La piel como horizonte: sobre "A campo traviesa" de Lucía Gagliardini
ENSAYO
Stefano Branca
5/26/20264 min read
Por: Stefano Branca
Stefano Branca (La Tablada, 2002) es estudiante de Bibliotecología en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Dictó talleres de literatura queer latinoamericana y de poesía argentina. Integra grupos de investigación sobre editoriales independientes. En 2025 publicó Este lugar era un cuerpo, participó del III Festival Americano de Poesía en Hurlingham y fue residente del FIPR 33.


La poesía de A campo traviesa (2014) se erige sobre una experiencia perceptiva que desmantela la relación clásica entre sujeto y paisaje. Lejos de concebir el campo como un escenario disponible para la contemplación o la apropiación simbólica, los poemas de Lucía Gagliardini construyen una mirada expuesta y vulnerable, definida por el contacto con una exterioridad que impone su propio ritmo. En este libro, ver se transforma en un estado de atención sostenida, atravesado por la intemperie, abandonando cualquier intento de dominio o fijación de la imagen.
Desde el poema “Regocijo”, la voz poética sitúa la percepción como una forma de habitar el mundo antes que como una operación interpretativa. Ante la interrogante sobre lo que se observa en el campo abierto, la respuesta elude lo espectacular o lo sublime para centrarse en una serie de elementos concretos y temporales:
“Si me preguntan qué veo en este campo abierto
qué parezco ser yo misma
les digo: veo los surcos para la siembra
y veo ponerse el sol tibio de otoño.”
La mirada se afina aquí en la observación de los ciclos, del trabajo de la tierra y de una luz que declina. El yo cede su rol de centro organizador de lo visible para dejarse definir por aquello que emerge ante sus ojos. Esta dinámica dialoga con la noción de John Berger sobre la mirada como práctica situada, donde ver implica asumir una posición concreta y una responsabilidad frente a lo observado. En A campo traviesa, dicha responsabilidad se manifiesta mediante la renuncia a imponer un sentido pleno sobre el entorno.
La percepción propuesta por estos versos es inseparable del cuerpo. Mirar trasciende la función abstracta del ojo para convertirse en una experiencia que involucra impulsos, fuerzas internas y movimientos apenas contenidos. En “Caballo”, el animal encarna una percepción que antecede al desplazamiento físico:
“pero adentro
él ya siente el galope
dentro de sí”
El galope habita el interior del cuerpo como energía latente antes de concretarse en el espacio. Esta escena se alinea con la perspectiva de Merleau-Ponty, para quien el mundo no se ofrece a un espectador pasivo, sino que surge del entrelazamiento carnal entre cuerpo y entorno. El campo se revela así como una fuerza que atraviesa al sujeto, poniéndolo en
movimiento incluso antes de que este se haga visible.
En esta misma línea, “La boca madre” radicaliza la idea de una percepción descentralizada. El poema disuelve la figura del ojo único para dar paso a una proliferación sensible:
“debajo de mi piel
hay mil ojos observando”
La capacidad de ver deja de estar localizada para distribuirse por todo el cuerpo. La percepción ocurre bajo la piel, en contacto directo con lo vegetal y con aquello que crece. Esta multiplicación del ver resuena con la imaginación material de Bachelard, quien sostiene que la experiencia poética intensifica nuestro vínculo sensible con los elementos y nos restituye a una forma concreta de habitar el mundo. En A campo traviesa, la atención no se fija en una imagen clara, sino que se orienta hacia un proceso de expansión y contagio perceptivo.
Esta ética de la mirada se fundamenta asimismo en una poética de la inexactitud. En “Detalle”, la voz poética opta por describir una ausencia o un vacío inabarcable:
“sólo un gran agujero
un túnel oscuro
casi infinito”
El detalle se abre a un espacio indeterminado en lugar de precisar o delimitar formas. El poema sacrifica la claridad descriptiva para sostener un estado de suspensión, en diálogo con la noción de atención de Simone Weil, entendida como una espera activa que rechaza la apropiación inmediata para dejar que lo presente se manifieste en su opacidad. La mirada, por tanto, no clausura el objeto, sino que acata su misterio.
Esta lógica alcanza su punto culminante en “El campo bruñido”, donde la percepción deriva en una experiencia de disolución de los límites:
“hasta que el propio contorno mismo
se disuelva en el borde,
en el hilo, en la noche.”
El campo opera entonces como una fuerza que borra los contornos del sujeto. Sostener la mirada en ese borde conlleva el riesgo de perder la propia forma; ver implica exponerse a una transformación de la identidad, aceptando que el contacto con la intemperie altera irreversiblemente a quien mira. El poema se convierte en el registro de una experiencia que se
mantiene irresuelta.
En un contexto marcado por la saturación visual y la disponibilidad constante de imágenes, la propuesta de A campo traviesa adquiere una potencia singular. Sus poemas restituyen la lentitud, la duda y la atención como formas válidas de conocimiento sensible. En lugar de acumular imágenes, la poesía trabaja sobre la manera en que miramos, configurándose como una práctica de cuidado y resistencia ante la captura inmediata del mundo.
En definitiva, Gagliardini construye una poética donde la naturaleza funciona como condición misma de la percepción, despojada de su carácter ornamental. El campo se ofrece para ser recorrido con cautela, ajeno al dominio o a la comprensión total. En ese tránsito, el poema privilegia la experiencia de atender sobre la imagen concluyente, afirmando que la esencia de la mirada reside en la exposición y el cuidado, más allá de la posesión.
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