Entrevista a Laura Wittner
ENTREVISTAS
Lara Buonocore
10/27/20264 min read
Por: Lara Buonocore
Colabora habitualmente con Giros.
Lara Buonocore (26) es escritora y fotógrafa y vive en Buenos Aires. Es licenciada en Artes de la Escritura por la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Publicó cuentos y ensayos en distintos medios: Revista Bache, Arde, Oropel, Áspera, Chelsea Hotel Mag y Rock y Arte Divulgación Cultural. En 2022 fue seleccionada en las categorías de Poesía y Ensayo del Festival Artístico de la Universidad Nacional de las Artes (FAUNA).


Prueba de sonido (Caballo Negro, 2026) es el último poemario de Laura Wittner, poeta y traductora argentina. Los poemas que componen este libro exploran la relación con el sonido: cómo éste moldea nuestra percepción e interviene en la cotidianidad. Pero también rastrean los distintos modos que tiene el lenguaje de construir mundo, la potencia de las palabras de hacer y ya no solo decir. A través de viñetas cotidianas, conversaciones con personas cercanas, o recuerdos, los poemas manifiestan esa sensibilidad única que caracteriza a los poemas de Laura, una sensibilidad pegada a la textura del mundo, que descubre en todas estas cosas un detalle inesperado que no habíamos notado antes.
¿Cuándo empezaste a escribir poesía?
No sé bien. En la primaria me gustaba escribir todo tipo de cosas. Tal vez también poesía. Después, durante unos años, escribí algo que llamaba “cuentos”. Poemas –ya con la intención de que fueran poemas– empecé a tratar de escribir a los veinte, veintiuno.
Para vos, ¿qué es la poesía?
Creo que soy demasiado indecisa como para lograr definiciones. No sólo de la poesía, de cualquier cosa. Pero improviso una para esta ocasión: el destilado rítmico y sonoro de un núcleo emocional y sensorial.
Bueno, me gustó, tal vez me la guarde.
¿Cómo surgen los poemas de Prueba de Sonido?
Los fui escribiendo a lo largo de los últimos seis años, es decir que fueron surgiendo en momentos muy distintos. Así escribo poemas en general: cuando aparecen, cuando insisten.
De alguna manera se me fueron agrupando alrededor de la observación del sonido: empezando por el silencio de la vida en pandemia, cuando cada irrupción sonora parecía agigantarse.
¿Qué libros te acompañaron durante la escritura de estos poemas?
Muchísimos; supongo que, de una manera u otra, todos los que leí en estos años. No hubo lecturas específicas en relación a la escritura de los poemas. Pero todo lo que leo acompaña e impulsa, como también impulsan las canciones, las películas, las conversaciones.
Uno de los temas que atraviesa a los poemas es el duelo, ¿cómo fue escribirlo?, ¿tuviste que poner cierta distancia o, por el contrario, ir de lleno?
La distancia se impuso sola. Es mi única manera de escribir, creo: con el filtro de la distancia. Que es lo que permite, me parece, justamente, ir con todo después. Con todos los recursos que tienen las palabras para decir una emoción.
El tan citado “desborde espontáneo de sentimientos poderosos recordados desde la tranquilidad” que describió Wordsworth.
Hay escenas cotidianas, como hacer un arroz yamaní, que se traducen en cierto ritmo del poema, una cadencia, un corte de verso particular; también pasa con lo que se escucha, ve, o huele. ¿Sentís que, en algún punto, estás haciendo una suerte de traducción de la experiencia sensorial a la poesía?, ¿o son indisociables uno del otro?
Creo que en tanto percepción pueden ser indisociables, pero solo a veces, ¿no? Cuando se está disponible. Tal vez hago un arroz todos los días pero no todos los días tengo la atención, esa atención de la que tanto hablaba Hugo Padeletti, disponible para ver en el agua que burbujea cierto ritmo, para escucharle una sintaxis a esa disposición de llama azul, olla plateada y cereal volviéndose tierno. A veces lo hago apurada, o fastidiada, o simplemente con los sentidos puestos en otra cosa, y esa misma olla con ese mismo arroz que bulle bajo no despega de su existencia material.
Y después sí, cuando ya se dio ese estado de disponibilidad, viene la parte que mencionás, la de la traducción, que a veces incluso surge espontánea: a veces las cosas ya aparecen semitraducidas y resta hacer el trabajo final de pulido y plastificado. Bah, plastificado mejor no; nunca se sabe.
En estos poemas, la escritura siempre brota en medio de algo que se está haciendo, en la vida misma, por eso creo que hay un impulso vital, algo muy fresco. ¿Así es cómo se te ocurren los poemas a vos, te llegan como un chispazo y los escribís en el momento, o esperás a que decanten un poco antes de bajarlos al papel?
Como decía recién: las dos cosas. Primero es el chispazo. Saber identificarlo, saber quedárselo. O al revés: no poder despegárselo. Para mí, claro. Cada cual tendrá sus maneras. Pero para mí suele haber un chispazo, un latigazo, un empujoncito, en fin; algo que se mueve y produce un sonido, o algo que suena y produce un movimiento. En general ando llevando esa primera cosa de acá para allá, la olvido, la recuerdo, en algún momento la anoto al pasar y a veces ese “al pasar” se instala y trae lo demás y otras veces esa primera anotación queda ahí durante un tiempo, en posición de espera.
Las palabras, en los poemas de Prueba de sonido, no solo dicen, sino hacen: hablar es tirar “cosas así en el aire vacío” o hacer que llueva, son como artefactos, tienen una materialidad propia. ¿Creés que el lenguaje tiene la capacidad de intervenir en el mundo?
¡Para mí el lenguaje es el protagonista del mundo! Y si me agarrás en un día de fervor voy más lejos: ¡es el mundo! Y sí, creo que las palabras hacen y que las palabras son. La materialidad de las palabras es uno de mis mayores consuelos.
Muchos de los poemas del libro están atravesados por otras voces, en “Autorretrato” es quizás en el que más se nota, ¿cómo trabajás esas otras voces en tu poesía?
Desde esa misma materialidad, me parece. Eso que ofrecen los otros cuando dicen viene con su propio ritmo, su propia resonancia, un léxico personal que es producto de una historia. No es que lo busque, pero cuando me cae encima me parece un gran recurso. Sobre todo para correrme un poco de mi propia historia de dicción.
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Giros nace a comienzos de 2021, cuando la primera etapa de una joven cuarentena ya había pasado y sólo quedaba la incertidumbre de ver el mundo desde nuestras pantallas, un mundo en el que todo tenía una fecha de vencimiento cada vez más corta. Con la convicción contraria de la inmediatez y a partir de las obras de artistas sin los contactos necesarios para participar en los grandes medios, Giros publica su primera edición en febrero de ese mismo año.
Fundada por Gonzalo Selva (estudiante de cine), a los pocos meses se incorporan al equipo Joaquín Montico Dipaul (oriundo de Ingeniero White) y Gala Semich Álvarez (Licenciada en Letras).
Después de un año y medio Giros construye una comunidad y brinda la posibilidad a escritores, periodistas, ilustradores, poetas, fotógrafos de publicar sus primeras (segundas, terceras y cuartas) obras.
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