Persiguiendo ese rojo: Una entrevista a Ana Montes

ENTREVISTAS

3/5/20265 min read

Por: Lara Buonocore

Lara Buonocore (26) es escritora y fotógrafa y vive en Buenos Aires. Es licenciada en Artes de la Escritura por la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Publicó cuentos y ensayos en distintos medios: Revista Bache, Arde, Oropel, Áspera, Chelsea Hotel Mag y Rock y Arte Divulgación Cultural. En 2022 fue seleccionada en las categorías de Poesía y Ensayo del Festival Artístico de la Universidad Nacional de las Artes (FAUNA).

Entro al departamento de Ana y lo primero que noto es la biblioteca: amplia, colorida, llena de plantas, fotos y cosas. No veo bien de lejos así que todavía no distingo los títulos de los libros, solo las distintas formas, tamaños y colores, pero sí veo a Audrey de Twin Peaks en una postal, y un proyector. Hasta ahí llega mi visión.

Me siento en el sillón junto a la ventana, pegada a la biblioteca, y se acercan Vampiro y Pipistrello a saludarme, ya nos conocemos así que me dejan acariciarlos. Recuerdo que la primera vez que fui a lo de Ana y vi a Vampi pensé que nunca había visto un gato tan tan negro. Siempre fui de tener perros.

En la pared opuesta a la biblioteca lo veo: el cuadro de Emilia Gutiérrez, El pocillo de café, el que dio origen a la novela de la que vine a hablar. Me impresiona verlo en vivo después de haberlo buscado tantas veces en internet y haber visto tantas versiones distintas, donde el color, los tonos y el tamaño varían. Pasé horas indagando en esa pintora de la que no sabía nada hasta que leí el cuento “La flamenca” en Meditación madre.

Me acerco, quiero mirar bien ese rojo, el de la novela, el que obsesiona a la protagonista de La flamenca. No es como lo imaginaba.

Me gusta la sorpresa.

Ana trae el café, agarro mi libreta y lapicera, y comienzo a grabar.

Primero lo primero, ¿cómo surgió la novela?

La novela es una continuidad de un cuento que está en Meditación madre (Concreto, 2022), que es la historia comprimida de La flamenca. Esa historia surge de una anécdota personal: mi papá tenía varios cuadros en mi casa cuando yo era chica, y uno de ellos era de Emilia Gutiérrez. De repente, un día, esos cuadros que estaban en mi casa no estuvieron más, porque mi papá los empeñó en un banco durante la crisis del 2001. Muchos años después, durante una clase de un programa de artistas, vi pasar una pintura de Emilia Gutiérrez y la reconocí, entonces comencé una investigación sobre ella. Cuando descubrí la pintura El pocillo de café en una muestra en COSMOCOSA me obsesioné con la historia de Emilia y se me ocurrió escribir una novela con un personaje obsesionado con la vida de esta pintora y esta pintura.

¿Qué descubriste en tu investigación sobre Emilia que te llamara la atención especialmente?

Hubo algo que me llamó especialmente la atención. El mito dice que Emilia Gutiérrez deja de pintar en 1975 por indicación de su psiquiatra porque los colores le provocaban alucinaciones auditivas. Se recluyó durante treinta años en su departamento donde hizo cientos de dibujos en lápiz negro. Pero cuando pude acceder al archivo de esos dibujos y revisarlos uno por uno, descubrí una pequeña fisura en su obediencia: cada tanto, casi como un susurro de esas voces que escuchaba, aparecían mínimos detalles en lápiz rojo. Empecé a imaginar que el rojo era para ella una debilidad, una obsesión que no podía soltar. Sobre esa hipótesis escribí La flamenca.

Al igual que la protagonista de la novela, te obsesionaste con el color rojo de El pocillo de café, ¿cómo fue transformar esa obsesión en escritura?

Para mí, la escritura siempre fue una forma de darle rienda suelta a mis obsesiones. Las descargo ahí y las aliviano en la vida real. En El pocillo de café, el rojo está en el centro de la composición. El ojo va directo hacia ahí. La persecución de ese rojo fue una forma de poner en juego un recurso clave de la pintura en la escritura: la mirada hacia el afuera. El poder exhaustivo de observación. La narradora se pasa el día mirando su entorno, haciendo ese ejercicio de mirar y tomar notas intentando encontrar ese rojo que la obsesiona.

¿Hay obsesión sin locura?, ¿es posible?

Creo que sí. De hecho, nunca pensé en la narradora de La flamenca como una persona loca. Su obsesión tiene que ver con el deseo, la impulsa a vivir su vida, a que los días sigan pasando con un objetivo que la guía.

¿Qué libros te acompañaron en la escritura de tu novela?

Hay dos libros que me sirvieron para anclar a este personaje que es el color, tan abstracto y concreto a la vez. Uno fue Rojo. Historia de un color, de Michel Pastoureau, que es un historiador del arte que investigó mucho los colores. El otro es Te mando este rojo cadmio, de John Berger y John Christie, que era un proyecto que tenían ellos dos de mandarse cartas sobre el rojo cadmio, una correspondencia donde se contaban en qué cosas o lugares lo encontraban. Me hizo pensar en la sensibilidad particular a un color. Otro referente para pensar la estructura fue Los ingrávidos de Valeria Luiselli, que también tiene una forma fragmentaria, además de un personaje que está obsesionado con una persona de otro tiempo.

¿Y películas o discos?

¡Discos no sé! Películas hay varias. Showing up de Kelly Reichardt: por su atmósfera pausada y por la mirada sobre el mundo de una artista visual. ¡¡También hay un pájaro!! Bergman Island: por su dispositivo narrativo. De ahí saqué la idea del relato enmarcado al final de la novela.

Me gusta la estructura de la novela: diario, listas, fragmentos. ¿Siempre la pensaste así o surgió mientras la escribías?

La escritura fragmentaria fue una decisión natural para escribir esta novela. Quería que la confusión mental de la narradora se extrapolara a la forma del texto y eso no iba a funcionar de una forma narrativa cronológica y de corrido. Los fragmentos son las notas que hace la narradora en su búsqueda por ese rojo que la obsesiona. Esas notas son desordenadas, incongruentes, como su mente. Son importantes los silencios, lo que no se narra, los agujeros en el texto. La pensé como una novela hecha de los restos de una mente, de lo que queda.

¿Qué es lo que más te gusta de la escritura fragmentaria?

Para responder esto siempre cito al escritor chileno Gonzalo Maier: “Sería incapaz de escribir una novela de quinientas páginas por mi manía de pulir al máximo las frases y por el gusto por los formatos breves, que me permiten respetar al lector, no quitarle más tiempo del necesario. El estilo es otro modo de insistir en el tema”.

Fotografía: Alejandra López