Sagrado Corazón de María

NARRATIVA

10/12/202614 min read

Por: Matías Bragagnolo

Matías Bragagnolo publicó las novelas PETITE MORT, EL BRUJO, LA BALADA DE CONSTANZA Y VALENTINO, EL DESTINO DE LAS COSAS ÚLTIMAS, DORMIRÉ CUANDO ESTÉ MUERTO y CLOACINA. En 2015 dictó en Espacio Enjambre un seminario sobre el cut-up. Colaboró en 2018 con la columna Literatura sin límites para el programa El sonido y la furia. Escribe ensayos sobre música, literatura y cine para el diario Perfil y la revista Metacultura. Finalista del Premio Municipal de Literatura Manuel Mujica Láinez 2023.

Sagrada Familia. Iglesia de buenos ciudadanos.

Donde los niños son torturados hasta que cuentan su primera mentira.

Donde la voluntad es rota por la represión.

Donde la libertad es asesinada por el egotismo.

Marlon Brando en EL ÚLTIMO TANGO EN PARÍS

Pero si el Salvador la hizo digna, ¿quién eres tú para despreciarla?

EVANGELIO DE MARÍA MAGDALENA

Volvía a casa apenas dos veces al año. Tres, si para los feriados de Semana Santa conseguía que la carreta de algún comerciante me acercara al pueblo. Pero el trayecto desde el pueblo hasta la casa era tan tortuoso para hacer a pie, incluso portando un equipaje ligero, que solo lo hice una o dos veces durante los seis años que pasé estudiando teología en la Universidad de Fontainebleau. No es que me divirtiera caminar a campo traviesa después de bajar del tren en la estación de Ermitage Miraculeux, en mitad de la noche, saltando cercas alambradas y arriesgándome a recibir el tiro de algún campesino trasnochado, pero una hora menos de caminata es una hora menos de caminata.

Mi último regreso revestía cierta tristeza, y un poco de resentimiento también. Estudiar teología había sido una elección estratégica de mi madre para convencer a mi padre de que no me obligara a ingresar al seminario de la diócesis local, en la parroquia de la Inmaculada Concepción, a treinta kilómetros de mi pueblo y algunos más de nuestra casa. Por entonces, convertirse en militar o en sacerdote eran las dos únicas formas de salir de la pobreza en la región, y ni para uno ni para lo otro tenía yo aptitudes. De manera que volviéndome un licenciado en teología de alguna forma dejaba contento a mi padre: no iba a ser cura, pero iba a tener trabajo asegurado en el seminario cercano a casa, enseñándoles a esos internos condenados al celibato.

Tristeza, decía, porque, hablando de celibato, me había ido de mi casa sexualmente virgen, y luego habían sido seis años de enclaustramiento. Mis padres, enviándome dinero, nada me hicieron faltar, pero tampoco nada sobraba, y así pasé mis días de estudio encerrado en una pensión para señoritos, sin la más mínima posibilidad de conocer en cuerpo y alma la desnudez de una mujer.

El resentimiento se suponía que era una actitud errada de mi parte, pero no podía evitar sentirme así. Mis padres, así como jamás habían pisado la capital de la provincia, también se habían negado a hacerlo para visitarme, y la misma actitud mantuvieron para el día de mi graduación. Hijo único, había obtenido un título universitario elegido por ellos, estudiando en la mayor de las soledades, desarraigado durante años. Aun así, llegado el momento estelar, como un huérfano, o incluso peor, había tenido que observar cómo mis condiscípulos festejaban con sus familias el mismo logro que yo había alcanzado.

Tan disgustado estaba que cuando, faltando un par de horas para el amanecer, llegué a la casa, seguí caminando hasta el granero del fondo, decidido a pasar la noche ahí. Cuando me levantara haría mi entrada en el hogar paterno y ahí descargaría algo de mi bronca. El papel de hijo sumiso me había traído ya demasiado displacer. No iba a venir mal un poco de confrontación. Tenía todo un verano por delante hasta que me dieran el diploma y pudiera empezar a ejercer el profesorado, así que más valía hacer tabula rasa después de echarles en cara unas cuantas cosas.

* * *

Desperté después de varios cantos de gallo. El portón del granero jamás se cerraba, y desde donde yacía sobre el heno pude ver a mi padre que volvía a la casa llevando un balde en cada mano. Lo seguían dos gallinas. Por algún motivo los animales lo querían, no importaba la especie. A mí solo me quería el perro, que ahora estaba acurrucado a mis pies, todavía dormido, sin que yo lo hubiera notado antes.

Seguí parpadeando y me puse de espaldas. Miré a mi alrededor. El granero siempre había sido mi refugio, tanto durante la infancia como después. Era mi lugar favorito para leer, para dormir por la tarde sin que los gritos de mis padres me despertaran, incluso para jugar a los dardos: la diana seguía colgada en el lugar de siempre, a la derecha de la... ¿Qué era esa estatua? ¿Cómo se llamaba? Toda mi vida ahí estado ahí. O al menos desde que tenía uso de razón.

Siempre había asumido que era una alguna especie de ícono religioso, cristiano. El mismo tipo de estatuilla que tenía cada casa del pueblo en alguna de sus paredes, a unos dos metros de altura: una pequeña repisa, un mero estante, y arriba la imagen de yeso o mármol, pintada o monocroma, de una virgen María, un Jesucristo, un santo... Pero esta estatua no era nada de eso. A esta altura de mis conocimientos religiosos, nadie mejor que yo para saberlo.

Perdiendo los restos de modorra justificada que todavía flotaban en mi cabeza, me puse de pie y lentamente, casi con cuidado en cada paso que daba, me fui acercando hasta la repisa. Eso era una mujer. Una muchacha, para ser más exacto. Y no había en ella el menor rastro que la relacionara con alguno de los personajes bíblicos o post-bíblicos que poblaban las imágenes del arte cristiano.

Para empezar, estaba desnuda. Y no como el Cristo, que al menos llevaba un taparrabo. Esta joven estaba por completo desnuda. Estaba sentada, con las piernas flexionadas y cruzadas delante del cuerpo. Los antebrazos descansaban sobre las rodillas. Su rostro tenía rasgos dulces, aunque germanos. Rubia, muy rubia, con el pelo lacio que le caía por debajo de los hombros.

Estuve a punto de caer de rodillas, y tuve que apoyar una mano en mi pecho, tanta era la conmoción, cuando, por algún tipo de mecanismo mental que no pude entonces ni puedo ahora explicar, tuve la viva certeza de que no solo esa imagen siempre había estado ahí en el granero, que yo la había visto infinidad de veces a lo largo de mi vida, sino que, además, durante esos primeros veintitrés años de mi vida jamás su tamaño se había achicado en comparación con mi cuerpo, que había pasado desde el medio metro de mis primeros pasos a los casi dos metros de altura en mi adultez. Por el contrario, la figura había crecido tanto como mi cuerpo. Desde abajo, desde donde yo la miraba con la pera en alto, se veía del tamaño de una mujer de la edad que aparentaban sus rasgos, es decir, de una mujer de mi edad.

El problema, el problema que entonces se me presentó, en medio de esa avalancha de revelaciones y cuestionamientos que estaba teniendo incluso respecto de mi propia actitud en el pasado ante esa imagen, era que esa mujer siempre había tenido mi edad actual, ahí, sobre la repisa. Pero era su tamaño lo que había cambiado a lo largo de los años. Su tamaño había sido el de una virgen María o un San José comunes y corrientes. Y había crecido paulatinamente, de eso estaba seguro. Tan paulatinamente que yo no lo había notado.

No lo había notado, como tampoco jamás me había cuestionado quién era esa hermosa aunque un poco insípida mujer. Tampoco se lo había preguntado a mis padres. Caminé casi en éxtasis, en semicírculo, para un lado, para el otro, mirándola desde cada ángulo permitido. Su cuerpo era del color de la carne; no marmóreo, como suelen serlo las imágenes religiosas. Pero no tenía senos, ni siquiera tetillas. Tampoco vagina o ano, que en su posición hubieran quedado expuestos, conforme lo decían los libros de anatomía que hojeaba en la biblioteca de la universidad cada vez que necesitaba acumular material masturbatorio.

¿Podía ser que esa ausencia de órganos sexuales y miembros eróticos hubiera provocado, junto con el hecho de que había sido un objeto siempre presente en la cotidianeidad de mi vida, que su razón de ser en ese granero no hubiera hasta entonces generado el más mínimo interés o curiosidad en mí?

“¿Quién es usted?”, pregunté en voz baja, extrañado. Una pregunta que iba dirigida a mí mismo, claro está.

O no tan claro estaba. Porque ese rostro me sonrió. Y podría todo haber quedado en una conmoción que me hizo retroceder algunos pasos, y que podría, luego, haber sido adjudicada a mi imaginación estimulada por ese extrañamiento quizás propio de la madurez y el tramo final de un desengaño que se venía gestando en mi vida desde mi niñez (esto es, que no eran mis padres personas que me amaran de verdad). Podría todo haber quedado en eso, de no haber sido porque, pasados unos segundos, con suavidad y naturalidad, la joven a quién, sin saberlo por qué, y con muy poca originalidad, asocié con el nombre María retiró sus brazos de sus piernas y las bajó hasta dejarlas colgando y quedar sentada sobre el borde de la repisa, con las palmas de las manos apoyadas junto a sus caderas.

“¿Estás... estás viva? ¿Acaso estás viva?”, no pude evitar preguntar en voz alta, pese a que mi boca debía estar abierta como un foso.

Asintió con la cabeza.

Esto no podía estar pasando. Pero pasaba.

Corrí a buscar una escalera, una portátil, de las llamadas “de tijera”. La coloqué debajo de la repisa y subí hasta la altura de María. Volvió a sonreírme y le dije: “Perdón, y permiso: voy a tocarte”, y con sumo cuidado toqué su fría piel para tomarla por debajo de las rodillas con el brazo izquierdo. Con la mano derecha pasé su brazo izquierdo por mis hombros. Ella no solo no opuso resistencia, sino que ayudó en el proceso.

Pesaba tanto como un ser humano de su tamaño, y a punto estuve de caer al bajar a tierra. No pude evitar visualizar lo que estaba haciendo. Se asemejaba al acto que José de Arimatea y Nicodemo habían llevado a cabo un viernes, bajando de la cruz el cadáver de Jesús.

Con suavidad deposité sus pies descalzos sobre el suelo polvoriento y corrí hasta mi bolso de mano, de donde saqué una toalla con la que cubrirla. La mañana estaba fría, y no pude evitar pensar en la cantidad de inviernos en que esa pobre muchacha había soportado las heladas. ¿Acaso mis padres estaban locos de remate? ¿Acaso yo mismo había estado loco de remate también, incapaz de ver que tenían a un ser vivo como adorno?

Después de cubrirla, lo pensé mejor y me saqué el sobretodo, reemplazando la toalla. Completé su vestimenta con el pantalón de mi pijama, un par de medias de lana y los mismos zapatos con que había asistido a mi ceremonia de graduación.

* * *

Aprovechando que mis padres todavía ignoraban mi regreso, intenté hablar con ella, sacarme ciertas dudas para aclarar el maremágnum de culpa, asombro, extrañamiento e incredulidad en que se había convertido mi conciencia.

Pero todo fue en vano. Sonreía, sí, yo parecía caerle bien y de alguna manera intuía mi ímpetu sobreprotector, pero no parecía estar en condiciones de mantener una conversación. No era muda, en más de una oportunidad se había puesto seria y había intentado emitir palabra, sin otro resultado fuera de la articulación de sílabas inconexas y sin sentido. Ni siquiera llegaban a ser vestigios de algún idioma por mí alguna vez oído o leído. Su mirada no lo insinuaba, pero de momento me dije que se podía llegar a tratar de algún caso de idiocia o de demencia pacífica.

Como fuera, no quise perder más el tiempo. Necesitaba llevarla adentro de la casa y hacer que comiera y tomara algo caliente. Ahora las explicaciones que les exigiría a mis padres serían de una índole algo distinta de aquellas que había tenido en mente durante mi regreso.

* * *

Con María sentada junto a la estufa, preparé café con leche y tostadas. Fue lo primero que tuve a mano, y mientras me abocaba a eso me permití increpar a mi madre. Mi padre se había ido en uno de sus caballos al pueblo.

La actitud de mi progenitora estaba siendo, en el mejor de los casos, canallesca. En ningún momento negó haber sabido durante todos esos años que María era un ser vivo. Un ser vivo que crecía en esa repisa, inmóvil, sin abrigo, sin comida, sin afecto. “¿Quién es?”, le grité exasperado. “¿De dónde salió?” “¿Por qué no murió de frío?” “¿Por qué despertó ahora?” Mi madre se reía, avergonzada, burlona, encogiéndose de hombros. “La trajimos un tiempo después de que vos nacieras”. Esa fue una de las pocas cosas coherentes que dijo, en las pocas oportunidades en que se dignó hablar.

Todo era demasiado para mí. No era la primera vez en que había sentido ganas de golpear a alguno de mis progenitores. Mientras tanto, María, siempre enfundada en mi saco, no había probado nada de lo que había puesto delante suyo sobre la mesa.

Todo era demasiado. Me vi inundado por náuseas. Corrí al baño a vomitar. No quise arriesgarme a hacer un papelón delante de María. Creo que entonces ya sabía que la amaba.

Lo último que escuché, mientras avanzaba por el pasillo en el que aparecían, en sucesión, las puertas de las dos habitaciones, fue a mi madre riendo fuerte, antes de decir algo en voz alta, probablemente dirigido a María.

* * *

No pude vomitar. Después de lavarme la cara e intentar recuperar un poco el control de mí mismo, volví a la cocina.

El recinto estaba vacío. También la adyacente sala de estar. Vacío de seres humanos. Supongo que vale la pena aclararlo. Es decir, ni mi madre ni María estaban ahí.

Sin pensarlo demasiado, y viendo por la ventana que la carreta seguía en el terreno delantero, salí corriendo por la puerta trasera. El perro estaba en mitad del trayecto hacia el granero, mirando hacia adentro. Desde mi posición, nada se veía.

Llegué al portón en el momento en que mi madre salía, con un cuchillo ensangrentado en una mano, sosteniendo con la otra, sobre su pecho, los lados de un echarpe; mirando hacia abajo, caminando rápido y encorvada, con una expresión divertida en la cara, como a punto de largar una carcajada.

Mis piernas dejaron de responder. Quedé de pie junto al portón, indeciso, sin saber si entrar o correr tras mi progenitora, para increparla, para interrogarla por lo que pudiera haber hecho con ese cuchillo. Fue la primera vez, en lo que iba del día, que me cuestioné si realmente no estaba soñando. O, en el peor de los casos, si esto que estaba viviendo no se trataba de un episodio, quizás definitivo, de locura.

Finalmente me decidí y, caminando, esperando lo peor, ingresé en el granero.

* * *

María estaba de pie, con la repisa por sobre su cabeza, un par de metros a sus espaldas. Su piel había adquirido un aspecto traslúcido, y sonreía al tiempo que lágrimas rodaban por sus mejillas y goteaban sobre los zapatos que todavía llevaba puestos. Sus brazos estaban apenas separados del tronco; el sobretodo estaba abierto, apenas se sostenía sobre sus hombros. No podía ver sus manos, los puños caídos las cubrían por completo.

En su pecho sin senos ni areolas ni pezones había un tajo abierto, sanguinolento, pero no había rastros de sangrado más allá de la herida. Parecía el tajo de la lanza en el Cristo crucificado de las iglesias, solo que vertical. Finalmente el saco cayó de sus hombros y su torso quedó desnudo por completo.

Lentamente, en un acto que no pude interpretar más que como una ofrenda, levantó el brazo derecho y expuso a mi vista, sobre la palma de la mano abierta, un corazón. Un corazón del tamaño de un durazno, completamente ensangrentado. De la parte superior brotaban dos cabos, cortados a unos centímetros. Y como si de la corona de espinas de un Sagrado Corazón de Jesús se tratara, el corazón de María estaba abrazado por un cinturón de venas y arterias entretejidas.

Lo tomé. Se suponía que eso era lo que tenía que hacer, ya que hablar no podía. Hablar no podía y tampoco pude dar más que tres o cuatro pasos antes de caer desvanecido, llevando ese corazón tibio en las dos manos.

* * *

Cuando recuperé mi conciencia estaba en mi cama. De la sala de estar venían voces. Eran las voces de mi madre y del médico del pueblo, el que siempre había sido el médico de toda mi familia, el que había perpetrado la cesárea que me había traído al mundo. Se iba, dejándola con palabras tranquilizadoras. Por lo que pude deducir, llevaba ya un rato despierto después de haber salido de un largo sueño posterior al colapso en el granero, pero yo no lo recordaría.

Tardé un poco en recordar las circunstancias que me habían depositado en esa cama. Con la poca fuerza que asistía a mi cuerpo, aparté las frazadas, me puse las botas y salí en busca de María.

Afuera atardecía. No estaba ya en el granero. El viento traía olor a madera quemándose. Miré al horizonte, hacia el norte. Una columna de humo se levantaba muy detrás de los corrales de las cabras.

Corrí, dejando atrás los límites de las tierras paternas, adentrándome en lo que era por entonces todavía territorio del gobierno. Siempre acercándome cada vez más al humo, subí por la ladera muy poco empinada de la loma que me impedía ver el fuego.

Llegué a la cima cuando el último rayo de sol se apagaba en el horizonte, después de haber notado que mi madre me estaba siguiendo. Todavía nos separaban varias decenas de metros.

La fogata era grande, con leños largos, acomodados como si de una cama maciza y sin patas se tratara. Abrazado por las llamas, estaba el cuerpo de María, acostado boca arriba, con una de las rodillas flexionada hacia el cielo. Ya había empezado a carbonizarse, en medio del halo de luz roja que alumbraba el semblante apenado de mi padre. Sostenía las manos a los costados de su pantalón, tiznadas, con los dedos apenas contraídos. De fondo, las grises montañas que nos separaban de Bretaña.

Pude presentir la cercanía de mi madre, a mi izquierda. Sentí su mano en mi hombro, con el brazo rodeando mi espalda. No podía verla, como ya tampoco podía ver a María o a mi padre. Detrás de la cortina de lágrimas, solo el atardecer azulado y el manchón ígneo.

Sentí su sien sobre mi hombro. Ni siquiera tuve fuerzas para sacudirme y alejarla de mí. ¿Para qué, ahora que todo estaba perdido?

Entonces habló. Esta vez no había ironía ni burla en su voz.

“‘Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer’. Es eso lo que dice la Biblia, ¿no es verdad?”

Pude notar en sus cuerdas vocales cómo la vejez empezaba a pisarle los talones. Aunque no era un tono lastimero: más bien se asemejaba a una afrenta. Pero yo no iba a contestarle. No creo que estuviera esperando mi respuesta, de todas maneras.

“¿No te parece el acto de crueldad más grande que se pueda imaginar? Que la misma persona que cuando no podía valerse por sí misma fue alimentada por su madre con la leche que salía de sus pechos, años después, la abandone para siempre. Sin el menor remordimiento”.

No podía verla bien, seguía mirando hacia adelante y mis ojos todavía estaban inundados, pero pude sentir cómo negaba con la cabeza.

“No, no, no. Eso nunca me iba a pasar a mí. Me lo prometí el mismo día en que supe que te tenía en mi vientre. Carne de mi carne, hijo mío. Mamá nunca va a dejar que una mujer rompa tu corazón”.

GIROS

Giros nace a comienzos de 2021, cuando la primera etapa de una joven cuarentena ya había pasado y sólo quedaba la incertidumbre de ver el mundo desde nuestras pantallas, un mundo en el que todo tenía una fecha de vencimiento cada vez más corta. Con la convicción contraria de la inmediatez y a partir de las obras de artistas sin los contactos necesarios para participar en los grandes medios, Giros publica su primera edición en febrero de ese mismo año.

Fundada por Gonzalo Selva (estudiante de cine), a los pocos meses se incorporan al equipo Joaquín Montico Dipaul (oriundo de Ingeniero White) y Gala Semich Álvarez (Licenciada en Letras).

Después de un año y medio Giros construye una comunidad y brinda la posibilidad a escritores, periodistas, ilustradores, poetas, fotógrafos de publicar sus primeras (segundas, terceras y cuartas) obras.

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