La muerte de Marat

NARRATIVA

4/4/202610 min read

Por: Antonella Menoni

Antonella Menoni nació en Montevideo, Uruguay en el 2003. Estudia la Licenciatura en Lingüística en la Universidad de la República. Es autora de Los Esqueletos en el Armario (Editorial Letrame, 2021) y Anatomía de un Corazón Roto (Editorial Ginkgo, 2023). En 2024 publicó Cabin Fever (edición independiente) y su versión en español, además del texto Oda a Montevideoen la revista Sentimientos a Medianoche. En 2025 publicó Simposio para Celíacos y Carmela con Imaginistas. Y en 2026, su obra La Mística enamorada con la Editorial Venado Real.

Cuando éramos jóvenes, Salvador y yo teníamos la manía de hablar constantemente sobre nuestros funerales. Delirábamos con ese asunto. Nos atosigábamos con preguntas para tejer una fantasía minuciosa acerca de cómo sería aquel día. Quiénes estarían, qué se diría, qué se pondría el otro, quién moriría primero.

No había nada más placentero en nuestros veinte, o al menos eso creíamos, que sentarnos en el balcón de la madre de Salvador con un batallón de latas de cerveza, de marca brasilera. Su madre probablemente las había traído de contrabando cuando iban cada verano a visitar a su familia en la frontera y nosotros, como buenos vándalos, le vaciábamos los suministros.

Salvador levantaba el mentón y su pecho se ensanchaba, al igual que su alma en ese momento, pienso ahora. Contemplaba las estrellas y fruncía los labios con gravedad pensativa. Nuestras miradas se encontraron. Bajo la mitad de una penumbra fatal y la otra mitad de un resplandor lunar majestuoso.

Salvador decía:

—Yo quiero que el mío sea una fiesta. Que venga hasta Juan, el verdulero, con sus tres amantes y Karina, su esposa, y que tomen todos hasta quedar borrachos. Quiero que mi funeral sea una verdadera fiesta.

—¿Por qué querés que vayan las tres amantes del verdulero a tu funeral? ¿No se supone que es un momento al que van las personas que realmente te conocen?

—Juan me conoce. Sabe que detesto la espinaca con toda mi alma, que siempre pago las cajas de cigarrillos con monedas de diez y que, aunque me apuntaras con una pistola, jamás pisaría la verdulería un miércoles, que es el día que va Doña Marta a hacer las compras. Cómo me irrita la voz de esa mujer. Y yo realmente conozco a Juan. Sé que tiene tres amantes, y conozco a Karina, su mujer.

—Todo el barrio sabe de las tres amantes de Juan. Hasta Karina.

—Quiero que venga todo el barrio —continuaba Salvador—. Que me recuerden por lo que hice, no por lo que fui. ¿Entendés? Nada de discursos prefabricados ni curas con aliento a whisky barato. Que hablen de mí como quien comenta el clima: “¿Viste que Salvador fue el que ayudó a tapizar los sillones de la vecina de Marat?” o “el que se peleó con el chofer de la línea 17 por no frenarle a la señora Cata, la del bastón”. Eso quiero. Que digan: “Ese tipo hizo cosas”.

Yo asentí, como si realmente comprendiera lo que significaba haber hecho cosas. Pero en ese momento, lo admito, no tenía la menor idea de qué estaba diciendo.

¿Qué cosas había hecho yo? Apenas había terminado el secundario rindiendo matemáticas en marzo. A veces, cuando cruzaba a la perra de mi tía, fingía que me llamaban por teléfono para evitar hablar con Rubén, mi vecino, que siempre se sentaba en el porche en una silla plegable.

Estaba por empezar el profesorado de Literatura. Me fascinaban las palabras. Un amor patológico, así lo describía Salvador.

—¿Y qué querés que diga la gente de vos, además de que nunca ibas a la verdulería un miércoles? —le pregunté.

—Que era irrepetible —dijo con sorna, pero sin reír—. No por bueno, sino por lo molesto que era. Que digan: “Qué tipo hincha pelotas, pero lo vamos a extrañar”.

Me reí y un sorbo de cerveza tibia me raspó la garganta, como si se vengara de haber sido olvidada bajo las estrellas. El aire tenía ese espesor húmedo de las noches en que todo se queda un poco más quieto de lo normal. El barrio dormía serenamente o simulaba dormir. Algún perro ladraba a la distancia: un ladrido abstracto, casi filosófico.

—¿Y vos? —preguntó de pronto Salvador—. ¿Cómo querés que sea el tuyo?

Tardé en responder. Las palabras se amontonaban en la punta de mi lengua.

—No quiero que lloren —dije finalmente—. Que les dé un poco de risa, al menos. Que alguien se tropiece llevando mi cajón, que el cura diga mal mi nombre.

—Eso no va a ser tarea difícil.

Ambos soltamos una carcajada limpia, honesta.

—Quiero morirme antes que vos —agregué más bajo, como una confidencia dirigida a las estrellas.

Salvador frunció el ceño.

—No toleraría ir a tu funeral, por más que sea una fiesta.

Se quedó callado un rato. Después, sin mirarme, dijo:

—¿Qué pensás que dirían nuestras lápidas? La tuya seguro algo como: querido hijo, hermano, amigo y fetichista de las palabras.

—Forro —le respondí entre risas.

—Yo no sé si soy el querido de tantas personas. Quizá el buena onda de unos cuantos extraños que se emborracharían en mi funeral. Pero no puedo poner eso en mi lápida.

Un nudo creció dentro mío.

—No seas necio. Sos lo más querido que tengo.

—Que nos entierren juntos, entonces. Nuestras lápidas podrían decir: aquí descansan en paz el boludo que no iba a la verdulería los miércoles y el fetichista de las palabras.

Solté una carcajada, pero noté un atisbo de melancolía en sus ojos.

—O podría decir: Salvador González y Juan Pablo Marat, en la vida y en la muerte.

Revoleó los ojos con una sonrisa pesada.

—Qué tierno te ponés.

Nos quedamos así un buen rato, en silencio, mirando el cielo que ya no era del todo negro ni del todo azul, con la certeza absurda de que esa noche no era importante. De cierto modo, no lo era. Pero para nosotros fue única.

Los años pasaron y aquella peculiar manía se fue disipando. Irónicamente, cuanto más nos acercábamos a la muerte, menos hablábamos de ella. Ya no nos sentábamos en algún balcón a tomar cerveza y a discutir sobre nuestros funerales; estaban demasiado cerca como para tratarlos con ligereza.

Mi obsesión por las palabras fue creciendo. Un pasatiempo sin duda singular. Discutir acerca de las palabras. Solo Salvador podía seguirme el hilo. Muchas veces no entendía del todo mis divagaciones, pero las escuchaba con gusto.

Las palabras, querido lector, ocupaban mi mente de manera constante. Pensaba en su uso, en su taxonomía, en la forma en que se interconectaban. Estaban en todas partes. Y, sin embargo, la vida transcurría y la mayoría no se detenía a pensar en ellas.

Salvador se había vuelto inspector de tránsito, una profesión que nos tomó a todos por sorpresa. Yo, en cambio, pasaba mis mañanas dando clases de Literatura. Por la tarde, Salvador venía a mi apartamento y, mientras compartíamos rigurosamente una bolsa de bizcochos, conversábamos sobre nuestros días.

Pronto, nuestro diálogo se transformaba en un monólogo de mi parte acerca de lo que estuviese enseñando en clase. Salvador escuchaba con atención. No parecía aburrirle mi tema repetitivo; o, si así era, jamás lo manifestaba.

—Carecen de tangibilidad, eso está claro —dije una tarde, apuntándolo con un vigilante como si fuese una espada de esgrima—. Pero para el escritor no hay nada más real, nada más físico, que las palabras.

Salvador sonreía, conocedor de memoria de mi soliloquio, y se llevaba la bombilla a los labios. El húmedo y burbujeante sonido del mate interrumpía mi hilo conductor. Nos sosteníamos la mirada.

—Yo a veces pienso en las palabras —decía finalmente—. Aunque ahora mismo lo único en lo que puedo pensar es en lo bueno que está este bizcocho de membrillo.

La razón por la que muchos no se detenían a pensar en las palabras era simple. Aunque las usaban, no les importaban demasiado. No necesitaban agregar un gramo de reflexión a lo que había detrás de ellas; cumplirían su cometido de todas formas. Pero para mí no era así. Las palabras eran mi vida. O, al menos, aquello que transportaba mi vida.

De manera similar a lo que ocurre con un escritor, aunque, irónicamente, jamás había navegado del todo esa parte del lenguaje, me limitaba a observarlo, a jugar con él, a examinar sus secuencias. Pero nunca había escrito un libro.

Cualquiera que se comprometiera con la causa entendería de dónde provenía aquella obsesión por las palabras.

Nuestras rutinas siguieron su curso, inconscientes del paso del tiempo. Pero, después de los cuarenta, la muerte dejó de ser un tema de conversación para convertirse en una posibilidad. Hacía tiempo que Salvador y yo no hablábamos de nuestros hipotéticos funerales. Lo cual resultó irónico cuando el asunto volvió a surgir, abrupto y forzado, tras la muerte súbita de nuestro compañero del secundario. Julián Mendoza. Había fallecido mientras conducía por la carretera.

De pronto allí estábamos, vestidos con trajes opacos e insulsos, en medio de una funeraria, frente a un cajón abierto. Nunca me gustó el color negro.

—Parece que ahora sí estamos en edad de morirnos —comentó Patricia, otra compañera del secundario, mientras miraba con gesto agridulce el cuerpo blanquecino y rígido de Julián.

La conversación no se extendió. Sentí a Salvador estremecerse a mi lado. Le escapamos al tema como dos gatos resbalando por un tejado caliente. Al llegar a mi apartamento pusimos un partido de futbol, nos comimos un tazón entero de maní japonés e hicimos como si nada hubiera pasado.

Aquella noche me fui a dormir con un vacío inexplicable que se retorcía con malicia en mi estómago.

Los años siguieron pasando y la rutina y las palabras taparon aquel hueco que, por las noches, amenazaba con tragarme. Me distraía con el chasquido de los pizarrones y el pitido de los marcadores. De algún modo enterré la grieta que la muerte de Julián había abierto en mi imaginario.

Daba clase, veía partidos con Salvador y compartíamos bizcochos como si fuese un ritual arcano. Mi vida era una buena vida, y yo estaba conforme con la simpleza de mi rutina.

Una mañana me encontraron una mancha. Una sombra, dijeron. Un residuo.

—Debemos investigar, señor Marat —dijo el médico.

Cáncer.

Cáncer, como si el idioma se hubiese reducido a una sola palabra de textura corrosiva. El terror fue inmediato, atávico, pueril.

No fue miedo a la muerte. Fue miedo al abandono, al silencio, al fin del lenguaje. Si yo me iba, él se quedaría solo.

Me desdoblé. Mi cuerpo se languideció y mi mente se convirtió en un escenario de especulaciones absurdas. No dormía. No pensaba. Me repetía palabras como benigno, tratamiento, chances, porcentaje, como si fueran mantras capaces de reorganizar el destino.

Una tarde, en medio de cebadas de mate despreocupadas, como si nada ocurriera, me atreví a confesarle a Salvador que tenía miedo.

Él se recostó sobre el respaldo del sofá y dijo:

—Hace de cuenta que no está ahí. Eso hice yo toda la vida. Si no la nombrás, no existe.

—No es así. Vos y yo sabemos que las palabras son reales.

—Entonces no lo digas. No le pongas forma. Vos no te vas a morir, ¿me oís? Te vas a curar. Te van a curar. Y después, cuando te cures, vamos a celebrar comiendo bizcochos de grasa mientras miramos el tránsito lento de las siete de la tarde.

No respondí. Me limité a aceptar el mate que me pasaba mi mejor amigo y a observar cómo, desde la ventana de mi apartamento, una moto de delivery zigzagueaba demoniacamente entre los autos detenidos en una luz roja.

Y me curé.

Contra todo pronóstico, el tratamiento funcionó. Volví a mis clases, a mis libros, a mis noches con vino barato y una pila de ensayos a medio corregir. Volví.

Pero entonces fue Salvador el que murió.

Sin aviso. Sin prólogo. Una madrugada, camino al trabajo, un ACV lo dejó suspendido entre lo que fue y lo que no llegó a ser.

Salvador González murió con cuarenta y siete años, un lunes a las siete y cuarenta y cuatro de la mañana.

El mundo, que ya me había parecido injusto muchas veces, de pronto me pareció obsceno. Me hundí en una pena absoluta, atiborrado de bizcochos y lágrimas saladas que no dejaban de brotar.

Un día llamaron a mi puerta y me entregaron un sobre. Me resultó extraño. Yo jamás recibía correo. Era un sobre azul, desgastado, con los pliegues marcados por el tiempo. Dentro había una sola frase, escrita con una letra algo infantil.

Estás invitado a la fiesta para celebrar la vida del boludo que no pisaba la verdulería los miércoles.

Espero que vayas.

Salvador.

Mis dedos se ablandaron sobre el papel. Sentí que toda mi carne se volvía gelatinosa. Las letras se borronearon ante mis ojos, apelmazándose unas con otras.

Seguramente había escrito esa frase años atrás y la había guardado para el momento preciso, su funeral que no sería un funeral. No anticipó que sería tan pronto. Pero al menos sería exactamente como él quería.

La celebración se hizo en el club del barrio.

Hubo cerveza, música tropical, anécdotas delirantes. Juan, el verdulero, y sus amantes que ya no eran sus amantes estaban allí. Yamila, una de ellas, usaba bastón y se la notaba algo senil, pero recordaba con claridad la locura de Salvador. Karina también estaba presente. Doña Marta dio un discurso con su voz estridente, en el que confesó haber estado secretamente enamorada de Salvador desde 2009. Todos nos reímos.

Fueron varios compañeros del secundario, incluida Romina, la primera novia de Salvador, a quien casi deja embarazada y que luego lo dejó por Mateo, primo segundo de Salvador.

Yo, en un rincón, con una copa de vino en la mano, escuchaba todo con una sonrisa inestable y una tristeza que no encontraba superficie donde asentarse. Cada historia lo traía de vuelta y, al mismo tiempo, lo alejaba un poco más.

Me acerqué a un grupo de amigos con los que solíamos jugar al fútbol de chicos. Algunos ya pelados, otros divorciados, casi todos con hijos que jamás conocerían a Salvador. Me ofrecieron un cigarro. Lo rechacé.

Después de un rato, me invadió una amargura profunda al estar rodeado de tanta gente. Los vi desde lejos, borrachos, hablando exclusivamente de Salvador. Y pensé en lo mucho que le habría gustado estar allí. Después de todo, él era el anfitrión. Él había organizado su propia fiesta.

Salí del salón y me recosté contra un muro. Las estrellas brillaban con una indiferencia impecable. Recordé aquellos tiempos en que éramos dos pibes con la manía de hablar de nuestros funerales, sin urgencia, con toda una vida por delante.

Después de haber vivido la mitad de la mía y de estar ahora en el funeral de mi mejor amigo, entendí algo que entonces nos negábamos a aceptar. No deliramos por morbo ni por extravagancia. Éramos apenas dos pendejos intentando domesticar el miedo.

Nos reíamos de la muerte para que no nos nombrara primero.