Remington
NARRATIVA
Franco Pozzo
11/3/202613 min read
Por: Franco Pozzo
Franco Pozzo (Neuquén, 1998) es licenciado y profesor en letras por la Universidad de Buenos Aires. Recientemente ha publicado Factores Climáticos (2026) por Ediciones Halley, y poemas inéditos en las revistas literarias Las olas y Cardenal. Participa del taller de escritura de Santiago Craig. Organiza el ciclo de lecturas Casa suburbana. “Remington” es parte de un libro de cuentos en el que se encuentra trabajando en la actualidad.


Josefina trabaja de lunes a viernes en el Dean & Dennys que está bordeando la avenida costera. Vende 3846 hamburguesas por semana. Cierra la caja a las 20. 45 y a las 21 regresa a su casa caminando. Se entretiene contando los árboles del camino y, aunque siempre hace el mismo recorrido, el número jamás coincide.
La casa de Josefina tiene cinco ambientes y un jardín poblado de cactus. Está cubierta de polvo y hay varias cosas juntando olor. Josefina come todos los días pollo, cortado en trocitos, y arroz blanco. No soporta otra cosa. La carne picada no la puede ver. Cena mirando imágenes de mandalas con el celular, píxel sobre píxel, y después se tira en el sillón a fumar porro y ver documentales por televisión. En realidad, Josefina mira siempre el mismo documental: un programa que encontró una vez por NatGeo y puso a grabar por instinto. El programa explicaba no se sabe qué cuestión histórica sobre los esquimales, pero Josefina grabó un segmento que describía la composición lumínica de las auroras boreales. Más que la cuestión técnico-científica y la trabajosa alusión a los campos electromagnéticos que componen los cielos, Josefina quedó atrapada en el candor de esos colores: verde, anaranjado, rosa… una transición fantasmática que desafía las leyes de la física suele tiritar ante sus ojos chinísimos de marihuana. Podríamos decir que Josefina se enamoró de esa escala cromática, una escala que disfruta viendo en mute, con la ventana abierta, dejándose arrastrar por los sonidos de las aves nocturnas y la polución lejana del mar.
Los martes se ve con Camila, una amiga de su infancia que desde los 12 años se ha empeñado en que se le llamase Carolina. Hacen siempre lo mismo: meten el pollo en masas hojaldradas y hablan sobre el futuro y todo eso que quieren hacer cuando sean grandes. Ahora que se acerca su cumpleaños número 27, Josefina tiene la sospecha de que todas esas charlas son impostadas. La sospecha, nada más, porque es difícil asumir esa certeza, o cualquier otra.
Los viernes Josefina mata el tiempo en Garrote suelto, el boliche más salvaje del pueblo. La verdad es que no le gusta bailar y lo único que hace cuando está ahí es apoyarse en una columna, cerrar los ojos y pensar que las luces estroboscópicas son pantallazos áureos. La última vez estaba en pleno trance cuando oyó un grito agudísimo desgarrando la música. Vio un cuerpo tirado en el piso, una botella rota, sangre en varias manos, y no quiso saber más. A Carolina, el martes siguiente, le dijo:
—Yo ya no estoy para estos trotes— y, aunque se sospechó una señora al enunciar la frase, de verdad lo sintió. Estos trotes, ya, no. Entonces cuáles, se preguntó un día, mientras veía su documental. Entonces cuáles.
La cuestión se volvió literal. Josefina dejó Garrote suelto y empezó a trotar los viernes por la noche. Todo el sendero de la playa, ida y vuelta. A veces, cuando no tiene energías, y eso le pasa mucho, decide no correr. Se sienta en algún montículo sobre la arena y se queda mirando las gaviotas. Si las mira durante mucho tiempo se confunde y empieza a pensar que es una de ellas, y agita los brazos a los costados y qué fácil emular el vuelo para emigrar a cualquier parte.
***
A Tito el nombre se lo arrojó su padre por la cabeza. Cuando el corazón le dijo basta, le endosó también el almacén. Así sintió Tito toda su vida: las cosas no le suceden, se le caen encima. Ahora pasa sus días mirando las palmeras detrás del mostrador, esperando que algún cliente atraviese la puerta de madera para vender cualquier pavada. Lo que más sale son cigarrillos, chocolates y preservativos. Ese es el orden exacto, aunque en feriados o vacaciones el orden es: preservativos, cigarrillos y chocolates, quién lo diría, en último puesto.
De chico era muy violento, Tito. Un verdadero salvaje, un cavernícola. Una vez la profesora le dijo que tenía el diablo dentro y que por más que viniera el Papa del Vaticano a practicarle un exorcismo lo seguiría teniendo, así de podrido estaba. Rasgos de barbarie, a Tito, le quedaron dos: sigue subidísimo a la falopa del skate y además, en ocasiones, improvisa incendios. Le gusta decir: como un bombero, pero al revés.
Cuando no está trabajando agarra la patineta y calle abajo se resuelve la vida. Es muy bueno patinando y jamás ha sufrido ninguna caída seria, con excepción de una vez que maniobró mal y se rompió el cúbito. La mano, anatómicamente muy larga, le quedó descompensada.
El fuego es de chucherías, baratijas, desperdicios que la gente no echará de ninguna manera en falta. Parece mentira por lo sencillo. Agarra un poco de nafta del almacén, rocía el aparato y es hilarante ver el fósforo generando la cuestión, naranja pálido primero y naranja regio después, naranja furia, un naranja que se lo traga todo, y a veces si el aparato es voluminoso aparece también el humo negro. Tito lo aspira con fuerza, usando las dos fosas nasales, como si llenándose de ese humo pudiese descubrir algún asunto verdaderamente serio. Siempre pasa lo mismo: Tito se abarrota de humo hasta convertirse él mismo en un incendio, y cuando está en el centro de la epifanía, a punto de encontrar la verdad definitiva, todo el aplomo y la convicción se deshacen en una ceniza agria que parece sugerir la posibilidad de que la próxima vez el acontecimiento finalmente tenga lugar.
***
Viene de afuera y parece una prolongación del sonido. Al principio Josefina piensa que está alucinando. Durante muchos años pensó que se volvería loca, y le da risa que ocurra así, en el momento menos pensado, y de una manera tan discreta. Había imaginado que la locura sería más bien la pérdida absoluta del sentido, un deterioro súbito que no advertiría y no podría jamás ser enunciado. ¿Cómo conceder entonces que la locura sea ese pedazo de luz que ingresa en su ventana fosforesciendo en plena noche costera? ¿Cómo concebir que la locura tenga la imagen exacta de su obsesión, de la ínfima aurora boreal paladeándole los umbrales de la casa?
A los tropezones, Josefina se levanta del sillón. Tiene todavía el dulzor de la madre tierra en las papilas cuando mira a través de la ventana y el rojo le encandila la cara.
Un tipo larguísimo, encorvado, la mira desde el otro lado. Un neumático arde a sus pies, y el chico, que parece apenas un poco más joven que ella, le sonríe como desde otra realidad.
Es un esquimal, piensa Josefina, y mientras lo piensa el tipo parece reconocerla. Avanza caminando a través de la humareda cada vez más densa, se pierde en lo negro y resurge mucho más tarde. Tiene una expresión seria, muy solemne, y sin embargo Josefina tiene la impresión de que esa es la manera que tienen los esquimales para reírse.
—Ahora que viste esto voy a tener que matarte. —el esquimal tiene una patineta, y la muestra con las dos manos. —Te mato, te mato acá mismo, y nadie se entera, qué problema.
—¿Es un ritual de los esquimales para combatir el frío?—Josefina lo mira con los ojos entornados y la cabeza fuera de la casa.
—No tengo la menor idea. Algunas cosas piden fuego, y punto, tampoco es para hacer un alboroto.
—Bueno, está bien.
—Yo sé quién sos. Te llamás María Luisa, ¿no?
—Josefina, me llamo, aunque en algo tenés razón: podría llamarme María Luisa, o María Laura, o Analía, todos esos nombres pensó mi padre antes de inscribirme en el registro. Martin si nacía varón… también barajó Remington pero eso ya era una extravagancia. ¿Te gustan las hamburguesas?
—La comida rápida es un espanto. ¿Vos no trabajarás de casualidad en ese lugar horrible que tiene olor a grasa, no?
—De casualidad no. —dice Josefina y, no sabe por qué, se empieza a reír. Abre mucho la boca y el humo del neumático la sofoca. Empieza con una tos terrible, de moribunda. Cuando termina de toser, explica: —me hubiese gustado llamarme Remington.
—Me tengo que ir, chau. —el esquimal le da un beso frío en el cachete y desaparece con la patineta.
***
Al día siguiente, a mitad del primer turno, Josefina ve al esquimal aguardando para ser atendido. Hace menos frío y es de día, lo cual hace que el esquimal se vea menos como un esquimal y más como otra cosa que mejor no terminar de verbalizar. Sigue siendo largo, eso sí, y viéndolo con tanta nitidez Josefina está convencida de que es la persona más alta que ha visto en su vida. Cuando le llega el turno se apoya sobre el mostrador.
—¿Qué es lo que más se vende?
—La hamburguesa doble con cheddar y bacon. Viene en pan clásico o pan de papa, todo el mundo pide pan de papa y papas regulares. Algunos agrandan el combo.
—Y si agrando el combo cuánto más grande me viene.
—No te podría decir esto, pero agrandar el combo es una estafa, vienen tres papas fritas más. Si pedís coca cola está bueno porque en vez del vaso te damos la botellita, aunque en realidad son 500 mililitros.
El chico se queda un rato mirando la televisión. Están pasando una publicidad de Mostaza Merlo promocionando hamburguesas de la competencia. Pestañea muchas veces, muy rápido.
—¿Estás bien? Si no vas a querer nada te voy a tener que pedir que te retires. Tengo que seguir trabajando.
***
Al dealer Josefina lo conoció por Telegram. Usaba un nombre enigmático: Mercurio.
El primer intercambio ocurrió en la plaza municipal. Mercurio tenía el pelo muy largo y un aire decadentista. Le siguió comprando porque la mercadería era buena y económica. Además cada tanto Mercurio le sacaba charla hablándole de sus perros, y eso a Josefina, que tenía alergia de nacimiento, le parecía divertido: era como acercarse a un mundo al que nunca podría pertenecer.
Un día Mercurio le dijo que si culeaban el porro le salía gratis. Josefina consideró la oferta. Prefirió seguir pagando. Desde entonces la tarifa aumenta cada dos semanas.
***
El esquimal no es esquimal y además se llama Tito. Josefina piensa que es un nombre decepcionante para alguien así de grande. Algunas noches Tito le golpea la ventana y caminan juntos por la playa sin gente.
—Hoy vendí dos big premium, con lluvia extra de papas fritas, y me pusieron en el recuadro de empleada del mes.
—Yo vendí una escoba, dos foquitos, diez paquetes de cigarrillos, varios rollos de papel higiénico y después me dormí una siesta larguísima porque no entraba nadie y soñé que era un pino y vos me prendías fuego.
—Que graciosa es la expresión prender fuego, cada vez que la escucho me da risa.
—Sí, es divertidisima, a mi me pasa lo mismo.
Ninguno de los dos, jamás, se ríe. Josefina sigue pensando que esa es la famosa hilaridad de los esquimales.
Una madrugada se sientan a ver el agua rompiendo contra la arena y, a lo lejos, adivinan un resplandor verde azulado.
—¿Será una aurora boreal?
—No seas tarada. Para mí son marcianos. Finalmente vienen por nosotros. Nos habían dejado acá, olvidados…
—¿Vos creés en esas cosas?
—Si existe la carne picada, no veo por qué no podrían existir los marcianos.
Antes de que amanezca juntan varias maderitas. Revuelven un cesto de basura enfrente de una casa de dos pisos. Entra cáscaras de bananas podridas, servilletas usadas y pañales cagados encuentran una muñeca rubia a la que le falta un brazo. Josefina la levanta en el aire, encandilada por ese triunfo, y la acuesta sobre el lecho de madera.
El fuego gana terreno de a poco, y la muñeca es lo último que arde. El olor del plástico es absorbente. Al cerrar los ojos, Josefina siente que se dirige hacia otro universo, y hay en ese desplazamiento una promesa feliz, fácil, que podría resumirse en una sola palabra: aventura.
La voz es de Tito. Cuesta distinguirla, y sin embargo le pertenece: telepática, grave, cavernosa.
Está llamándola desde otro territorio. Dice algo, Josefina quiere prestar atención. No alcanza a discernir de qué se trata, y cuando abre los ojos no ve más que unas cuantas cenizas y la silueta del gigante alejándose en patineta.
***
Esa noche es buscarlo. Josefina hace toda la avenida del centro. Se tambalea un poco, los pies se mueven más despacio. La acompaña la curiosa sensación de estar compareciendo ante la faz de un universo idéntico al suyo en cuanto a lo visible, pero diferente y acaso antagónico en lo esencial. A Josefina le costaría mucho trabajo dictaminar qué es lo esencial.
A pesar de que es una noche de sábado fresca y primaveral, Josefina registra muy poca gente en la calle. Reconoce con el rabillo del ojo algunos compañeros de la secundaria que decide ignorar. Más allá está Hernan, su jefe: un granuliento de veintidós años que cada vez que hace contacto visual con ella le explica los métodos más eficaces para freír hamburguesas. Josefina lo detesta y, precisamente por eso, se acerca hacia él como si no existiese otra dirección hacia la cual avanzar.
—¿Qué hacés, Jose? ¿Viniste a ver si llueve?—Hernán siempre la saluda así, de esa manera, todos los días desde que la conoce.
Josefina le sonríe. Siente la necesidad de explicar. Una vergüenza infinita, sideral. Mira el cielo limpio de humedad y estrellas.
Hernan sigue hablando. Ahora hace fuerza con las piernas para tirar la silla hacia atrás y se deja caer hacia delante. Josefina fantasea que se desnuca.
—Estará muy engorrosa la temporada. Me dijo el gerente que si vendemos más hamburguesas que de costumbre estaremos en condiciones de abrir una sucursal. Te lo iba a decir el próximo mes, pero si esto sucede vos podrías tomar mi lugar… se viene un periodo fértil, de abundancia.
—No habrás visto pasar a un esquimal en patineta, ¿no?
—¿A un qué?
—Un esquimal en patineta. No parece un esquimal pero te juro que lo es.
La charla no prospera y Josefina la abandona mucho antes de que termine. Físicamente sigue ahí, aunque hace un tiempo que no escucha. Cuando la boca de Hernán deja de producir movimientos Josefina comienza a alejarse. En lugar de caminar, arrastra los pies. Le está empezando a doler la cabeza y la panza y, aunque no llueve, empieza a sentir una humedad insoportable en todo su cuerpo.
Garrote suelto está abierto y entra. Un poco por costumbre, otro poco por sadomasoquismo. Ni siquiera tiene que hacer fila. Una vez adentro, se sienta en una mesa de dos, pone los pies en la silla libre y se pide una andes roja de litro. Suena una cumbia vieja, de principios del dos mil, y Josefina siente que una imagen muy concreta la golpea con una fuerza foránea: visualiza el ojo aparatoso de un chihuahua ancianísimo, un ojo que es todo pus, infinita infección extendiéndose por todas partes.
Un ex novio la aborda para bailar y Josefina entiende que ese es su pie para retirarse del antro. Vuelve a su casa silbando bajito la canción que sonaba en Garrote. Tiene una melodía muy simpática y a Josefina le gusta mucho la parte en que dice el cielo se quedó sin estrellas si tú no estás. Aunque no sabe bien por qué, tiene ganas de llorar.
***
Josefina no sabe nada de Tito. Tampoco tiene tiempo para pensar en él.
La temporada alta tiene sus exigencias. Por ejemplo: en Dean & Dennys está debutando la flamante hamburguesa antártica, un esponjoso pan de sésamo con tres discos de carne y una dudosa emulsión de colorante que imita los colores de la aurora boreal. Al principio, Hernán escuchó a Josefina con algún escepticismo, pero la cúpula superior venía presionándolo para que se mostrara permeable a las ocurrencias de sus subordinados. Para sorpresa de Josefina, La Antártica resultó un éxito sideral, sobre todo para niños ociosos caídos en el vértigo de la eterna vacación pueblerina y adolescentes zombies que buscan un último bajón de madrugada.
—Te felicito, la verdad que descubriste la pólvora… ya no venís a ver si llueve, Jose, vos tenés la capacidad del diluvio—le dijo un día Hernán desde la graciosa ancianidad de sus veintidós años.
A Josefina esa imagen la hace pensar en pólvora mojada y eso la deja medio deprimida varias semanas. De madrugada sale a correr por la playa para paliar la angustia. Una noche, cuando ya no lo espera, lo encuentra.
Mirando el mar, olímpico e inmóvil, Tito parece una estatua.
Se saludan con un abrazo un poco protocolar. No hablan frente a frente: quedan uno al lado del otro, mirando lo celeste.
—Decidí que me voy de acá. Es imposible para mí.—la voz de Tito suena neutra. Sin emoción, casi. Se adivina debajo de todos sus gestos una pantomima declamatoria, teatral: —Lo descubrí ese día que vi la publicidad de Mostaza Merlo… yo… no ser nadie. Yo, descontrol. Yo, quilombo. Escapar.
Pestañea lento, narcoléptico. Josefina se da cuenta de que tiene los ojos cerrados. Algún distraído diría que está dormido.
—Me lo hubieses dicho antes. Tengo una amiga para presentarte. O, si te gustan más grandes, una de mis tías está soltera.
Habría que llorar. Ninguno de los dos lo hace. Clásico de esquimales.
***
Tito agita la mano que una vez se quebró andando en skate desde la ventanilla del micro. El movimiento es un poco torpe. Antes de subir al micro sorprendió a Josefina citándole una canción de Elton John. Le dijo:
—Hold me closer, tiny dancer.
El micro se aleja despacio. El cuello de Tito insiste en seguir curvándose para prolongar todo lo que pueda el contacto visual con Josefina. Ahora el que parece una gaviota es él. Después el asunto se vuelve imposible y Tito se queda mirando la ruta, un poco resignado, pensando en el pelazo de Mostaza Merlo. ¿Por qué le dirán Mostaza? Tito no sabe pero quiere un apodo así, genial, que lo libere del engorroso nombre propio.
***
El otro día Josefina recibió la peor noticia de su vida. Se lo dijo Carolina mientras pelaban cebollas:
—¿Sabías que en realidad las auroras boreales no existen? Son un efecto óptico. Quiero decir, claro que existen, pero es muy diferente cuando las ves por televisión que cuando las ves físicamente. Tienen otra consistencia, otro color. En la vida real son más bien decepcionantes.
La respuesta de Josefina fue empezar a andar en patineta. La temporada está por terminar, y necesita nuevos hobbies.
GIROS
Giros nace a comienzos de 2021, cuando la primera etapa de una joven cuarentena ya había pasado y sólo quedaba la incertidumbre de ver el mundo desde nuestras pantallas, un mundo en el que todo tenía una fecha de vencimiento cada vez más corta. Con la convicción contraria de la inmediatez y a partir de las obras de artistas sin los contactos necesarios para participar en los grandes medios, Giros publica su primera edición en febrero de ese mismo año.
Fundada por Gonzalo Selva (estudiante de cine), a los pocos meses se incorporan al equipo Joaquín Montico Dipaul (oriundo de Ingeniero White) y Gala Semich Álvarez (Licenciada en Letras).
Después de un año y medio Giros construye una comunidad y brinda la posibilidad a escritores, periodistas, ilustradores, poetas, fotógrafos de publicar sus primeras (segundas, terceras y cuartas) obras.
Giros busca ser un espacio para todo aquel que tenga algo para decir o mostrar.
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