La trama desconocida

ENSAYO

7/12/202612 min read

Por: Teresa Benítez

Teresa Benítez (33) es magíster en Escritura Creativa por la Universidad de Tres de Febrero (UNTREF) y abogada por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Sus poemas fueron publicados en la revista Casapaís y obtuvo una beca para participar del programa de escritura de la Residencia Can Serrat en Barcelona durante el mes de julio de 2026.

Y es probable que entonces surja allí otra figura,

recortada no sabremos de dónde,

una figura que por fin nos muestre

el rostro desamparado que perdimos

Roberto Juarroz

ah desconocidos semejantes a mi corazón

Antonio Gamoneda

Un extraño me trajo de vuelta a la realidad. Yo estaba sentada al borde del canal, cansada de caminar la ciudad durante horas. Se llamaba Claude y me preguntó si quería pintar con él. La oferta de un hacer me cautivó. No me pidió dinero. Accedí porque eso hacemos cuando viajamos: aceptar lo que jamás aceptaríamos en nuestra tierra. Hablar con quien no hablaríamos.

Me preguntó si tenía una libreta. Le di mi cuaderno.

—Escribo —dije. Me pidió que le leyera el último poema.

Mientras me daba una hoja de su bloc para dibujarla, quiso saber si él podía pintar directamente en mi cuaderno, ilustrar mi texto. Le dije que sí. Como pinceles usamos unas piedras delgadas. El agua del río era para humedecerlos. Desplegó tres colores: verde, rojo y amarillo. Miré la hoja un rato, le dije a Claude que no sabía qué dibujar. Me respondió:

—Manos y pies. Las formas conocidas.

Por momentos olvidaba el canal y me concentraba en esa mano, la que pintaba y la que estaba siendo pintada, en la textura de las piedras que sostenía entre los dedos, en los colores sobre la piedra. Claude terminó su obra en mi cuaderno y yo le di la mía. Me agradeció por el tiempo y el dibujo. No me pidió ni un peso y no me animé a ofrecérselo; no quería ofenderlo. Lo vi alejarse por el puente. Sostenía mi dibujo contra la luz del sol y lo observaba desde distintos ángulos.

Todavía guardo mi cuaderno intervenido por Claude. Cada vez que me siento un poco perdida, vuelvo a sus manos rojas y verdes.

***

Mi madre recorre las avenidas con la cabeza apuntando al cielo, podría dedicarle horas a cada nube y balcón de su ciudad. Practica con soltura el asombro, camina la misma calle una y otra vez hasta descubrir en ella una sombra diferente. Toda su vida anduvo en línea recta y eso fue suficiente.

No tengo esa habilidad. Para mí todas las nubes se parecen, las sutilezas me están vedadas. Tengo una incapacidad para la permanencia cotidiana. Con el transcurso del tiempo, nada queda exento del tedio y la insatisfacción. En Cartas Extraordinarias, Negroni propone, en la voz que imagina para Emilio Salgari, que “hay que romper el contrato con lo cotidiano para poder ser quien se es, vale decir, un desconocido para los demás y, sobre todo, para uno mismo”. Prefiero entender mi ineptitud para las cercanías bajo esta óptica.

***

Hay quienes demuestran una predisposición para los extraños. Un llamado inexacto exige en ciertos cuerpos la búsqueda de una intimidad distinta. Instantánea. El placer de un vínculo sin construcción previa ni promesa alguna de futuro se desprende de su despliegue de posibilidades. Es precisa una predisposición a aceptar la palabra del otro, y a enunciar la propia ante ojos inéditos. Una fascinación por el gesto de lo impredecible.

Presencias ocultas dirigen nuestros pasos: en esta certeza reside el magnetismo de los otros. Tengo una confianza plena en la conexión intempestiva que emana de una conversación breve en el camino entre dos que no buscan nada más que el placer de oír una historia diferente. Aquel que se presenta frente a nosotros sin cara y sin nombre es un libro que nos revela solo las páginas que quiere revelar, y nosotros nos ofrecemos lectores atentos a la desnudez selectiva, al cuerpo de aquel con el que nada nos une más que el presente. El momento está despojado de toda adyacencia, es puro, casi externo al funcionamiento rutinario del resto de las cosas. El paisaje adopta las características de lo efímero. En un mundo que cada vez nos fuerza más a activar una especie de modo automático permanente, el encuentro azaroso y sin intereses utilitaristas con el otro, el encuentro finito, que halla su muerte casi en el momento en el que nace, nos permite un despertar para el instante, un alivio de la maquinaria siempre en movimiento.

***

El extraño no es el amigo a quien debemos lealtad, el amante a quien debemos fidelidad, o la familia, a la que le debemos cosas tanto más terribles y oscuras. Es aquel sentado al lado mío en la estación de tren, en la mesa solitaria de un café. Aquel que está fuera de toda obligación, en quien se juega el deseo puro de unión con el otro, despojado de todo mandato. Uno que tiene su propia historia y yo no soy ni seré parte de ella salvo como una perla aislada y sin embargo luminosa, porque seré libre del peso de la repetición.

En el entramado de los afectos cotidianos hay conductas vedadas. Deseos y palabras prohibidas. En cambio, ante la mirada vacía y llana de aquel que no volveré a ver puedo confesarme con plena libertad. Ser un extraño, en los términos de David Le Breton en Elogio del caminar, “libera de toda la carga propia del (...) que busca una imagen de respetabilidad.”

Prefiero la honestidad exclusiva de aquellos ante quienes no es necesario cumplir ningún rol. Entonces el tiempo adquiere un matiz luminoso: el sin nombre ve en nosotros un detalle inadvertido por los miembros estables de nuestra comunidad. El sentido de unión con el mundo crece: se comprueba que no es necesaria una intimidad histórica para hallar una conexión con otra persona. Alcanza con una dosis de curiosidad.

***

La soledad es el campo de hallazgo del otro.

En Iruya, un pueblito perdido en la provincia de Salta, estaba sola. Una noche me senté en una mesa comunitaria frente a un hombre que devoraba unas empanadas. Le invité una cerveza y hablamos. Era santafesino, había llegado en el camión de un amigo. Era un enamorado de su río, allá en Colastiné. Caminamos juntos el silencio y la luna de la montaña. No lo volví a ver después de esa noche pero fue a partir de este intercambio que decidí viajar a Santa Fe. Allí conocí la poesía de Beatriz Vallejos y Estela Figueroa. Conocí el litoral y el irupé. Comencé un poemario sobre el río de otro.

Algo de estos instantes exige el abandono de lo que uno era hasta ese momento, la total libertad para tomar distancia del propio entorno. Viajar solos, caminar solos, son movimientos que nos acercan al territorio de los desconocidos: no se trata del lugar específico sino de alejarse lo suficiente del entramado cotidiano y optar por una vía diferente. Así lo enuncia David Le Breton en Caminar la vida: “Toda marcha solitaria, hasta la de unas pocas horas, agudiza el sentimiento de la presencia del mundo, confiere una libertad de conciencia y de movimiento. La mirada no pertenece a nadie más que a uno mismo, igual que el tiempo y la meditación”.

***

Hay una geografía de los extraños. Es imprescindible una distancia de lo propio, un extrañamiento del hábitat natural de los afectos, del territorio familiar. La presencia del que aparece para irse —y allí reside su mística— suele darse en los terrenos de la espera y la transición: la calle y los caminos, las estaciones de tren, los aeropuertos. En una estación de micros en Madrid fue que Simona me explicó como había dejado todo para dedicarse al teatro. Lo recuerdo claramente porque yo misma me encontraba en una encrucijada similar a la suya: continuar mis estudios como abogada o dedicarme plenamente a la escritura. Hablamos hasta que llegó su tren. Cuando volví a Buenos Aires retomé los talleres de escritura que años atrás había abandonado.

En Salvador de Bahía conocí a Marcos. Argentino como yo, había emigrado allí hacía algunos años. Escritor. Muerta su madre, había heredado una plata que le había dado la posibilidad de renunciar a su trabajo en una obra social e irse. ¿Por qué Brasil? Me explicó que siempre había tenido la idea fija de una casita cerca de una playa brasilera, una imagen de sí mismo tomando una caipirinha frente al mar. Me dijo que era feliz. La imagen lejana que lo había llamado ahora era real.

Unos días después, en un hostel de Maceió le confesé a Gal que me había enamorado de Brasil. Era poeta y me regaló un libro de Drummond de Andrade, autor que en ese entonces yo no conocía. Luego de escucharme una hora alabar las maravillas de su país, me preguntó por qué no me iba a vivir ahí. Me sorprendió, era algo que no había pensado y sin embargo me llenaba de felicidad. Al instante pensé en mi familia, mi trabajo. No porque los fuera a extrañar, sino porque la red era demasiado compleja: no podía alejarme tanto de los míos. Se lo dije y se rió un rato hasta que entendió que le hablaba en serio. Me pregunto si es verdad lo que propone Eugenia Almeida en La inundación: “Hay paisajes que solo pueden transitarse, no hay nada habitable allí”.

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Bruce Chatwin relata en Los trazos de la canción que los pueblos originarios de Australia trazan mapas de la siguiente manera: canciones transmitidas de generación en generación, de origen sagrado, describen el territorio que habitan. Son historias de la tierra de sus habitantes que revelan una trama de conexión para el viajero. Chatwin explica que para estos pueblos sentirse cómodos en sus tierras dependía de la posibilidad de abandonarlas.

La mayoría de las personas tenemos una trama íntima de la que formamos parte: un trabajo, una familia, amigos, pareja. Sobre el territorio de afectos que habitamos construimos una narrativa diaria, cotidiana, que repetimos en las caras de los que conocemos. Es el encuentro con un otro externo, ajeno a este trazado, el que puede revelarnos una nueva narrativa, una alternativa a la historia que nos contamos. Y entonces lo conocido adquiere otro sentido y así se enriquece. Se transforma. La posibilidad de acercarnos a otros individuos que no forman parte de este trazado es la manifestación de nuestra libertad, una que a veces se diluye en la rutina de lo predecible.

¿Cuál es la trama de los desconocidos? Las palabras breves y frágiles intercambiadas revelan una trama subterránea urdida por un lenguaje misterioso. Se requiere una duda para encontrar una palabra acertada. Aquel que no duda, no habla con extraños. Aquel que acumula certezas y camina en línea recta por un sendero ya trazado, imperturbable, no permitirá jamás la palabra inesperada, y es esta la que esconde los tesoros de lo innombrable.

Es imprescindible el movimiento hacia lo incierto.

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Me levanto con el amanecer. Bajo a la entrada del hostel y consulto antes de salir la tabla de mareas. Con la mochila al hombro atravieso el pueblo pequeño y me adentro en el camino a la playa de los delfines. Después de una hora de caminata, bajo una escalerita empinada hacia la playa. Bordeo la orilla del mar hasta la bahía. Extiendo mi lona sobre la arena húmeda: hace unas horas estaba cubierta por el agua. El sol crece en el cielo. Junto coraje y entro al mar. Una adrenalina olvidada en la piel. Sonrío. Era imposible que alguien como yo llegara a un lugar como este. El agua alcanza mi cintura y veo lejos aletas romper la superficie. Una mujer a mi lado me dice algo en portugués.

El delfín pasa a un metro mío y grito. La mujer a mi derecha se ríe. Me río yo también, pero de nervios. De a poco se acercan más hasta que nos vemos envueltos por una masa de delfines. Mi cuerpo se relaja ante la belleza del mar, el misterio de los abismos que suben hacia nosotros para hacer también de la superficie un lugar sagrado.

Me acerqué a un mar nuevo y a las bestias en sus entrañas para no mantenerme igual a mi misma. El encuentro genuino con los otros se asemeja al hallazgo de un paraje diferente en una caminata por el bosque, a probar el agua de un río nuevo, a una playa con delfines que hace unas horas era parte del océano. No hay tiempo para la decepción, y por ello las palabras son tanto más valiosas: tendrán por siempre el significado que hayamos querido darles en ese instante. Serán como santos a los que rezarles para encontrar un nuevo camino en la rutina. Si las personas en nuestra vida diaria son como una película, los extraños se desenvuelven como fotos. Estáticos, quedan así para siempre en el recuerdo.

Acabo de ver la salida de la luna en el río de Quilmes. La gente corría hacia el final del muelle para lograr una mejor visión. Los niños iban adelante de todos, las madres los alentaban a seguir. Hay una ilusión originaria que se adormece con los años. El asombro olvida su urgencia, y nos quedamos dormidos antes de tiempo. Para los cuerpos que apenas se sostienen entre sí, juncos mirando al cielo, para las manos temblorosas e indecisas, el mundo obtiene un nuevo sentido y orden cuando las voces necesarias encuentran su curso y llegan a nosotros, en la boca de quien sea. La luna. El mar. Los otros.

***

Los sin nombre funcionan también —es inevitable que así sea— como un reflejo de la fantasía propia. Se despliega la idea que una tiene del mundo y se mezcla con lo que está enfrente nuestro. En una de las ciudades descriptas por Ítalo Calvino en Las ciudades invisibles, “las personas que pasan por las calles no se conocen. Al verse imaginan mil cosas las unas de las otras, los encuentros que podrían ocurrir entre ellas, las conversaciones, las sorpresas, las caricias, los mordiscos. Pero nadie saluda a nadie, las miradas se cruzan y segundo y después huyen, husmean otras miradas, no se detienen. (...) Si los hombres y mujeres empezaran a vivir sus efímeros sueños, cada fantasma se convertiría en una persona con quien comenzar una historia de persecuciones, de simulaciones, de malentendidos, de choques, de opresiones, y el carrusel de las fantasías se detendría”.

El breve intercambio con el desconocido se mantiene en un estado intermedio entre la realidad y la fantasía. No le damos al otro el tiempo suficiente para su aparición completa. No le otorgamos al vínculo efímero la posibilidad de que la ilusión se desvanezca. El otro es una mezcla perfecta de lo que inventé para él y lo que él elije mostrarme. ¿Acaso existe un estado más perfecto que este?

***

Lo desconocido puede mantenerse así. Es el caso de la poesía y los que nunca volvemos a ver. Claudia Masín, en Curar y ser curados entiende los estados poéticos como “contados raptos de iluminación en los que podemos ser capaces de resonar con los otros, con lo otro, de sentir en el cuerpo propio lo que es aparentemente ajeno. Ahí sucede la poesía”. La ciencia y el lenguaje no resuelven la caída infinita después de la muerte. El tiempo se detiene en el instante. La vida puede ser medida en poemas y extraños.

***

Franco está sentado en el escalón de casa. Cuando lo conocí, dejé de viajar: creí que una intimidad como esta me dispensaría del anhelo de ciertos misterios. Apoya la cabeza sobre su mano derecha. Conozco ese gesto de memoria. No sabemos qué hacer con las peleas, últimamente se acumulan una por día y arruinan la memoria de lo que éramos al principio. Lo vi por primera vez una tarde en el delta del Paraná. Había allí promesa. Deseo de permanencia, algo que durara un poco más. Eso hicimos: nos encontramos la segunda vez en un bar sobre Avenida Corrientes y fuimos al teatro. Franco no es un desconocido, nunca lo fue: demasiadas proyecciones se configuraron en su cuerpo. La intimidad que construimos y destruimos no tiene nada de liviano. No hay aire en nuestras palabras. Volverá a haberlo, tengo fe en lo que conozco de él y lo que conozco de mí. Pero creer es un esfuerzo. El mundo se teje de vínculos que agotan lo simple.

Ítalo Calvino explica que en la ciudad de Ersilia “para establecer las relaciones que rigen la vida de la ciudad, los habitantes tienden hilos en los ángulos de las casas, blancos o negros o grises o blanquinegros según indiquen relaciones de parentesco, intercambio, autoridad, representación. Cuando los hilos son tantos que ya no se puede pasar entre medio, los habitantes se van: se desmontan las casas; quedan sólo los hilos y los soportes de los hilos”. El extraño nunca entra en esa trama, se mantiene afuera, lejos de las casas y las paredes, de los cuartos y los portazos. No entra en nuestro hogar. No sabrá nuestra historia, salvo lo que queramos contarle de ella. Nos entenderemos como pájaros: libres y aéreos.

***

Necesité de un extraño para pintar la forma de mis manos.

Una trama leve de palabras desconocidas sostiene mi vida cotidiana. Los hilos que me trazan se revelan en la distancia y me envuelven.

Alguien siempre vendrá a despertarnos.

GIROS

Giros nace a comienzos de 2021, cuando la primera etapa de una joven cuarentena ya había pasado y sólo quedaba la incertidumbre de ver el mundo desde nuestras pantallas, un mundo en el que todo tenía una fecha de vencimiento cada vez más corta. Con la convicción contraria de la inmediatez y a partir de las obras de artistas sin los contactos necesarios para participar en los grandes medios, Giros publica su primera edición en febrero de ese mismo año.

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Después de un año y medio Giros construye una comunidad y brinda la posibilidad a escritores, periodistas, ilustradores, poetas, fotógrafos de publicar sus primeras (segundas, terceras y cuartas) obras.

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