Pequeñas cosas perforadas

Una lectura de tres poemarios.

ENSAYO

8/3/20267 min read

Por: Lara Buonocore

Colabora habitualmente con Giros.

Lara Buonocore (26) es escritora y fotógrafa y vive en Buenos Aires. Es licenciada en Artes de la Escritura por la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Publicó cuentos y ensayos en distintos medios: Revista Bache, Arde, Oropel, Áspera, Chelsea Hotel Mag y Rock y Arte Divulgación Cultural. En 2022 fue seleccionada en las categorías de Poesía y Ensayo del Festival Artístico de la Universidad Nacional de las Artes (FAUNA).

Apenas terminé de leer estos libros, no encontraba un hilo claro que los conectara entre sí, ni en lo temático ni en lo formal. De un lado, A nosotras su reino (Santos Locos Poesía, 2026), de Mara Parra, tiene poesía más política y afilada, con versos que mezclan sensibilidad artística, ironía y denuncia. Por el otro, Cada vez, (Caballo Negro, 2026), de Flor López, y Oficio mudo (Caballo Negro, 2026), de Beatriz Vottero, son poemarios con versos más lentos y reflexivos, que se preguntan por el amor, el paso del tiempo, las relaciones.

Unos días después me puse a pensar que, tal vez, los elementos que tienen en común estos libros, y que más se repiten, sean el cuerpo, la naturaleza y la tematización de la escritura. Temas amplios y escurridizos que, sin embargo, insisten en estos poemarios, ya sea como preguntas latentes, ya sea como lentes a través de los cuales mirar al mundo.

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Luciana Di Leone dice: “El afecto se da como resultado de los efectos de pasaje de un cuerpo —que bien puede ser una voz, un texto, un fantasma— sobre otro, de una mutua modificación y no de la expresión unidireccional de un sentimiento más o menos puro”. 1 Si pensamos a los cuerpos —no solo el humano, también el de los animales, las plantas o incluso de agua— como entidades que se afectan y modifican entre sí, entonces cobran otro sentido. El amor, por ejemplo, pasa a ser algo más que solo un sentimiento, es también el efecto del intercambio entre dos cuerpos.

En A nosotras su reino, el cuerpo de las mujeres aparece en muchos de los poemas; al principio, es el de esa abuela que está en cama rezando a un Dios que no trae el pan de cada día y no corresponde a sus oraciones. También el cuerpo es una arista central del feminismo, territorio de lucha contra el patriarcado, lo vemos en el poema “Patriarcado for dummies”: “Los que inventaron / que hay una forma / ideal de nuestros cuerpos / son los mismos / que alguna vez / comieron de ellos.”

Al mismo tiempo, cuerpos son también los que ese Dios implacable consume, “dios come guanaco / y eructa su cuero / abre la tierra / hasta que crujen / las napas”, o destruye, “lo que mi abuela / no sabe es que / dios también es / petrolero / viaja / en primera clase / llega al sur y / nos manda / a perforar pozos”.

1 Di Leone, Luciana: Poesia e escolhas afetivas. Río de Janeiro, Editora Rocco, 2014. Traducción de Tamara Kamenszain.

Si el primer poema parece reversionar el Padre Nuestro, entonces el libro completo resignifica la idea del cuerpo de Dios, ya no es eso lo que se consume, sino al revés: Dios —a través del norte imperialista— se traga al sur y lo usa a su gusto.

En Cada vez, el cuerpo es el espacio del deseo como motor de vida, donde se despliega un vínculo amoroso y se entra en comunión con otros. Es el testigo del paso del tiempo, “No sé qué hace el tiempo, y tampoco sabemos / a dónde irán a parar estos pedazos, / ¿acaso no estamos hechos de pequeñas / cosas perforadas que se van juntando / al azar y quedamos?”. El cuerpo está conformado por restos y fragmentos de distintas fuentes, quizás por eso se sienta tan frágil de a momentos, es lo que queda de lo atravesado. Es tanto la medida del impacto que tienen las cosas en nosotros y el campo donde se experimentan.

También me parece interesante esto que hace Flor López de escribir sobre el hueco entre lo que se siente en el cuerpo y la forma de expresarlo, ese ponerlo en palabras para comunicárselo a otro: “Es el cuerpo, soy yo / que no puede decir con el cuerpo / lo que le falta / entonces: palabras, palabras, palabras”. Las palabras son una realidad tangible y fundamental para el yo poético, quizás la única manera posible de relacionarse con el mundo que la rodea.

En Oficio mudo, el amor también se manifiesta en el cuerpo, de una forma un tanto más velada y misteriosa, en última instancia como algo insondable, hasta difícil de aprehender. La poeta lleva “la costra del amor / pegada en el costado izquierdo. / Es fea y dura / como esas protuberancias / de sal vieja / en las barcas encalladas.” Es un resto que quiere sacarse de encima, en un intento de liberar al cuerpo de la presencia de aquellos que ya no están, “La noche ha llovido / sobre mis huesos, / misericordiosa. / Comprende, sabe / cuántas voces / anidan en mis vértebras, / cuánto ha costado el día.”

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En “Basta de escribir novelas o la intimidad éxtima”, Tamara Kamenszain escribe sobre una poesía que retrata lo íntimo sin velos ni filtro, y no solo lo íntimo en términos amorosos, sino también en lo cotidiano, esas acciones inmediatas y domésticas que van haciéndose lugar en los poemas. “Así, salen a la luz aquellos materiales nimios, inútiles, insignificantes que van acompañando el ritmo de las vicisitudes subjetivas y que tradicionalmente habían permanecido enterrados para la poesía bajo sucesivas capas de desprestigio.” Lugares como la cocina, el cuarto, o un jardín, cobran importancia en estos poemas.

Beatriz Vottero escribe, “El aroma del café / es una taza / que me envuelve / en el refugio de la cocina. / Inefable, / tiene nostalgia / de una tierra lejana”. Los espacios cotidianos operan como nexo entre los recuerdos y el presente; hay ahí un exponer sin reparo la nostalgia por una infancia pasada. Son, de un modo u otro, una forma de la memoria: “Perdí mi casa. / El horno del pan, / el sabor de las mañanas. / Las abuelas y su dialecto / junto al aljibe y su brocal.” Flor López mantiene ese tono, en el que los recuerdos están asociados con el día a día, con una acción mínima, “Tirada en la cama boca abajo aprovechás / al máximo el tiempo, corriendo / la carrera de ejercicios que tenés que hacer / para mañana, para pasado / para cuando volvamos a la ciudad.”

En cambio, Mara Parra toma otra dirección: busca en las vicisitudes cotidianas las fisuras de una realidad que se sabe rota, contaminada, “usaste una bandeja / para evitar caminar / para evitar cocinar / comiste tres niguiris / cuatro geishas cinco Rolls / y nunca pensaste que / esa bandeja va a seguir / en esta tierra hasta / que nazca tu tátara tátara / tátara tátara tátara / tátara nieto.” Así, lo íntimo o privado se vuelve político. En ese sentido, este poemario es rebelde, irreverente, imposible de contener en una sola categoría.

Por eso la naturaleza es también un tema central en los tres libros, porque es algo que las poetas observan en busca de inspiración. En Oficio mudo, la mirada es alucinada, pegada a la textura del mundo y sus detalles. Algunos poemas imitan el vaivén de la naturaleza, iluminan igual que el sol, “Suave respira el sol, / alienta una desnudez / en la breve cintura del patio”; o por ejemplo, para hablar de los árboles, dice, “Gigantes quietos, / lagrimeando.”

El poema “Como un mar, como una ola” de Cada vez, también encuentra en la naturaleza un movimiento que luego replica en sus versos, con un ritmo que va y viene igual que el agua, volviéndose espejos el uno del otro, “Como un mar, como una ola sola, estática / ahí enfrente, preciosa, lista para irse. Revuelve el mar, / se escandaliza”.

A nosotras su reino habla de las realidades que azotan al planeta en la contemporaneidad, el fracking, el malgasto de los recursos, contaminación, olas de consumismo desmedido; “llueve amargo / los corales / tienen fiebre”. Acá hay un vínculo con la naturaleza mediado por el cuidado y la preocupación por su bienestar, “rezamos al petróleo / lleno eres de magia / y no hemos logrado / que salve a los cerros / ni a los peces / ni a los coirones”, “tiramos tinta / al río y creemos / que nunca / nos va a hacer daño”.

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Hasta acá, es bastante claro que los poemarios son muy distintos entre sí y creo que es interesante ver en qué puntos se acercan y cuáles no, develar esas tensiones que los hacen dialogar y a la vez los posicionan en esferas distintas. En lo último que quisiera indagar es en la relación que tiene cada libro con la escritura. Siempre es lindo ver cómo los textos hacen referencia a la instancia en la que fueron creados, pensados, editados.

Se compone un verso con el cuerpo, es un parir al poema, darle vida a algo nuevo, escribe Flor López: “La invención, esa forma de nacer / el nacimiento también / es una cuestión del cuerpo / se estruja y se abre / para que la vida aparezca, duele”. Escribir es también dejar ir, saber que, en un punto, cuando la palabra ya está en el papel, deja de pertenecerle a quien la escribió y pasa a ser parte del mundo, de eso que llamamos literatura. “Adónde van las cartas de amor / que no se escriben, / que no llegan. / Acaso se encadenan a los puentes / para no ahogarse por las noches, / o se arrojan desde los techos”, Beatriz Vottero ilustra ese movimiento a través de las cartas de amor, pero bien podría aplicar a cualquier formato. La escritura es una conversación constante con quienes la ejercieron antes de nosotras, un homenaje también, como se ve en el poema “Amén” de Mara Parra, “Creo en god Safo / diosa de Lesbos / creadora del verso / y de la cuerda”, “creo en el espíritu blando / la siempre indócil poesía / la reivindicación de llanto / el perdón de los astros / la revolución de abrazarse”.

Escribir es un modo de mantener viva la memoria histórica y personal, recordar a quienes ya no están; también es hacer foco en el presente, en los temas que importan. Pero acaso sea, además, una oportunidad de vivir otra vez, de probar algo distinto, “También cuando no escribo soy alguien diferente / a veces no sé quién soy / me gusta jugar a perderme / a veces pensar / que a lo mejor nunca voy a volver a ser / esa que era recién”.

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