible y consigo el objetivo: nada se altera. La caja con los zapatos está debajo de la cama, me cuesta alcanzarla, pero doy con ella. Termino de cambiarme y miro a mi esposa. Me acerco, la beso en la frente, sigo adelante. Paso por la habitación de los chicos, no me atrevo a abrirla. Lloro en silencio.
Me contengo y vuelvo a ser un hipnotizado que sabe lo que tiene que hacer. Experimento una especie de amnesia disociativa inversa: todo es el sueño. El resto, mi vida desde la infancia hasta esta noche, es una niebla. Pasaron los años y la marea bajó para que asomen el fango y la vergüenza.
Sé que no tengo tiempo, pero me detengo un instante al pie de las escaleras. EL rellano es el mismo. Sigo adelante mientras recuerdo a mamá llorando, papá mirando a un constado y mis pies revoleándose entre gritos ahogados. Ahora bajo solo, nadie me arrastra.
Llego al comedor. Mientras camino todo se cae hacia ambos lados, solo queda el sendero que termina en la puerta. Las luces son para mí, lo demás es oscuro. Abro y sé que del otro lado está el hombre de la basura. Su mameluco sigue gris con líneas verdes fluorescentes. La niebla y la luz tapan el rostro. Su mano derecha se mueve invitándome a salir. Tengo miedo, pero ya no puedo volver. Cruzo el umbral, dejo que me lleve.
FIN
GIROS
Giros nace a comienzos de 2021, cuando la primera etapa de una joven cuarentena ya había pasado y sólo quedaba la incertidumbre de ver el mundo desde nuestras pantallas, un mundo en el que todo tenía una fecha de vencimiento cada vez más corta. Con la convicción contraria de la inmediatez y a partir de las obras de artistas sin los contactos necesarios para participar en los grandes medios, Giros publica su primera edición en febrero de ese mismo año.
Fundada por Gonzalo Selva (estudiante de cine), a los pocos meses se incorporan al equipo Joaquín Montico Dipaul (oriundo de Ingeniero White) y Gala Semich Álvarez (Licenciada en Letras).
Después de un año y medio Giros construye una comunidad y brinda la posibilidad a escritores, periodistas, ilustradores, poetas, fotógrafos de publicar sus primeras (segundas, terceras y cuartas) obras.
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