Escala de grises

NARRATIVA

5/27/20265 min read

Por: Cristina Solana Rolanía

Cristina Solana Rolanía nació en Barcelona. Licenciada en Historia Contemporánea por la UB. Ha realizado posgrados en temas artísticos y culturales. Amante del relato, se formó en el itinerario de cuento de la Escola d’Escriptura del Ateneu Barcelonés y ha pasado por los talleres de las escritoras Clara Obligado y Margarita García Robayo. Publica en revistas y antologías. Forma parte de la Cofradía del Bestiario, de la comunidad literaria Bestiario Mínimo (México). Actualmente trabaja en su primer libro de cuentos.

Doce de noviembre de 2020. Son las cinco y cincuenta y ocho minutos de la mañana. Los días laborables el despertador está programado para sonar a las seis. Fermín, tumbado de costado en la cama, hace un par de horas que ve avanzar en la penumbra los dígitos fluorescentes en el reloj de la mesilla de noche. Cuando aparece el cincuenta y nueve, antes de que el zumbido suene y despierte a su esposa, extiende el brazo y desconecta la alarma. Ella, en duermevela, percibe su movimiento.

— ¿Te levantas? —murmura.

— Sí, Herminia.

— Tan temprano — dice en un bostezo.

— Descansa, luego te explico. Nos vemos a la hora de comer.

Una hora después Fermín llega con Mari Carmen a la Dirección Provincial del Instituto Nacional de la Seguridad Social. Son los funcionarios más madrugadores de la oficina. Los dos viven en la misma urbanización de Dosrius y aprovechan el Astra gris plata de ella para desplazarse a Barcelona. Hace casi cinco trienios (Fermín mide el tiempo como si se tratara de la antigüedad en una empresa), Mari Carmen y su marido se compraron una casa en la parcela que linda con la de Fermín. Fue una suerte que una compañera de su mismo departamento se mudara allí, porque odia conducir. Ni siquiera tiene carnet. Pese a ello accedió a trasladarse a una urbanización apartada, donde la oferta de transporte público siempre resultó insuficiente. La casa la encontró su esposa cuando nacieron los gemelos, hace treinta y siete años (una carrera laboral completa, apuntaría Fermín). No me vengas con peros, sietemesinos y con insuficiencia pulmonar, estos niños tienen que criarse en el campo, le dijo categórica Herminia cuando les dieron el alta en La Maternidad, después de veintitrés días en la unidad plomiza de cuidados intensivos de neonatos. Su esposa siempre fue una mujer con determinación y, en unos meses, vendieron el piso de L’Eixample que él había heredado al morir su abuela. Cambiaron los balcones de su infancia a la calle Girona, con sus plátanos de sombra en la acera y la galería luminosa al patio de manzana, por pinos y aire puro. Hoy los gemelos sietemesinos son dos hombretones que viven en Montcada i Reixach, muy cerca de la cementera donde trabajan.

Herminia, con los hijos independizados, ha sustituido su dedicación a la maternidad por la jardinería. Con los años ha aprendido a elaborar centros florales que regala a sus amigas. En primavera siempre reserva unas cuantas flores para que Fermín adorne su mesa en la oficina. Él nunca le ha contado que le producen una desagradable picazón en la piel, ni que cada año las reparte entre sus compañeras.

Fermín preferiría dormir un poco más, no llegar cuando solo las luces de emergencia iluminan con discreción la escala de grises de la entrada al parquin; pero Mari Carmen, refranera y ajena a los beneficios de la flexibilidad horaria, defiende que a quien madruga Dios le ayuda. A pesar de su escepticismo, Fermín se toma un café bien cargado cada mañana y no se lo discute.

Ser tan madrugador, sin embargo, tiene sus ventajas: permite elegir aparcamiento en el sótano ceniciento del edificio, el mejor encarado para ser el primero en salir. También permite encender con calma el ordenador, que casi tan veterano como él, se inicia tomándose su tiempo. Cuando Fermín se queja a los informáticos, éstos se conectan en remoto a su computadora, la trastean un rato, consiguen pequeñas mejoras y acaban diciéndole nosequé de la placa base, que en su jerga debe ser algo así como que no tiene solución. Mientras arranca el sistema operativo, una pequeña bola azul da vueltas un rato sobre el antracita de la pantalla. Cuando se detiene, Fermín puede, por fin, acceder a la lista de los expedientes de jubilación que tiene asignados para tramitar ese día.

Cada mañana, desde hace muchos años (el abril pasado consolidó su undécimo trienio en la sección), los organiza por orden alfabético, comenzando unas veces por la A y otras por la Z, con la probada eficiencia de tenerlos todos resueltos antes de las tres de la tarde. Nunca ha dejado ninguno pendiente de trámite para la jornada siguiente. Se pueden contar con los dedos de una mano los que han sido devueltos con reparos desde el departamento de Intervención. Pero hoy, como en los días precedentes, sus dedos tiemblan sobre el teclado cuando ve aparecer un nombre en el ordenador: Fermín Zelaya Roy. Un sudor frío humedece su inquietud al leer una fecha de nacimiento: 30/10/1955. Regresa la pregunta de los últimos días, como un eco: ¿sesenta y cinco años ya? Sigue leyendo:” Fecha del último día de trabajo: 30/10/2020”.

Fermín continúa mirando indeciso la pantalla, luego el teclado, donde sus ojos se desplazan entre la tecla de función PF5, confirmar, y la tecla de Escape, salir. Elige Escape. Trece días traicionan la inmaculada trayectoria profesional que le precedía. Otra vez ese expediente amanecerá mañana con los recién asignados para tramitar.

Cierra, una a una, todas las aplicaciones que ha utilizado durante la jornada y busca, en el ángulo inferior izquierdo del monitor, la opción de Apagar. Luego retira su tarjeta de fichar de la ranura del teclado. La mira. Observa su foto desdibujada por los años y el uso. Lee su nombre en voz baja: Fermín Zelaya Roy y piensa que, un día, el reloj de fichaje no la identificará porque los de Recursos Humanos la habrán dado de baja. Camina hacia el reloj y los imagina bromeando en la pausa del café sobre la curiosa incidencia: tantos días después de la fecha de jubilación una tarjeta se activa puntual a la hora de entrada y de salida, una rareza más de este peculiar año de la pandemia, dirán.

Son las dos y cincuenta y ocho minutos de la tarde. Mari Carmen, tan puntual para entrar como para salir, le espera ya preparada junto al reloj de fichaje, atenta a que marque las tres.

marzo 2026

GIROS

Giros nace a comienzos de 2021, cuando la primera etapa de una joven cuarentena ya había pasado y sólo quedaba la incertidumbre de ver el mundo desde nuestras pantallas, un mundo en el que todo tenía una fecha de vencimiento cada vez más corta. Con la convicción contraria de la inmediatez y a partir de las obras de artistas sin los contactos necesarios para participar en los grandes medios, Giros publica su primera edición en febrero de ese mismo año.

Fundada por Gonzalo Selva (estudiante de cine), a los pocos meses se incorporan al equipo Joaquín Montico Dipaul (oriundo de Ingeniero White) y Gala Semich Álvarez (Licenciada en Letras).

Después de un año y medio Giros construye una comunidad y brinda la posibilidad a escritores, periodistas, ilustradores, poetas, fotógrafos de publicar sus primeras (segundas, terceras y cuartas) obras.

Giros busca ser un espacio para todo aquel que tenga algo para decir o mostrar.

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