Leer lo abyecto
ENSAYO
Andrés Morelli
4/1/202617 min read
Por: Andrés Morelli
Andrés Morelli (27) vive en Banfield, en la zona sur –paredón y después– del conurbano bonaerense. Estudia Ciencia Política y Gobierno en la Universidad Nacional de Lanús (UNLa) y es peronista como un día de sol. Su educación sentimental son las chicas Almodóvar y las nenas de Sandro. Su lugar en el mundo es Villa Gesell. En las palabras y en las sobremesas conspira para la felicidad del pueblo y la grandeza de la nación.


1. De fantasmas criollos
1.1.
A lo largo de estos encuentros, si bien diferenciados entre sí con una impronta marcada, han aparecido dos temas en particular que resuenan: la violencia política y los cuerpos que hablan desde la periferia.
¿Qué límites, qué fronteras se trazan? En el territorio, en los cuerpos, en lo simbólico.
En la literatura de terror argentina, el miedo se articula en torno a cuerpos al límite y desde el límite; cuerpos que encarnan la precariedad de la vida y la violencia de la sociedad o del Estado.
Desde que este país es, las diversas fuerzas políticas en los vaivenes de nuestra historia han tenido una tradición –que roza lo obsesivo– de disciplinamiento de los cuerpos de los vivos, y la vejación de los cuerpos de los muertos. Patriotas y realistas; unitarios y federales; comisarios y anarquistas; peronistas y gorilas; militares y subversivos; argentinos de bien y zurdos de mierda.
El perpetuo retorno al binomio de nosotros y ellos.
El miedo en argentina es correr el límite hasta la inminente irrupción del malón.
1.2.
Resulta necesario, para todo lo demás, traer la noción de biopolítica de Foucault; que en el capítulo “Derecho de vida y muerte” en el primer tomo de Historia de la Sexualidad(1) habla de cómo el poder cambia de forma. Si bien antes un soberano podía hacer morir y dejar vivir, es decir: decidir sobre la vida del pueblo, matar a unos y perdonarle la vida a otros –el famoso pulgar abajo–. En la modernidad el poder pasa a hacer vivir y dejar morir. Ya no se trata de producir muerte sino de producir vida; administrar y gestionar la vida a través de normas e instituciones. Entonces en este marco, el cuerpo se vuelve un dispositivo de disciplinamiento, algo que el poder moldea, entrena y regula para que produzca y se ajuste a lo que el sistema necesita. Pero esa gestión de la vida también implica decidir qué vidas valen y cuáles no; quiénes deben ser cuidados y quiénes pueden ser abandonados. Así, el biopoder traza la línea entre los cuerpos protegidos y los cuerpos descartables.
¿De qué manera se inmiscuye esta noción en la literatura argentina de terror? En “La Refalosa”, el poema de Hilario Ascasubi de 1843, se encuentran marcas muy concretas en torno a la corporalidad. Por un lado todo el texto está construido alrededor de una suerte de animalidad respecto del torturado. Bien podría tratarse de una res; de hecho el torturado no habla, y se lo narra con una distancia cual si fuera una receta, un manual de tortura. Un recurso que está al servicio de producir un mayor impacto, así como también el tono irónico resulta un recurso al servicio de la denuncia.
En tal sentido resulta interesante rescatar la aparición de "La refalosa" en “El Matadero”. El cuento de Esteban Echeverría es, por consenso, la piedra angular de la literatura argentina; por tanto la implicancia de este intertexto tiene que ver con el profundo arraigo que tiene la violencia política en la génesis del ser nacional, al menos en lo literario:
¡Qué nobleza de alma! ¡Qué bravura en los federales!, siempre en pandilla cayendo como buitres sobre la víctima inerte.
—Degüéllalo, Matasiete –quiso sacar las pistolas–. Degüéllalo como al toro.
—Pícaro unitario. Es preciso tusarlo.
—Tiene buen pescuezo para el violín.
—Tócale el violín.
—Mejor es la resbalosa.
—Probemos –dijo Matasiete, y empezó sonriendo a pasar el filo de su daga por la garganta del caído, mientras con la rodilla izquierda le comprimía el pecho y con la siniestra mano le sujetaba por los cabellos.
—No, no le degüellen –exclamó de lejos la voz imponente del Juez del matadero, que se acercaba a caballo.
—A la casilla con él, a la casilla. Preparen la mashorca y las tijeras. ¡Mueran los salvajes unitarios! ¡Viva el Restaurador de las leyes!
En 1960 David Viñas dijo que la literatura argentina había comenzado con una violación, y todo lo que sigue es una conversación con aquella proclama, tan abrupta y determinada, tan osada y categórica como el mismo Viñas(2).
De acuerdo a esta hipótesis –que a su vez expone la preocupación de Viñas por el proyecto civilizatorio que funda la nación argentina– nuestra literatura no solo nace con una escena cruel, sino que es una escena que también está estrechamente entrelazada con la violencia sobre la que se posaba el clima social de una época(3).
Establece la relación simbiótica entre arte y realidad social. Un hecho artístico-cultural-literario inaugural, que se produce en relación con la política y con la variable de la crueldad, que aparece como una constante a lo largo de nuestra historia.
Allí se conjuga un clásico del campo semántico argentino: la variopinta justificación de la exclusión y la violencia; ya no vista como un exceso, sino como parte constitutiva del orden social.
Porque siempre habrá un orden que restablecer, siempre habrá una fiesta que pagar.
Esa fiesta, ese disfrute que se convierte en deuda, se paga con aquellos cuerpos al
límite y desde el límite.
Lógicamente, el producto de este entramado entre lo histórico-político-cultural es la necesidad de ficcionar el terror que evocan algunas de las experiencias compartidas en este suelo.
Si la tortura de los cuerpos vivos y la vejación de nuestros muertos es en Argentina un instrumento de venganza y aleccionamiento político ¿Cómo no temblar al son de La Refalosa, la danza macabra de la pampa rosista?¿Cómo no darle un vaso de vino a la pobre Basilia, la que perdió la cabeza –literalmente– frente a semejante horror?¿Cómo no fantasear con un monstruo en el patio del vecino?
¿Cómo no despertar en medio de la noche tras la imagen fugaz y pesadillesca de los niños proletarios?
Todo parece haber pasado y sin embargo, sigue pasando.
2. ¡One of us!
2.1.
El cuento “La puerta condenada”, de Julio Cortázar, resulta ilustrativo para identificar los elementos típicos del género: el viajero solitario, el hotel vacío, el llanto de un bebé en la noche. Clichés, podría decirse, que construyen una atmósfera inequívoca. Allí también toman forma dos de las marcas que se repiten una y otra vez en el género. El arquetipo de mujer loca –y por extensión la implicancia de que es mala madre– y la pregunta latente de qué se juega alrededor de la locura. Es decir: frente al terror se ficciona una respuesta, una explicación en la órbita de lo
fantástico, lo sobrenatural y lo monstruoso; que a su vez convive con la posibilidad –tanto o más terrorífica– de precipitarse hacia la locura.
Un personaje de Mariana Enriquez habla de sus libros favoritos de la adolescencia, dice que “Jane Eyre tiene como diez secretos pero a mí me apasionó el de la mujer loca, encerrada, del señor Rochester (...) la usualmente empática Charlotte Brontë esta vez no le tiene ninguna compasión a esa mujer, no cuenta nada de su historia, apenas dice que viene de una familia de degenerados y eso es todo, no explica qué la puso así, si ya estaba tan demente cuando era la novia de Rochester, si la vio un médico, nada. La trata con inmenso desprecio, como a un monstruo.”(4)
Un cuerpo loco, entonces, aparece como la barbarie, la incivilización. La locura se revela como aquel monstruoso estado de naturaleza primitivo, que debe ser contenido, encerrado, escondido. Nosotros y ellos.
2.2.
Por un lado, “El limonero” y “El patio del vecino”, ambos de Mariana Enriquez, marcan una impronta que se antoja urbana. Si bien son cuentos que están concretamente situados, podrían ser igualmente eficaces en cualquier punto del área metropolitana de Buenos Aires. En ambos textos se articula la pregunta latente de si el lector es efectivamente testigo de lo paranormal o si sus protagonistas han perdido la cordura. Sí cabe señalar el distinto uso del recurso en cada caso.
En “El Limonero” ninguna de las apariciones, así como las habilidades de la protagonista para comunicarse con el más allá, son en ningún momento cuestionadas, siquiera planteadas como un hecho por fuera de lo normal. Es más, esos encuentros se presentan como las vivencias menos horrorosas del personaje. Entonces, si bien la historia está empapada del –más que evidente– padecimiento de salud mental del personaje de la madre, la voz narrativa de la protagonista marca muy claramente qué cosas ubica en el orden del delirio y qué cosas en el orden de lo real; admitiendo, por supuesto, que su realidad frecuenta estos encuentros
espectrales.
En el caso de “El patio del vecino”, Paula –la protagonista– duda constantemente de su propia cordura. Se establece que ella ha tenido una licencia psiquiátrica; que tiene un diagnóstico de depresión y que está medicada. Miguel –su marido–, lejos de acompañarla, desestima no solo su situación, sino que pone en duda la validez misma del campo de la salud mental. El texto juega constantemente con la pregunta latente de si lo que Paula encuentra en el patio del vecino es, en efecto, algo monstruoso –en el orden de lo fantástico– o es una alucinación propia –en el órden
del delirio–. Pero además de los personajes, la potencia del cuento se cimienta en la trayectoria de vida de la protagonista.
Paula –trabajadora social– era la encargada de un hogar de tránsito para chicos. Una noche, luego de una serie de situaciones complejas y algunas intervenciones desprolijas(5), ella y su compañero bajaron la guardia –tanto de manera figurada como institucional– y se desentendieron de su rol de referentes del dispositivo, al punto de la irresponsabilidad absoluta. En el transcurso de la noche surgieron situaciones de riesgo, lo que derivó en una llamada de un vecino a su supervisora. Naturalmente –o al menos uno querría pensar que la vida real es así– al acudir y encontrarse con esa escena, la supervisora se encargó de que ambos operadores recibieran un sumario administrativo y fuesen despedidos.
Recapitulando: todo lo que le sucede a Paula en relación al patio de su vecino, ya sea un monstruo o una alucinación, es terrorífico desde el punto de partida. El valor agregado, el espesor de este cuento tiene que ver con todo lo que se juega alrededor de esa pregunta latente; va más allá del monstruo o el delirio. ¿Podrá Paula redimirse como trabajadora social?¿Podrá demostrar que, a pesar de haber sido debidamente despedida, aún tiene las herramientas para enfrentar los horrores que encierran algunos hogares?
Lo que de ambos textos se puede extraer es el corte transversal respecto del género femenino. Es decir: si al nosotros y ellos le es inherente un cuerpo loco, indómito frente a las normas y las instituciones; y por consiguiente permeable a ser excluido y violentado; dicha lógica excluyente se acentúa de manera más marcada en el género femenino.
Este tipo de representaciones de lo femenino en la ficción –que al fin y al cabo son reflejo y motor de la exclusión en la vida real– abarcan un amplio espectro. Estos cuentos de Enriquez dan cuenta de ello, entre lo puntual y lo abstracto. Desde el arquetipo de mujer loca a la que, cual si fuese una condición sine qua non, se la suele sentenciar no apta para ejercer la maternidad; hasta maestras, médicas, psicólogas, trabajadoras sociales, etc. Un ideario de mujeres, que a su vez ejercen profesiones típicamente feminizadas, cuya falta es –justamente– no haber cumplido correctamente con las tareas de cuidado que le fueron asignadas.
Es decir: las mujeres sino excluidas y violentadas, son tramposamente puestas en falta por no revertir su propia exclusión. ¿Dónde están las feministas?, diría algún indeseable.
2.3.
Por otro lado, los cuentos de Schweblin y Quiroga aluden a otro tipo de exclusiones, esquemáticamente atravesadas por lo social y por la enfermedad; y ¿por qué no? la discapacidad. Tanto la posición de clase, como un buen estado de salud son condiciones que se antojan azarosas. ¿Quién en este inexplicable país está realmente exento de ser pobre y enfermo?
En ese sentido resulta interesante cómo la violencia política –que como ya se ha dicho, tiene un fuerte arraigo en los cuerpos– a su vez es enunciada en clave anatómica. Un ejemplo paradigmático es la dictadura cívico militar, que discursivamente aludía a la idea de que la “subversión de izquierda” era un cáncer a extirpar del cuerpo social, mientras que el aparato represivo jugaría el rol del “cirujano” encargado de “sanar” ese cuerpo. Pero por fuera de las circunstancias taxativamente violentas, esta práctica ha estado vigente en los discursos que
acompañan algún tipo de violencia política, incluso hasta la actualidad.
“Viva el cáncer”, dijeran una vez las paredes de Buenos Aires, tras el fallecimiento de Eva Perón.
Asimismo el caso de aquel ex mandatario mufa, que dijo que “el país necesita cirugía mayor sin anestesia”, anunciando así su inefable plan económico. Paradójicamente, 35 años más tarde se abandonó la sutileza quirúrgica del bisturí y se lo reemplazó por una motosierra.
Entonces, en “La furia de las pestes” y “La gallina degollada”, respectivamente, se
ilustran exclusiones signadas por esta noción.
Si se toma por válido que la cartografía de la Argentina es el cuerpo de la nación, el pueblo al que refiere Schweblin se encuentra en la periferia –geográfica, material y simbólica– del cuerpo, cual si fuera un apéndice. A la vez sus pobladores, sus cuerpos, impresionan ser inmutables al paso del tiempo, del hambre, de la enfermedad. Como si la propia exclusión, el no reconocimiento de ese órgano dentro del cuerpo los mantuviera suspendidos en formol.
En “La gallina degollada” la fiebre aparece como una tempestad. Uno a uno los 4 hijos varones del matrimonio Mazzini–Ferraz son víctimas de la enfermedad, como si fuese un destino inevitable. A partir de esa desconocida afección a sus 18 meses de vida, cada uno de ellos quedó “idiota, baboso, colgante”. Acaso el desprecio por su ignota discapacidad es lo que los privó de toda muestra afecto, interés, resguardo; ni que hablar de estimulación. Sí se nombra que además
de todos estos rasgos que rozan lo bestial, ellos contaban con cierta capacidad imitativa.
Demás está detallar el destino de su hermana, Bertita, sellado por el propio talento de imitación de sus hermanos. Hace más de 100 años que su desenlace permanece indeleble en el recuerdo de los lectores de Quiroga.
Pero para tal caso, sí vale la pena detenerse en el peloteo que hace el matrimonio Mazzini–Ferraz a lo largo del cuento. Se acusan mutuamente de ser culpables de la enfermedad; ninguno de los dos quiere llevar la desgracia en su sangre.
Hacia el final del relato resulta clara la polarización familiar que subyace: de un lado los padres y Bertita, su hija sana, la institución de la familia ideal; y del otro los 4 hijos varones. Los idiotas, los bestias. Nosotros y ellos.
2.4.
No resulta necesario ficcionar, ni tampoco invocar un ejemplo literario para hablar de la situación del área de discapacidad en la Argentina del 2025. El terrorífico señalamiento de una porción descartable de la población se ha hecho carne a manos de las directivas del Gobierno Nacional. Una vez más, la realidad supera la ficción. Al igual que un tal Lord Farquaad –determinado a erradicar a todas las criaturas de cuentos de hadas de sus tierras–, el horrible que hoy concentra el poder público parece salido de una siniestra fábula.
Dice Luigi Amara en uno de sus surreales ensayos:
“La angustia que despierta la figura del contrahecho y el deforme, que nos hace
creer del todo justificado y hasta natural el impulso de excluirlo del círculo
social, y a veces ejercer una violencia inusitada contra él como si con ello bastara
para negarlo, reviste al mismo tiempo la forma de la atracción y el morbo: la
necesidad irreprimible de ver de frente, así sea por el lapso que dura el escalofrío,
aquello que nos confronta, aquello que nos refleja y modifica. Doblegados por la
curiosidad, asistimos a las funciones de circo a fin de mirar a la mujer barbuda,
al microcéfalo, al hombre elefante, y ya sea mediante la mueca de asco o la risita
nerviosa manifestar –en primer lugar a nosotros mismos– nuestro alivio, nuestra
chapucera sensación de superioridad ante la dramática constatación de que los
diferentes son ellos. Y a tal grado necesitamos contemplarnos en ese espejo de
deformidad que nos repugna y tranquiliza –que nos devuelve la imagen
inquietante de lo que pudimos ser, de lo siempre latente y sin embargo eludido–,
que las barracas de feria (...) bien podrían describirse como cárceles ambulantes
de confinamiento y segregación, pero también de alivio y garantía de distancia:
el lugar donde el pavor frente al monstruo se deja vencer por el consuelo, y a
veces por su disfraz culpable, la lástima.”(6)
Lástima a nadie, diría el Diego.
Será la tarea del pueblo argentino dejar de ser meros espectadores de esta exhibición de lo pesadillesco.
3. La sacerdotisa
Otra cuestión que se gestó en este espacio –para sorpresa de nadie– es una suerte de club de fans, groupies autoconvocados, de Mariana Enriquez. Y no resulta casual. Mariana es de Villa Industriales, una parte particularmente fea de Lanús. La periferia de la periferia, donde –al menos para la opinión publicada– todo es homogéneamente violento, pobre y feo. Ella misma lo ha dicho, esto es así; y sin embargo es un viaje de 20 minutos a la Capital Federal. Nuevamente el binomio de nosotros y ellos. Una ambivalencia particular: dos jurisdicciones antagónicas pero que
son la misma huella urbana. Dos caras de una misma moneda, donde insiste la presencia fantasmal de un Otro que está cerca y resulta peligroso.
Entonces aquí conviven dos cuestiones. Primero, hay una conjura de los elementos del gótico en sus textos: el erotismo, la decadencia, la locura, la muerte, lo sobrenatural, la crítica social latente en el subtexto. Pero sobre todo, un recurso muy presente en su obra es la constante intrusión del pasado en el presente.
Segundo, se observa una operación de desplazamiento de todos estos elementos hacia el propio universo de Mariana Enriquez; sus obsesiones, inquietudes, personajes y escenarios. Los castillos y las ruinas medievales son reemplazados por las viejas fábricas vacías de Villa Industriales, las casas tomadas, los hoteles baratos, las villas. En esta tragedia argentina de neoliberalismo y destrucción, el fantasma –siempre presente– de la inestabilidad deambula por las ruinas de un proyecto industrial despojado de su razón de ser, a manos de un largo proceso inaugurado por
una sangrienta dictadura cívico militar; singularmente atroz e incontestablemente
voraz.
La proeza de Mariana Enriquez no recae únicamente en su habilidad de amalgamar estos componentes en lo literario, sino en su capacidad de sintetizar el gran terror de la clase media argentina, sobreviviente al terrorismo de Estado, inmersa en este modelo de democracia liberal singular, que hemos podido construir en estos 42 años: la pobreza y la marginalidad.
En ese sentido, el terror en Mariana Enriquez –y por extensión, en buena parte del género en la literatura argentina contemporánea– no se limita al elemento sobrenatural, sino que apela a la persistencia de lo Real (7), de todo aquello que vuelve una y otra vez bajo distintas formas de exclusión y violencia.
Universalmente, allí donde lo que vuelve es una presencia, una aparición, lo que
vuelve en Argentina es la ausencia de 30.000 desaparecidos.
4. Lo intraducible.
Tres citas de Mariana Enriquez:
“No podía encontrarla. Podía ver a esa pobre mujer embarazada del hotel,
podía ver a cientos de asesinados todos los días y sin embargo no podía dar con
ella. Se lo había pedido, cuando estaba viva, una vez, casi en chiste, imitando a
un personaje de novela , no me dejes solo, haunt me, no había palabras en
castellano para ese verbo, haunt, no era embrujar, no era aparecer, era haunt,
pero ella nunca se lo había tomado en serio.” (8)
“–Andate mi amor. Dejame. Yo no puedo irme pero vos sí, podés escapar de mí,
de ellos. No hay nada, Rosario, son campos de muerte y locura, no hay nada y yo
soy la puerta de esa nada y no voy a poder cerrarla. No hay nada que hacer,
nada que entender.
–Nunca voy a dejarte. Pedime otra cosa.
–Si no vas a irte, no me dejes solo. Ni aunque te mueras. Perseguime como un
fantasma, haunt me.
–Por supuesto –le contesté–. Haría cualquier cosa por vos.” (9)
“Hay otra palabra en Cumbres Borrascosas que no puede ser traducida:
haunted. Heathcliff, cuando muere Catherine, el amor y el espanto de su vida, le
pide que regrese como un fantasma. “Haunt me”, le pide. Pero no hay nada
parecido en el español. Una haunted house no es una casa encantada. El
encanto tiene que ver con el hechizo, pero son palabras ambiguas, que pueden
referirse a la seducción. Un haunt no es maravilloso y en el caso de Heathcliff es el reclamo de una presencia fantasmal. No es embrujo tampoco, no es
embrújame. Ni es maldición. Una casa haunted es una casa habitada por
fantasmas: no tenemos una palabra precisa para definir esta ocupación en
español. Y en inglés es hermoso que una persona pueda estar haunted (...)” (10)
5. Terror es no saber de dónde viene el miedo
Resulta interesante que algo de lo intraducible de la palabra haunted resuene en la
conversación sobre la literatura de terror argentina. La experiencia argentina es
intraducible, partamos de esa base.
¿Podrá un chino, un finlandes, un dominicano, un español –ni que hablar un gringo– entender el haunting de la República Argentina? ¿Sabrán en otras latitudes de las pesadillas intrageneracionales de sometimiento económico y subordinación política? ¿Sabrán que los argentinos, testigos del mal absoluto, aún no olvidamos, no perdonamos y no nos reconciliamos
La crueldad, el regodeo en el ensañamiento con el padecimiento ajeno, hoy está de moda –diría Martin Kohan–. La conjura de nuestro pasado, de nuestros fantasmas; la presencia de lo que todavía no podemos enterrar, la ausencia de quienes no sabemos dónde están enterrados. Una serie de elementos que se articulan en este montaje escenográfico y singular de la Argentina del 2025. La disputa política, económica, cultural, material, simbólica; todo está a la orden del día.
En una suerte de oasis, a contracorriente de la crueldad como tendencia, este año se estrenó en Netflix la serie de “El Eternauta”. Por fuera de los análisis que puedan hacerse de esta versión, vale la pena detenerse en la obra original de Oesterheld. En el artículo “La utopía encubierta”, Soledad Quereilhac sostiene que tras la escena distópica de El Eternauta, aflora como subtexto la utopía de una vida argentina con perspectivas de progreso, atravesada por los lazos de solidaridad interclase. Una sociedad unida frente a un enemigo imperialista común, en la que académicos,
profesionales, obreros industriales, dependientes de comercio y militares se defienden del invasor hasta el final, respetando una lógica de grupo y rechazando de cuajo la rivalidad del todos-contra-todos del comienzo de la nevada mortal. (11) ¿Es posible un país despojado de sus viejos terrores, que siempre vuelven?
Tal vez la conspiración de esa otra Argentina comience con una ficción literaria. A lo mejor, como quien se arroja al juego de la copa, la conjura de nuestros fantasmas sea el artilugio para exorcizarlos.
¿Qué se juega en una sesión espiritista, dónde un grupo de personas alrededor de una mesa se ocupan del espanto? ¿Qué fantasmas se invocan en una mesa chica?
Hoy igual que ayer, la posibilidad de leer lo abyecto se revela como un instrumento –tal vez el único– para atravesar este presente y no morir en el intento.
Notas al pie
(1) Foucault, Michel. “Derecho de vida y muerte”, Historia de la sexualidad, 1: la voluntad de saber
(1977)
(2) Borrelli Azara, Gabriela. Aquí, Argentina. Crueldades, política y mariconerías (2024), pág 29.
(3) Ibid. Pág 32.
(4) Enriquez, Mariana. Lo que pasó.
https://www.elboomeran.com/upload/ficheros/noticias/04.09_mariana_enriquez.pdf
(5) Vale aclarar: ninguna de ellas por culpa de nuestra protagonista; el problema de fondo tiene que ver con el condicionamiento que produce la fragmentación institucional, la escasez de recursos económicos y humanos, la formación de los trabajadores de los dispositivos, la débil articulación intersectorial, entre muchos otros elementos.
(6) Amara, Luigi. “El amante de la mujer indescriptible”, La liberación de la mosca (2016), pág 31.
(7) May-Hobbs, Moses. Jacques Lacan: Explicando lo Imaginario, lo Simbólico y lo Real (2023)
https://www.thecollector.com/jacques-lacan-imaginary-symbolic-real/. Aquí hay una doble significación: por un lado esa persistencia tiene mucho que ver con la realidad concreta: procesos históricos, económicos, políticos, etc. que iniciaron en el pasado y que el pueblo argentino sigue padeciendo. Pero también este juego de palabras alude a la noción de “lo Real”, del psicoanalista –para nada complejo de leer– Jacques Lacan. De ahí que la fuente citada es un artículo que explica de manera didáctica sus postulados.
(8) Enriquez, Mariana. Nuestra parte de noche (2019), pág 33.
(9) Ibid. Pág 441.
(10) Enriquez, Mariana. Archipiélago (2025).
(11) Quereilhac, Soledad. La utopía encubierta: estrategias de localización de la aventura de ciencia
ficción en El Eternauta (1957-1959) de Héctor G. Oesterheld y Francisco Solano López
GIROS
Giros nace a comienzos de 2021, cuando la primera etapa de una joven cuarentena ya había pasado y sólo quedaba la incertidumbre de ver el mundo desde nuestras pantallas, un mundo en el que todo tenía una fecha de vencimiento cada vez más corta. Con la convicción contraria de la inmediatez y a partir de las obras de artistas sin los contactos necesarios para participar en los grandes medios, Giros publica su primera edición en febrero de ese mismo año.
Fundada por Gonzalo Selva (estudiante de cine), a los pocos meses se incorporan al equipo Joaquín Montico Dipaul (oriundo de Ingeniero White) y Gala Semich Álvarez (Licenciada en Letras).
Después de un año y medio Giros construye una comunidad y brinda la posibilidad a escritores, periodistas, ilustradores, poetas, fotógrafos de publicar sus primeras (segundas, terceras y cuartas) obras.
Giros busca ser un espacio para todo aquel que tenga algo para decir o mostrar.
El anacronismo nos convoca; el último tuit del influencer nos repele.
Seguinos en nuestro Instagram
© 2025. Todos los derechos reservados.