El miedo de Roque
NARRATIVA
José Lupia
7/18/20266 min read
Por: José Lupia
José Lupia nació en Buenos Aires en 1975. Es profesor en Letras y trabaja como docente en instituciones educativas de distintos niveles. En el año 2021, Viajera Editorial publicó su primer libro llamado "El mundo despiadado de las nubes". Actualmente, dicta talleres de escritura creativa y se encuentra culminando su segundo libro de cuentos.


Para mí la mudanza no es una buena idea. Se lo digo a Roque y discutimos. Él insiste en que sin mamá la casa le da tristeza, dice que yo voy a estar mejor y entonces me pregunto qué sabe lo que me hace bien. Bueno, un poco sabe porque es mi hermano y me quiere, no voy a negarlo, aunque creo que me usa para defender su idea: quiere mudarse, cambiar de aire. Lo entiendo en parte, la casa se viene abajo y ya no tenemos energía para levantarla, pero empezar en otro lugar, guardar nuestras cosas, embalar, rotular en cajas, ordenar, reordenar. No dan ganas. Estamos grandes para esos movimientos.
Peleamos durante varios días. Hasta dejamos de hablarnos en alguno de ellos, hasta amenazo con separarnos después de algunas de esas discusiones.
La sangre nunca llega al río entre nosotros. Una mañana, mientras él se afeita en el baño le digo que sí, si él quiere podemos mudarnos, vendamos la casa, compremos algo más barato en otro barrio, empecemos de cero. ¿Por qué acepto? Creo que verlo tan decidido me termina convenciendo, no es una actitud habitual en él, siempre más blando, así que pienso, si querés mudarte, mudémonos, esta vez ganaste.
Todo sucede en un par de meses. Vendemos la casa (por supuesto, la van a tirar abajo para hacer un edificio de departamentos) y compramos un departamento en Parque Chacabuco, al costado de la parroquia de la Medalla Milagrosa. Hasta queda un saldo que guardamos en el banco. Pensamos en dividirlo por si alguno de los dos quiere empezar una vida distinta, pero al fin decidimos que no es necesario engañar a nadie, en especial a nosotros mismos. No vamos a cambiar a esta altura la rutina de nuestra convivencia, nuestro lazo de hermanos. Es nuestra vida. Como los de Casa tomada, pero sin alcurnia ni tejidos, así nos definimos una vez, y nos dio risa.
Los primeros días no son malos. Nos guardamos una semana de vacaciones para mudarnos, y como el departamento no necesita demasiados arreglos, terminamos ganando un tiempo libre de ocupaciones. El barrio nos gusta y salimos a caminar por el parque durante las tardes. A la mañana, dormimos hasta tarde.
Nuestro departamento queda en el primer piso. Nos vienen bien las bajas expensas y los ambientes más grandes de lo habitual, en especial al compararlos con los edificios más modernos. El comedor y el dormitorio de Roque tienen una ventana que da a la calle. Por la noche prefiere cerrarlas porque la vista del costado de la iglesia le da miedo. Mi dormitorio da al contrafrente, el paisaje es el de las chapas de otras casas. No me molesta.
Es sugestionable Roque, siempre lo fue, aunque trate de disimularlo, de hacerse el macho, como le digo a veces. Sé que le gusta calzarse el traje de hombre de la casa, el que arregla los cueritos de las canillas o toma más cerveza. No puede hacer nada de eso, siempre fue bastante inútil para casi todas las tareas masculinas, y para las femeninas creo que también. Yo lo apaño, mientras puedo, en especial en las reuniones en las que trata de agradar a los demás. Incluso lo miro esperando su guía cuando vamos a comer afuera, que el hombre pida, que evalúe precios y menú, que decida. Seguramente muchas veces nos confunden con novios. Permito esa confusión como una forma de ayudarlo, agradezco si me corre la silla, si me sirve el vino.
Hace calor, más que las noches anteriores. Los dos estamos algo intranquilos aunque no sabemos por qué. Comemos un poco de carne al horno que nos quedó del mediodía y cuando estamos a punto de irnos a dormir, escuchamos un ruido. Es como el de viejas cañerías crujiendo, un ruido ahogado que viene de un lugar distante. Agua que corre y golpes sobre el agua. Ploc. Ploc. Nos sobresaltamos, para qué negarlo. Simulo tranquilidad, suficiencia, aunque me inquieto un poco, sé que él tiene miedo. Le explico que son viejas tuberías, simplemente eso. Los ruidos siguen y crecen. ¡Ploc!¡Ploc! Ahora definen más claramente su lugar: vienen desde abajo. Nos paramos en el medio de la habitación, sin motivo, tal vez para sentirnos en estado de alerta. Él me abraza. En ese momento nos interrumpe un ruido acompasado que viene desde arriba, sin dudas. Pareciera que alguien con una pata de palo camina sobre el piso de madera. Va y viene como si se tratase de un poseso en trance. ¡Clonc! Silencio ¡Clonc! Silencio ¡Clonc! Agarro una escoba y golpeo el techo ensayando una queja, pero la secuencia permanece invariable. ¡Clonc! Silenc¡o ¡Clonc! Silencio ¡Clonc! Nos sentimos emparedados entre ruidos, entre golpes que vienen a molestarnos, a darnos la bienvenida. Me dan ganas de decirle, ¿viste? ¿Seguís teniendo ganas de mudarte? Por supuesto que no le digo nada. Ya bastante tiene con lo suyo. Él intenta hacer el papel que peor le sale, me abraza y pide que salgamos. Sonrío, cómo nos vamos a ir por dos ruidos. Me dice que puede salir a revisar si eso me deja más tranquila. Es una propuesta que pide a gritos ser rechazada, una propuesta que sale de sus labios mientras su cuerpo es un temblor que implora: ¡no me dejes ir solo!, ¡no me dejes ir solo!
Cuando éramos chicos también había ruidos en casa. No eran estos, eran otros. Llegaban a la noche y no se iban hasta la mañana, cuando teníamos que levantarnos para ir al colegio. Aprendimos a convivir con ellos. Roque decía que tenía la manera de ahuyentarlos, hacía unos pases mágicos y pronunciaba unas palabras raras. A veces funcionaba y podíamos dormir tranquilos después, a veces no.
Entonces llega el grito. Una mujer desesperada pide auxilio: ¡se llevan a mis hijos! ¡Se llevan a todos mis hijos! ¡A todos, a todos!¡Ay, ay, mis hijos! ¡Mami!, ¡mami!, ¡no nos dejes! Hay más voces y vienen de todos lados. ¡Ana! ¡Ana! Esperame, ya llego. ¡No te vayas!¡Bua! ¡Bua! ¡No saltes!, ¡no saltes! ¡Gol! ¡Golazo hijo de puta! ¡Golazo! ¡Se lleva mi cartera! ¡Chorro! ¡Ah! ¡Ah! La pierna, córtame la pierna, ¡cortala! Saltá que viene boludo, ¡salta de una vez! ¡Cuidado! Se escuchan demasiado fuerte y ahora ya es difícil diferenciarlos porque vienen de todos lados y piden algo y no podemos escucharlos a todos.
Abrimos la ventana, no hay nadie en la calle. Nadie. El asfalto está húmedo y me pregunto si llovió. Se ve lindo a esa hora. La luz pública alumbra algunas partes, me gusta el brillo, el recorte que hace del piso. Enfrente hay un puesto de diarios cerrado, por supuesto. Es verde y tiene una leyenda escrita: no me baño, dice. Los ruidos siguen. Todos los ruidos siguen: los caños, la pata de palo, los gritos.
Lo digo sin pensar. Simplemente le digo que se encierre en su dormitorio, que yo voy a arreglarlo todo. Por supuesto, se niega, la excusa es que no puede dejarme sola, la verdad es que no quiere quedarse solo. Casi tengo que arrastrarlo, pero al fin entra. Cierro la puerta. Paso la llave. Aliviada, me pongo a caminar por el comedor. Prendo un cigarrillo. Noto que la mano que lo sostiene tiembla demasiado. Me dejo caer sobre el sillón y cierro los ojos buscando paz. Por un tiempo que me cuesta identificar todo pasa a otro plano; aunque el proceso sigue, nada se fue, solo baja un poco la intensidad.
Al rato empiezo a silbar. No repito melodías ni canciones, solo silbo. Empiezo con un sonido borroso, suave hasta lo inaudible. Comienzo a transpirar un poco, hace más calor. Siento una gota bajar por la frente y es un descenso lento, una sombra deambula en el desierto. Cierro los ojos de nuevo y acelero gradualmente la intensidad del silbido. Subo la montaña rusa con miedo, con impaciencia, quiero ese punto previo a la caída, ese espacio sin movimiento para mirar todo desde arriba, ese segundo. ¡Fiu! ¡Fiu! Al fin estalla y es un silbido que ensordece y avanza con velocidad. ¡Fiuuuuu! ¡Fiuuuuuu! ¡Fiuuuuu! ¡Fiuuuuuu! Sé que no va a parar. Mi cuerpo está mojado, todo mojado. El calor o los silbidos, la montaña rusa.
Cada tanto lo escucho, pobre Roque. Grita desesperado, que lo deje salir, que ya está bien, que los ruidos no paran. Casi puedo verlo, solo, temblando en esa habitación extraña, rezándole a algún santo, pidiendo por mamá, tal vez pensando en tirarse por la ventana, deseando que la puerta se abra.
Ya es de mañana y la llave está en mi mano. No pienso usarla. Siento el miedo del otro lado de la puerta, disfruto el temblor del cuerpo de mi hermano, tan sugestionable pobre, tan bueno él. Sigo silbando, no puedo hacer otra cosa, silbo y silbo sin parar un instante, cada vez más fuerte, cada vez mejor.
FIN
GIROS
Giros nace a comienzos de 2021, cuando la primera etapa de una joven cuarentena ya había pasado y sólo quedaba la incertidumbre de ver el mundo desde nuestras pantallas, un mundo en el que todo tenía una fecha de vencimiento cada vez más corta. Con la convicción contraria de la inmediatez y a partir de las obras de artistas sin los contactos necesarios para participar en los grandes medios, Giros publica su primera edición en febrero de ese mismo año.
Fundada por Gonzalo Selva (estudiante de cine), a los pocos meses se incorporan al equipo Joaquín Montico Dipaul (oriundo de Ingeniero White) y Gala Semich Álvarez (Licenciada en Letras).
Después de un año y medio Giros construye una comunidad y brinda la posibilidad a escritores, periodistas, ilustradores, poetas, fotógrafos de publicar sus primeras (segundas, terceras y cuartas) obras.
Giros busca ser un espacio para todo aquel que tenga algo para decir o mostrar.
El anacronismo nos convoca; el último tuit del influencer nos repele.
Seguinos en nuestro Instagram
© 2025. Todos los derechos reservados.
