El oficio de la ausencia

NARRATIVA

7/18/20265 min read

Por: Néstor Suárez

Néstor Suárez es Profesor en Inglés por la Universidad Autónoma de Entre Ríos y Maestrando en Lengua Inglesa con mención en Estudios Literarios en la Universidad Nacional de Córdoba. Como investigador, se dedica a indagar la ficción gótica, el cuento weird y la intersección entre ciencia, religión y literatura. En 2021 publicó su primera novela, titulada El Evangelio según Josefina.

La niebla de ese día acentuaba el verdor de los pastizales que crecen indómitos a la vera de la Ruta 8, formando casi un palio sobre esas arrebujadas soledades del otoño tardío.

Yo no quería hablar. Vos no decías nada.

Dejamos atrás una lomada larga, y el tamborileo de tus dedos sobre el volante me avisó que ya habías divisado la casa. El ceño fruncido y la boca abierta, algo te disponías a balbucear; pero yo asentí con la cabeza y vos te limitaste a ir metiendo el rebaje.

Bajé para abrir la tranquera y no volví a subir. Quedó abierta.

Hice el camino al tranco lerdo. Andá a saber qué pensarías mientras avanzabas a menos veinte detrás de mi figura triste y espigada.

No. Tenías razón: no me acordaba de esta casa cuadrada que lucía su chillona rojura en medio del monte. Los recuerdos que asociaba con este lugar correspondían a una visita, tal vez la única, que le habíamos hecho a la viejita Sommer. Igual te aseguro que no había mucha diferencia: también un jardincito venido a menos, también un molino raquítico, también un galpón abierto con techo de chapa. Por supuesto que no te lo admití.

Fingía un fascinado pudor ante el paraíso recuperado al tiempo que vos te afanabas con los baldes de pintura que traíamos en el baúl y en el asiento de atrás. No creas que no te ayudé por pereza. Pasa que había estado salteándome la medicación. Es más: te juro que justo esa noche no había tomado el clona y por eso había dormido muy mal. Andaba con un humor de perros.

La llave del frente estaba desdentada. Probé igual. Tuvimos que entrar por el lavadero. A vos te sorprendieron mucho menos el orden que guardaba el mobiliario y la escasez de telarañas. La salamandra habitaba el silencio de la cocina con su estampa de yelmo walpoleano. Allí fue que te empezaste a quejar del frío.

Dejamos los tachos en el piso y, toqueteando las perillas negras que protuberaban como pezones ateridos, comprobamos que no había luz. La miopía me impidió siquiera sospechar que a vos la penumbra te bastaba. Con presta destreza te diste a la tarea de raspar y barrer, de renovar las paredes al ritmo parsimonioso del rodillo. Yo te secundaba, alternando la torpeza con una morosidad exasperante. Cada dos por tres me detenía a mirar el campo, perdido entre la bruma que levitaba allende el ventanal descortinado.

Tornaste a quejarte del frío, que ni la intensa labor lograba atenuar. Una y otra vez dejabas escapar alusiones a la mala fe de los críticos, a la vulgaridad de los empleaduchos de las editoriales y a la estupidez de los lectores y, ya que estábamos, de la humanidad entera. No te dabas cuenta de que ya no era menester consolarme: vos me habías dado la solución de antemano. Si yo me demoraba en implementarla, la culpa era mía. Mas te dejaba hacer: que ya vas a ver cuando te traduzcan al alemán, cuando te llamen para dictar conferencias en universidades de Escandinavia, cuando te otorguen estatuillas en México y te cuelguen medallas en Santiago.

Transcurrido lo que pudo haber sido un buen rato, ponele una hora y pico, juzgaste que era hora de matear. Total teníamos el fin de semana largo y habíamos traído leña de sobra. Escrutar tus manos en el resplandor anaranjado de las llamas me amargó la faena, puesto que desde el alcantarillal de mi psiquis empezaron a brotar crudas postales del infierno. Con todo, nada quebró mi mutismo.

El cimarrón te sugirió campañas de marketing, incursiones más agresivas en las redes sociales, presentaciones en librerías y bibliotecas de toda la provincia. Era cuestión de no aflojar. Yo, parado a tus espaldas, te habré dicho que sí, que así era, que había que seguir remándola.

Confundiendo mi desinterés con cierta forma de la inquina, pasaste a preguntarme por la cordobesa. En ese momento te habría puteado; pero ahora que lo pienso, esa intrusión de la gringa en la plácida modorra de la mañana era justo lo que necesitaba. No deseaba darte explicaciones, no creía necesario detallarte por qué se había terminado, no tenía ganas de verbalizar la humillación recién evocada. Refunfuñé, mascullando cualquier cosa sobre la inminencia de la defensa de su tesis una vez subsanado el temita de la vacante en el tribunal. Vos entendiste que no era por ahí, pero ¡vaya que era por ahí!

Desde que salimos de Tala había evitado compulsivamente tu cuello. Temblaba y no de frío al pensar que el vocablo pescuezo difícilmente me aligeraría el ritual: ¡bien sabía yo que tugas y brasucas lo usaban sin connotaciones de ganados y cadalsos! Por eso la sombra de la cordobesa me venía al pelo. La remembranza de su desdén desnudaba la injusticia con que el mundo me había pagado: devoto lector de mis contemporáneos, no había hallado en ellos más que condescendiente indiferencia; fervoroso cultor de los estudios lusitanos, no fui honrado ni con la visa ni con la beca; treintañero vapuleado por la desdicha de una vida amorosa de empeños en vano, me había aventurado en los dominios de Venus con renovados bríos y una esperanza que se aferraba a cualquier cosa con tal de no marchitarse… ¡solo para verme plantado ante la elección de abandonar Entre Ríos o romper esta lazo que prometía ser un punto de inflexión en mi deplorable biografía!

Pero ahí estaban vos y tu cuello, la casa de mis bisabuelos y la luz sucia y timorata de la mañana. Acaso fue en ese instante de epifanía que me vino a la memoria tu consejo, hecho en chiste y hacía mucho: «Si no, lo que podés hacer es una matanza. Con mucha sangre. Que salga en los diarios. ¿Quién se va a perder las confesiones de un sádico? Best-seller asegurado. ¡Hasta una serie te harían!». Me animó la certeza de que a vos te procuraría una felicidad inconmensurable verme consagrado. Las tijeras las traía en el bolsillo del cárdigan. La docilidad que me dio tu cuerpo me conmovió hasta el alma. Seguía chorreando y chorreando. No sé cómo alcanzó para los versos de Benavides que encontraron en las paredes:

Viaje duro este que vamos,

con tantos idos y vueltas,

haciéndonos al oficio de la ausencia.

Con tu sacrificio, dejamos el anonimato en esa casa muerta. Ya somos literatura.

GIROS

Giros nace a comienzos de 2021, cuando la primera etapa de una joven cuarentena ya había pasado y sólo quedaba la incertidumbre de ver el mundo desde nuestras pantallas, un mundo en el que todo tenía una fecha de vencimiento cada vez más corta. Con la convicción contraria de la inmediatez y a partir de las obras de artistas sin los contactos necesarios para participar en los grandes medios, Giros publica su primera edición en febrero de ese mismo año.

Fundada por Gonzalo Selva (estudiante de cine), a los pocos meses se incorporan al equipo Joaquín Montico Dipaul (oriundo de Ingeniero White) y Gala Semich Álvarez (Licenciada en Letras).

Después de un año y medio Giros construye una comunidad y brinda la posibilidad a escritores, periodistas, ilustradores, poetas, fotógrafos de publicar sus primeras (segundas, terceras y cuartas) obras.

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