Nueve formas de decir nieve
ENSAYO
Iván González Reyes
8/6/20265 min read


Esta es la historia del primer gran descubrimiento en torno al lenguaje que conmovió a Occidente: la revelación de que la lengua no es una herramienta arbitraria, sino la jaula invisible en la que vivimos. A través de las vidas cruzadas de Edward Sapir —un erudito judío atrapado en el hielo de Ottawa— y Benjamin Whorf —un inspector de seguros que leía misticismo por las noches—, esta crónica recupera el momento exacto en que entendimos que el mundo cambia de forma según cómo lo nombres.
El hombre todavía no sabía que iba a ser estudiado, en facultades de todo el mundo, como un vanguardista en la materia. Esa mañana había llegado a la fábrica desde Hartford, un pueblo tan al este del mapa norteamericano que la nieve parecía aferrarse a los meses para no desaparecer. Sorteó la barrera de entrada anunciándose como inspector de prevención contra incendios y saludó con un cabezazo formal a los obreros que almorzaban y fumaban al sol. Después se sentó a esperar que algún superior bajase de la torre central.
Benjamin Lee Whorf tenía poco más de veinte años, era ingeniero químico graduado en el MIT una escuela de renombre en Massachusetts orientada a las nuevas tecnologías de la época—, y de noche dedicaba sus horas a leer a Madame Blavatsky y estudiar manuscritos mayas en la Biblioteca Municipal. Influenciado por sus mentores nocturnos, empezaba a conformar su propia cosmovisión del lenguaje como una noción espiritual. Aquella tarde, mientras esperaba y bolsiqueaba su saco buscando la libreta de inspector, observó que los obreros se amontonaban lejos de los tanques llenos de nafta para fumar, pero tiraban las colillas cerca de los que decían “empty”. Whorf comprendía de química básica, sabía que el tanque vacío era más peligroso por estar cargado de vapores explosivos. Anotó en su libreta de inspector su primera revelación lingüística: la palabra actuaba como un sedante, modificaba la percepción de la realidad. El lenguaje ponía en peligro la vida de los obreros sin que siquiera lo supiesen. El fuego, intuyó, empieza siempre en un sustantivo.
Casi al mismo tiempo, aunque dos mil kilómetros hacia arriba en el mapa, Edward Sapir llevaba diez años deprimido en el hielo del norte. Mayor que Whorf, había aceptado el cargo de Jefe de Antropología en el Museo Geológico de Canadá y pasaba sus días en un sótano grisáceo catalogando hachitas de piedra mientras afuera el mundo avanzaba. En 1921, tres años antes de enviudar y quedar a cargo de sus tres hijos, Sapir dio a luz su obra maestra: “El lenguaje”. En términos comerciales, el libro nació muerto; las cajas juntaban polvo en los depósitos de Nueva York. Sin embargo, los pocos ejemplares que se vendieron ganaron cierta resonancia secreta. Los jóvenes incipientes en la materia se lo prestaban como un fetiche y sentían, al leerlo, un cambio arquitectónico en su forma de pensar la realidad de las lenguas. Sapir seguía encerrado en el invierno de Ottawa, pero su nombre había empezado a viajar.
Quince años le costó salir de ese sótano. Cuando la Universidad de Yale lo contactó para ofrecerle una cátedra, Sapir llegó a Connecticut con el corazón resentido por el frío y la angustia acumulada. Fue allí donde el inspector de seguros se anotó en su seminario. Al término de una clase, el judío alemán sobreviviente al exilio canadiense y el joven ingeniero místico se reconocieron de inmediato: dos parias buscando la grieta en el muro.
Para el viejo Sapir, el lenguaje era una partitura que había aprendido a escuchar mucho tiempo atrás, lejos de las aulas. De noche se juntaban a discutir con Whorf y el maestro le recordaba sus años de juventud en Philadelphia, cuando había reclutado a un joven indígena de la nación Paiute, Tony Tillohash. De su trabajo con el indígena Sapir había tomado apuntes, le preguntaba por su lengua, por las similitudes entre palabras de su idioma, por las relaciones que establecía su lengua con la realidad. Una de sus certezas más estables y contrarias al sistema era que las lenguas indígenas no eran “primitivas” —en la época se utilizaba esta noción por falta de información—, sino simplemente una geometría distinta que tenía sus bases en una percepción distinta de la realidad. Sentado en algún bar cerca de Yale junto a Whorf, Sapir empezó a recordar un diálogo que había tenido con su mentor, Franz Boas, donde el sabio le había propuesto, luego de regresar de un viaje para investigar el lenguaje de las tribus indígenas del Ártico, la idea de que el lenguaje, en verdad, comprometía la forma de concebir la realidad:
— En nuestro país nieva diez veces al año, ¿bien? Allá, en el norte, Edward, los Inuits viven en la nieve todos los putos días de su vida. ¡Diferencian las distintas formas que tiene la nieve para sobrevivir! ¿Sabés cuántas formas tienen para decir “nieve”? ¡Nueve! ¡Nueve putas formas!
Whorf escuchaba al maestro en un bar neblinoso y sentía encajar las piezas; creía que el sonido nunca debería despegarse del cuerpo, sabía que en China la palabra descansar se escribe dibujando un hombre apoyado contra un árbol. No existe la abstracción. Si el lenguaje occidental comenzaba a fragmentarse como una aduana de conceptos secos, los Inuits rescataban algo de esa lógica oriental donde el tiempo no es una línea que se evapora separada del cuerpo humano, sino un proceso de devenir que ocurre en la carne. Para la tribu del norte Ártico las formas de decir “nieve” funcionan como una forma de supervivencia, son nueve realidades físicas distintas. Tener más palabras significaba, para ellos, más posibilidades de vivir.
El final de la historia aparece, como siempre, cobrando su cuota de ironía. En 1939, mucho antes de la hegemonía de Saussure y su famosa escisión entre significado y significante —el teórico estableció nuestra forma actual de ver el lenguaje en Occidente, donde el sonido y el significado de una palabra tienen una relación inmotivada—, murió Sapir. Dos años después también lo hizo
Whorf, acorazado en un cáncer a los cuarenta y cuatro años.
La lingüística académica intentó, primero, estudiar esta fenomenal historia. Ya en los ochenta, con una perspectiva estructuralista mucho más instaurada y la pretensión de “ciencia”, salieron una veintena de ensayos feroces asegurando que la historia de la nieve era un mito inflado y enterraron la teoría. En cualquier caso, Sapir y Whorf se fueron de este mundo con la certeza de que la realidad, siempre, se puede ver de nueve formas distintas. Quizás un día, si estamos lo suficientemente atentos, encontremos esa palabra exacta que nos permita nombrar la nieve, la lluvia y los vientos por lo que son, y que en ese cambio de perspectiva, por fin, la realidad nos deje de doler.
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