La cuarta acepción

ENSAYO

3/24/20268 min read

Por: Eugenia Vidal

Platense, tripera y fácilmente sentimental. Traductora de inglés hija de la Facultad de Humanidades de la UNLP . También, estudiante de danza contemporánea y bailarina de tango aficionada, habitué de la mítica milonga platense de los martes: Raúl Gaggiotti. Su biblioteca consiste mayormente en libros prestados de literatura, historia y tango que aún no ha devuelto. Sus referentes literarios son Borges, Manzi y Venturini y milita los aforismos de Ernesto Esteban Etchenique. Situación sentimental: zurda de sensibilidad peronista. Sus grandes amores son La Plata, la danza y la bici.

Desaparecer. Qué palabra extraña para sentir tan íntimamente entre los huesos. Sus fonemas en la boca tienen algo de marea cansina, de aguas gastadas en las últimas horas de un febrero tardío: olas lentas, suspiradas, somnolientas, que insisten contra la orilla y arrastran sus pasos mar adentro, hacia ese mundo desconocido ahondado de misterios y recuerdos. Es una palabra que casi desaparece entre los dientes, como si extinguiera la misma voz que la conjuga al rozar su cuerpo contra la lengua.

En mi niñez, desaparecer era la acción de las cosas perdidas, esos objetos escurridizos que escapaban a toda posibilidad de permanencia. Era también aquello a lo que los magos obligaban a palomas y conejos cuando los hacían desaparecer, siempre de la mano de ese primer hacer para lanzar sus hechizos. Se trataba de una palabra pícara y seductora que la imaginación infantil caprichosamente asociaba con lagos, bosques y tiempos antiquísimos en los que aún no se había producido la escisión atómica entre signo y naturaleza.

Ahora bien, en mi casa las cosas perdidas siempre dejaron de estarlo cuando mamá ingresaba a la habitación. Y tempranamente aprendí que las palomas y los conejos no desaparecen de verdad, sino que los magos son hábiles artistas de la ilusión y la distracción. Entonces, ¿cómo es posible que en Argentina tengamos tantos desaparecidos?

Desde el punto de vista lingüístico, hasta su 22° edición, publicada en 2001, el Diccionario de la lengua española (DLE) recogía solo dos acepciones para el verbo desaparecer, ambas intransitivas: «dejar de estar a la vista o en un lugar» y «dejar de existir». El detalle de la intransitividad es muy importante porque significa que se construye sin complemento directo, como nacer, crecer y morir: las madres no nacen hijos, los naranjos no crecen naranjas y las personas no mueren vidas. En otras palabras, cuando un verbo es intransitivo, significa que la acción la hace el sujeto por sí solo, no se la transmite a un objeto. Con esa misma lógica, una de las nuevas acepciones que recoge la última edición del DLE, publicada en 2014, manifiesta que desaparecer puede significar «pasar a estar en un lugar que se desconoce», lo cual amplía los sentidos anteriores —de hecho, imita su intransitividad—, pero también corre el eje: ya no se trata de no estar o no existir, sino de a dónde ha ido esa materia que ha dejado de estar o existir; surge la pregunta por el paradero. Sin embargo, lo verdaderamente disruptivo llega con la cuarta acepción.

Una pequeña deriva: el cráter de Chicxulub en Yucatán, México, es la huella tangible de un pasado remoto, una impresión concreta de aquella forma que se estrelló contra nuestro planeta y desencadenó la extinción de los dinosaurios. Monumentos como las pirámides de Egipto o el Stonehenge en Inglaterra nos muestran, por contraformas y espacios negativos, las siluetas de miles y miles de manos con sus correspondientes cuerpos, almas y anhelos que habitaron el mismo mundo que nosotros. Y de la misma manera, en la lengua también podemos hallar indicios arqueológicos de grandes eventos que han marcado un antes y un después en los usos lingüísticos gracias a esa sublime cualidad del lenguaje de moldear la realidad y dejarse moldear por ella: los sucesos de la última dictadura cívico-militar-eclesiástico-empresarial —y cuántos adjetivos más harían falta para denunciar a todos sus agentes— iniciada a través del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 están signados por el horror de lo que hemos llegado a conocer, pero aún más por la inconmensurable profundidad de todo aquello que aún hoy no sabemos. La palabra desaparecer, entonces, aparece por todas partes cuando queremos hablar de este trágico período porque nuestra memoria, identidad e historia pasaron a estar en un lugar que se desconoce. Y esta operación, lejos de ser un accidente o un efecto secundario de los métodos de tortura y represión implementados por el gobierno militar, se trató de una estrategia clara, deliberada e incluso abiertamente declarada por el régimen: así lo confesó el dictador Jorge Rafael Videla en una conferencia de prensa realizada el 13 de diciembre de 1979 cuando, en respuesta a una pregunta del periodista José Ignacio López, manifestó que «en tanto esté como tal, es una incógnita el desaparecido (…) no tiene entidad, no está… ni muerto ni vivo, está desaparecido».

Es en este contexto que se inaugura la cuarta acepción de desaparecer, en la cual vale la pena detenerse para entender a fondo las implicancias de sus elementos y que reza así: «tr. Hacer desaparecer. Desaparecieron a su hermano. U. m. en Am. U. t. c. intr. y c. prnl.». A partir de este momento, el verbo pasa a sumar un sentido transitivo, es decir que la ciencia de los represores ha vuelto torpe y obsoleta la predilección de los magos por el verbo hacer: ahora es posible ejercer la acción de manera directa sobre alguien más, cosa que el ejemplo deja muy claro. Y en una nota críptica, el DLE registra los derechos de autor: Usado mayormente en América —faltó quizás el agregado de un paréntesis con la aclaración «Latina, continente asediado por las dictaduras promovidas por los Estados Unidos durante la segunda mitad del S. XX»—.

Otro mérito no menor de esta actualización de la entrada léxica es que se da en el marco de un enfoque prescriptivista, que en lugar de priorizar la descripción del uso que los hablantes efectivamente hacen de la lengua —como es el caso, precisamente, del enfoque descriptivista—, tiene como objetivo establecer reglas, normativas y estándares que dicten cuáles son los usos correctos de la lengua a fin de conservar su pureza y el orden de la tradición. En ese sentido, la Real Academia Española se ha posicionado históricamente como una autoridad casi monopólica sobre lo que se puede decir o no en todas las variantes de español, relegando a un nivel inferior en la escala de cultura y civilización a las formas del habla popular de las masas y las poblaciones por fuera de España —que, por suerte, han optado por la sana costumbre de hacer lo que se les canta en términos de expresión—. Esto tal vez pueda parecer una cuestión de sentido común, pero en otras lenguas la relación con la academia es distinta: sin ir más lejos, en inglés, no existe una única institución que oficie de árbitro, sino varias de ellas que desarrollan y publican sus propios diccionarios e intentan reflejar los cambios e innovaciones en el uso. En resumen: la inclusión de estas nuevas definiciones en la reedición del DLE no implica un somero registro de ellas, sino su reconocimiento como usos asentados y correctos del término, indiscutiblemente buen español.

Todo lo dicho hasta aquí no hace más que evidenciar el innegable politraumatismo histórico causado por el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional y el Plan Cóndor, que han dejado todo tipo de cicatrices y heridas abiertas en nuestra sociedad y, como es lógico y esperable, en nuestra lengua. Lo sorprendente, en cambio, radica en que hechos tan tristes e inefables hayan terminado por dar lugar a un extraordinario caso de soberanía lingüística en la que el sur le ha impuesto sus términos y condiciones al norte global, el cual se ha visto obligado a adoptar el vocabulario de esos mismos pueblos a los que siempre ha pretendido subyugar.

Está bien, las relaciones de poder entre las distintas lenguas no son fijas ni categóricas y mucho menos si el análisis es diacrónico. Por ejemplo, a partir de las invasiones normandas del S. XI, el territorio británico tomó deuda a diestra y siniestra con el francés y la importación de galicismos fue tal que al día de hoy coexisten dos conjuntos separados para nombrar a varios animales de granja: aquellas denominaciones de origen sajón que nombran a los animales vivos, como pig o cow —porque eran los campesinos sajones quienes se encargaban de criarlos—, y aquellas de origen francés que refieren a la carne, como pork o beef —porque el poder político y económico le confería a la nobleza normanda invasora el privilegio de alimentarse de los frutos del trabajo de otros—. Y sin embargo, esta relación ha dado un giro de 180° y en la actualidad el francés es víctima del mismo proceso de globalización lingüística que ha posicionado al inglés como lingua franca de facto de la mano del imperio británico primero y del norteamericano después, razón por la cual tanto en francés como en español hablamos de spoilers, likes, selfies, hashtags, brainstorming, feedback, burnout, etc. —y claro que no es casualidad que un gran número de estas voces pertenezcan a los campos semánticos del mundo tecnológico y empresarial—.

No obstante, la particularidad de desaparecer es que la conquista del territorio lingüístico no fue el resultado de una inversión de la dinámica de poder político, económico y social entre las partes involucradas, sino de la lucha incansable e intransigente de los pueblos víctimas del terrorismo de estado que salieron en defensa de la memoria, la verdad y la justicia. Es solo gracias al indomable espíritu de estos que, a pesar de que el verbo disappear continúa siendo intransitivo —como durante tanto tiempo lo fue para nosotros—, varios diccionarios de inglés comenzaron a registrar un uso transitivo, menos frecuente, en el mismo sentido que en español y a citar, como ejemplos, oraciones referidas a las dictaduras latinoamericanas. Y aunque a veces pueda parecer que esos territorios solo se encuentran en tensión y disputa, como es el caso de la reivindicación del nombre Malvinas por sobre Falklands, aún nos quedan espacios de resistencia, trincheras desde las que defender nuestra historia a través de nuestra lengua y nuestra lengua a través de nuestra historia.

Palomas, conejos, llaves y medias: todos elementos propensos a desaparecer. A su búsqueda se lanzan madres y magos, con ese don tan particular para el encuentro. En Argentina, la empresa genocida llevada adelante hace ya medio siglo no desapareció ni palomas ni conejos ni llaves ni medias, sino trabajadores, estudiantes, artistas, intelectuales, religiosos, abogados y un largo etcétera. Y dicha empresa resultó, en muchos sentidos, victoriosa, porque logró, por un lado, aniquilar aquella gloriosa militancia revolucionaria de rebeldes y subversivos y, por el otro, sobrevivir en democracia a través del idioma negacionista que con tanta fluidez y soltura hablan los militantes del cipayismo barato y las políticas neoliberales.

En nuestro país son 30.000 los compañeros detenidos, torturados y desaparecidos durante la última dictadura y aún en democracia. A su búsqueda se lanzan las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, quienes desde aquella primera ronda el sábado 30 de abril de 1977 hasta hoy han encontrado a 140 nietas y nietos. A su búsqueda y en su defensa acuden ellas, con un lema claro: Aparición con vida y castigo a los culpables. A su búsqueda y encuentro salimos todos, por la memoria, por la verdad y por la justicia, para rescatarlos de esa existencia liminar a la que quisieron condenarlos, para aparecerlos cada vez que los nombramos en una sola voz: 30.000 compañeros desaparecidos, presentes, ¡ahora y siempre!