No fue crisis: fue administración del silencio

ENSAYO

5/16/20265 min read

Por: Fernando Gabriel Sosa

Fernando Gabriel Sosa es diseñador gráfico, gestor cultural y artista visual radicado en Córdoba, Argentina. Con una trayectoria de más de dos décadas en la narrativa gráfica, ha sido una figura fundamental en la promoción de la historieta nacional, desempeñándose como Coordinador Nacional del proyecto 100% Historieta y director del ciclo Comicazo en la Feria del Libro de Córdoba.

Su labor trasciende las fronteras: es miembro de la National Cartoonists Society (EE. UU.) desde 2014 e integra la red RING Latam (Red de Investigadores de Narrativa Gráfica). Ha colaborado como asesor externo en el área de historieta argentina para la Billy Ireland Cartoon Library & Museum (Ohio State University) y es participante activo en congresos internacionales de estudios sobre el cómic. Actualmente, integra su vasta experiencia en el lenguaje de la narrativa dibujada con el desarrollo de videojuegos y nuevas tecnologías de animación, manteniendo un compromiso constante con la preservación y el análisis histórico de la cultura gráfica sudamericana.

Historieta, archivo vivo y resistencia cultural en Argentina

Durante años se repitió una misma explicación para justificar el deterioro de la historieta y el humor gráfico en Argentina: la crisis. Crisis de lectores, crisis del mercado, crisis del papel, crisis del interés cultural. La palabra funcionó como una coartada cómoda, casi naturalizada, para explicar un proceso que, visto desde adentro, fue otra cosa muy distinta. No se trató de una desaparición espontánea ni de un agotamiento del lenguaje, sino de una administración sistemática del silencio.

Escribo desde una doble posición incómoda: como autor y como gestor cultural. Como alguien que produjo historieta, organizó eventos, editó, investigó, impulsó proyectos pedagógicos y participó en el diseño de propuestas legislativas. Pero también como testigo de un proceso más amplio, que excede cualquier biografía individual: el modo en que un campo cultural activo, diverso y con público fue progresivamente invisibilizado, fragmentado y neutralizado sin necesidad de prohibiciones explícitas.

Este texto no es una memoria personal ni un ajuste de cuentas. Es un testimonio ensayístico que propone leer la historieta y la caricatura política como archivos vivos, y analizar qué ocurre cuando esos archivos resultan incómodos para las narrativas institucionales.

El mito de la crisis cultural

A comienzos del siglo XXI, mientras se insistía en que la historieta nacional había entrado en una fase terminal, la producción no se detuvo. Cambió de forma. Migró. Se reorganizó. Autores y autoras comenzaron a publicar fuera de los grandes sellos, a circular por ferias alternativas, a experimentar con formatos digitales, a construir comunidades de lectores sin intermediarios tradicionales.

Sin embargo, esa vitalidad rara vez fue reconocida como tal. Desde ciertos espacios estatales, académicos y mediáticos, se siguió repitiendo el relato de la escasez. La consecuencia fue doble: por un lado, se justificó la inacción; por otro, se consolidó un canon reducido, centralizado y políticamente funcional.

La historieta no desapareció. Fue desplazada del relato oficial.

La historieta como archivo incómodo

La caricatura política y la historieta han sido, históricamente, lenguajes privilegiados para narrar aquello que otros discursos no pueden o no quieren decir. Desde El Mosquito en el siglo XIX hasta las revistas satíricas del siglo XX, el dibujo funcionó como un registro alternativo del poder: exagerado, irreverente, pero profundamente preciso.

Ese carácter archivístico —no neutral, no solemne, pero persistente— convierte a la historieta en un problema. No porque mienta, sino porque recuerda. Y recordar, en determinados contextos, es una forma de desobediencia.

Cuando el archivo no puede ser domesticado, se lo omite. Cuando no se lo puede borrar del todo, se lo absorbe de manera parcial, vaciándolo de conflicto. El resultado es un archivo mutilado: presente en apariencia, pero desactivado en su potencia crítica.

Del trabajo independiente a la apropiación simbólica

En distintos momentos de las últimas décadas, iniciativas nacidas desde la autogestión demostraron que existía público, interés y capacidad organizativa. Festivales masivos, plataformas digitales con millones de lecturas, proyectos pedagógicos orientados a infancias, ciclos de historieta dentro de ferias del libro: todo eso ocurrió.

El patrón fue recurrente. Mientras estas experiencias permanecieron en los márgenes, fueron ignoradas. Cuando demostraron eficacia, comenzaron a ser absorbidas simbólicamente: replicadas sin reconocimiento de su origen, reetiquetadas, institucionalizadas de forma parcial.

No se trató de censura directa. Fue algo más sutil y más eficaz: desgaste, silenciamiento, apropiación.

100% Historieta Nacional: archivo, acción y presión simbólica

En ese contexto surgió 100% Historieta Nacional, una iniciativa colectiva que buscó intervenir simultáneamente en varios niveles. No fue un homenaje nostálgico ni una simple muestra. Fue un dispositivo cultural pensado para volver visible un problema estructural.

El punto de partida fue doble: la proximidad del centenario de la historieta argentina y el estancamiento de un proyecto de Ley de Fomento a la Historieta Nacional, presentado en 2012 y sistemáticamente postergado. Frente al cajoneo institucional, se decidió operar en el terreno simbólico y mediático.

La estrategia incluyó la idea de un récord colectivo —como forma de captar atención pública— y una consigna clara: 100 autores, 100 personajes, 100 años de historieta. La convocatoria reunió a dibujantes, guionistas y editores de distintas generaciones, trayectorias y estéticas. Profesionales consagrados, autores emergentes y amateurs participaron de un enorme cadáver exquisito que funcionó como archivo vivo.

El dispositivo narrativo fue central. La desaparición simbólica de un personaje icónico como Mafalda activaba el recorrido: la búsqueda estaba a cargo de Mort Cinder, figura transhistórica creada por Oesterheld y Breccia, capaz de atravesar tiempos, estilos y universos. La referencia no era casual: como en ciertos relatos de misterio contemporáneos, lo que se investigaba no era solo una ausencia, sino las condiciones que la producían.

Del archivo a la política cultural

100% Historieta Nacional no se agotó en la acción simbólica. Se materializó en muestras públicas: en la Casa de la Cultura del Chaco, en la Feria del Libro de Villa Carlos Paz y en la Argentina Comic Con de 2017. Tres territorios distintos, tres públicos diversos, un mismo archivo circulando.

El objetivo era claro: demostrar que la historieta no necesitaba ser “rescatada”, sino reconocida y sostenida. Que existía un ecosistema cultural activo, capaz de dialogar con su propia historia y proyectarse hacia el futuro.

La propuesta legislativa de fomento apuntaba a eso: no a regular contenidos, sino a garantizar condiciones materiales mínimas para la producción, circulación y preservación del patrimonio gráfico. La ley finalmente aprobada —en una versión diluida y sin implementación efectiva— mostró otra forma de neutralización: el cascarón institucional vacío.

Archivo, memoria y disputa

Nada de esto puede leerse como un fracaso personal ni como una derrota definitiva. Las experiencias dejaron huellas, documentos, redes, aprendizajes. Pero sí permiten pensar cómo opera el poder cultural cuando no necesita prohibir.

La historieta y la caricatura siguen produciendo sentido, incluso cuando no son invitadas a la mesa. Siguen funcionando como lenguajes de memoria, de crítica y de imaginación política. Por eso incomodan.

Este texto no busca clausurar una discusión, sino abrirla. La pregunta no es si la historieta tiene futuro, sino quién decide qué historias merecen ser recordadas. Y bajo qué condiciones.

Mientras existan archivos vivos —dibujados, compartidos, reapropiados colectivamente—, la administración del silencio nunca será total.