Lo importante

NARRATIVA

5/27/20266 min read

Por: Ignacio Llanes

Ignacio Llanes nació en Rosario, Argentina, en 1991. Es redactor publicitario. Se formó como escritor en la Escuela de Oficios Literarios Patas de Cabra, de Maia Morosano, en la que actualmente coordina talleres de narrativa. Publicó la novela “El último verano que fuimos” en Editorial Patas de Cabra y el libro de cuentos “Volver al dolor” en Baltasara Editora. Escribe para habitar los mundos que lo habitan.

Hoy maté a alguien. Estaba vivo en un momento, y al momento siguiente estaba muerto. Pero eso no importa.

Ahora estoy en casa. Entré despacio, sin que me viera nadie. Te escucho en la cocina, el golpe de la cuchilla contra la tabla, el tañido de la tapa de la olla contra el borde, el siseo de la verdura en el aceite. No te alcanzo a ver, pero capto la sombra de tu pelo, que se levanta como una cortina empujada por el viento en una siesta de verano. Creo que puedo oler el aroma que deja escapar cuando repetís el vaivén de tu cabeza, seguramente para correr el flequillo que te cae sobre los ojos. Lo huelo, estoy seguro.

Doy un paso y me detengo. Todavía estoy agitado por haber corrido hasta acá. Hasta la esquina al menos, donde frené para asegurarme que nadie me miraba, que había escapado. Pero eso no importa.

No quiero que me veas todavía. A lo mejor ya me escuchaste, mis pasos, el chasquido de la llave en la cerradura de la reja y después de la puerta. No, la puerta estaba abierta. Siempre la dejás así, para que haga corriente con la ventana que da al patio y disipe un poco el calor de un día entero con el sol golpeando contra la chapa. A lo mejor estás esperando que llegue hasta la cocina, te abrace por la espalda, te dé un beso en el cuello. Preguntarme cómo me fue en el laburo, ese laburo del que me echaron hace cuatro meses porque recortaron personal después de seis de ventas bajas. El laburo en el que de pedo me dieron las gracias y cuatro cajas de productos sin vender, una por año, porque era eso o ninguna indemnización. O hacerles juicio, y no tenía un mango para pagar abogados. Y yo te dije que esas cajas eran un premio por desempeño, y desde entonces cuando me preguntás invento un reto del pelotudo de mi supervisor por no usar la cofia mientras hago la masa, o te cuento un capítulo más de las peleas eternas entre García y el manco por los resultados de Central y Ñuls. Lo bueno es que todos los días eran iguales, no me cuesta disimular.

Capaz no me escuchaste todavía y seguís concentrada en lo que estás haciendo, o pensando en algo de tu laburo. A lo mejor tuviste un día de mierda y estás esperando que yo entre para contarme lo mal que la pasaste y putear juntos a los imbéciles de tus compañeros. Probablemente no sabés todavía que yo estoy parado en la oscuridad del living, tratando de no moverme para no hacer ruido y con mucho miedo para moverme. La respiración se me acomoda de a poco, pero mi cuerpo sigue tenso, alerta. Un destello azul que viene de la calle se cuela, destiñendo la oscuridad. Aprieto la garganta hasta que termina de irse. En el barrio siempre hay mucha cana. No necesariamente me buscan a mí, seguro no me están buscando todavía, no deben saber quién soy. Pero alguien les va a decir más temprano que tarde y van a venir a buscarme. O no van a venir, que es mucho peor. Pero eso no importa.

Te escucho abrir la puerta del patio. Tu sombra se mueve. El olor a cigarrillo me alcanza. No puedo evitar sonreír. Estamos intentando dejarlo, más vos que yo, pero es difícil. Sobre todo porque nos gusta compartirlo. Sentir el sabor del tabaco mezclado con tu aliento en cada pitada, como un beso a la distancia, pasarnos el cigarrillo y que nuestros dedos se encuentren, soplar el humo y verlo volar contra la luz de una lamparita o de la luna o del sol. Quiero ir a la cocina, sacártelo de la mano y darle una pitada honda, pero no me puedo mover. Las manos me tiemblan. Las manos. Debo tener sangre. Las miro, pero no llego a distinguir nada.

Me escabullo al baño. Demoro en prender la luz, porque voy a delatarme definitivamente. Lo hago, necesito hacerlo. Me miro las manos. Aparte del temblor, nada raro. Recorro mi rostro en el espejo. Apenas unas manchas rojas por el esfuerzo de la carrera. Igual me lavo. Las manos primero, me refriego con bronca; después la cara. Escucho que me hablás del otro lado de la puerta y me quedo tan prendido en el color de tu voz que no capto lo que me decís. Para zafar te digo que me estaba meando, que ahí salgo. Respondés «dale» y tus pasos se alejan como si el mundo no hubiese cambiado.

Te encuentro en la cocina. Estás sentada en la mesada, con las piernas cruzadas, mirando tu celular. Me sonreís. Te sonrío o eso intento. Te doy un beso. Me demoro para saborear el cigarrillo en tus labios. Me preguntás cómo estoy, qué tal el trabajo. Digo cualquier cosa, confiando en no estar repitiéndome. Creo que lo logro. Te pregunto por tu día. Por suerte fue tranquilo, nada muy relevante que contar. Te parás para revolver la olla y me sale un impulso de abrazarte. Lo hago con fuerza, vos dudás, pero me lo devolvés, con fuerza también. Me preguntás si todo bien, te digo que sí, que tenía ganas de abrazarte. Me das un beso, en el cachete. Te suelto y me asomo al patio. La noche está agradable. Podríamos comer afuera, te digo. Te parece una buena idea.

Preparo todo en la mesa redonda de mármol que heredaste de tu abuela. El patio es chico. Siempre decimos que cuando tengamos plata vamos a romper una parte del piso y hacer un cantero, para plantar una enredadera linda. No importa si el dueño quiere. Igual nunca tenemos plata. En tu laburo te negrean y en lo mío no se paga bien. Te prometen que sí, pero es mentira. La plata fluye, pero nunca sobra. Tienen que cobrar los de arriba, y los de arriba de los de arriba y los canas y quien necesite cobrar. Nunca hay mucho para el resto. Para los que más tenemos para perder. Como yo. Como el pibe que maté. Pero eso no importa.

Traés dos platos servidos, rebosantes de arroz con pollo. Ya sé que hace calor, pero estaba tentada, me decís. Amo tu arroz con pollo, pienso, amo que cocines. Te amo a vos, pienso, mucho, demasiado. Solo me sale decirte «de primera». Comemos. Está riquísimo. Hablamos de pavadas, me contás una noticia de la farándula que escuchaste en la radio y apostamos sobre cuándo se van a divorciar los vecinos de enfrente que viven gritándose.

Yo lavo los platos, es el trato. Vos te sentás en la mesada y me hacés compañía. Compartimos un pucho; nada más el segundo del día, me decís. Yo sonrío. También es mi segundo. El primero lo fumé antes, hace un rato. Pero eso no importa. Vos lo sostenés contra mis labios para que pueda aspirar mientras tengo las manos ocupadas. Doy una pitada larga y te tiro el humo en la cara. Te reís del gesto, de mí.

Te vas a bañar. Yo me quedo sentado en el piso del living, en la oscuridad, con los ojos fijos en la puerta. Nada sucede. Te escucho salir de la ducha y caminar hasta la pieza. Las manos me tiemblan de nuevo. Me preguntás si me quiero duchar. No quiero, pero no puedo seguir sentado acá.

El agua fría me golpea en la cabeza, dejo que me baje por la cara y me borronee la vista. Me froto con fuerza. Me dejo la piel llena de manchas anaranjadas.

Vos ya estás en la cama, tapada apenas con la sábana hasta la cintura. Me pongo un calzoncillo y me acuesto al lado tuyo. Te abrazo por la espalda. Vos agarrás mi mano y la besás, besás mis dedos uno por uno. Te movés un poco hacia atrás para que quedemos pegados, por más que haga calor.

El barrio es ruidoso, pero la casa está en silencio casi por completo salvo por el ventilador de pie que gira de un lado al otro despacio, con un traqueteo que me parece el sonido más maravilloso del mundo.

Si mañana despierto, si no pasa nada antes, voy a tener que escapar, que correr lejos. Un poco por mí, pero más por vos. No sé qué puede pasar, pero sea lo que sea va a ser malo. Mucho. Pero eso no importa.

Te doy un beso en el cuello. Cierro los ojos.

GIROS

Giros nace a comienzos de 2021, cuando la primera etapa de una joven cuarentena ya había pasado y sólo quedaba la incertidumbre de ver el mundo desde nuestras pantallas, un mundo en el que todo tenía una fecha de vencimiento cada vez más corta. Con la convicción contraria de la inmediatez y a partir de las obras de artistas sin los contactos necesarios para participar en los grandes medios, Giros publica su primera edición en febrero de ese mismo año.

Fundada por Gonzalo Selva (estudiante de cine), a los pocos meses se incorporan al equipo Joaquín Montico Dipaul (oriundo de Ingeniero White) y Gala Semich Álvarez (Licenciada en Letras).

Después de un año y medio Giros construye una comunidad y brinda la posibilidad a escritores, periodistas, ilustradores, poetas, fotógrafos de publicar sus primeras (segundas, terceras y cuartas) obras.

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