Salvo el presente, de Lucila Gurman
ENSAYO
Lara Buonocore
5/18/20265 min read
Por: Lara Buonocore
Lara Buonocore (26) es escritora y fotógrafa y vive en Buenos Aires. Es licenciada en Artes de la Escritura por la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Publicó cuentos y ensayos en distintos medios: Revista Bache, Arde, Oropel, Áspera, Chelsea Hotel Mag y Rock y Arte Divulgación Cultural. En 2022 fue seleccionada en las categorías de Poesía y Ensayo del Festival Artístico de la Universidad Nacional de las Artes (FAUNA).


“Mi papá creía que yo andaba bien con todo el mundo cuando era chica, que no me importaba si las personas eran diferentes a mí. Decía: ‘No tienen casi nada en común salvo el presente’.” La frase que le da título a Salvo el presente (2026, Vinilo) de Lucila Gurman, condensa de forma perfecta el corazón del libro. Esta idea de que el presente es lo único que se tiene en común con el resto de las personas se vuelve aún más certera si tenemos en cuenta que la historia está situada en la pandemia. Cuando todo tendía al aislamiento y el individualismo, la narradora va en la dirección contraria: busca constantemente a un otro con quien compartir y crear espacios seguros, armar una red de contención frente a su mundo que parece desmoronarse poco a poco.
El hecho de que está atravesando una separación, el párkinson de su padre y el surgimiento de un nuevo amor al mismo tiempo, refuerza aún más esta idea de que lo único que permanece es el presente. Un presente chicloso y cambiante, que no se deja controlar o rodear de una forma cautelosa. Por momentos, las cosas se suceden con brío y desenfreno, amontonándose las unas sobre las otras; por otros, el tiempo del presente se estira a más no poder, como una esponja que absorbe a la protagonista. “Cuando hago algo arriesgado, me siento liberada del presente y condenada a la fatalidad de lo que va a venir.” Entonces, el presente es punto de encuentro y también peso, carga. Es el instante que se repite y prolonga y que estamos obligados a vivir. Sin embargo, es la única certeza que existe, y este libro encapsula muy bien ese sentimiento. Hay un pasado que aparece e insiste, pero no logra permanecer, se diluye; y un futuro que no pareciera llegar nunca: “Cada vez falta menos, pienso. Ahora no sé menos para qué.
Salvo el presente tiene un ritmo que invita a la reflexión y, al mismo tiempo, a sumergirse en el momento retratado, dejando atrás la propia vida para adentrarse en la heterogénea y vibrante constelación de personajes, historias, y recuerdos narrados. Acompañamos a la narradora en su presente, en ese día a día que va registrando, incluso en los momentos difíciles. “No aprendo nunca la consigna: la huida es hacia adentro.” Y el libro pareciera imitar este movimiento, seguir a la narradora: fugarse en todas las direcciones posibles.
Días después de haber terminado Salvo el presente, seguía pensando en el libro. Hay algo pregnante, que perdura, acaso sea la historia y sus personajes, pero yo creo que más que nada es la forma en que está narrada, con una delicadeza propia de lo que se sabe frágil. Me resultó un libro tan honesto, tan sutil y, sin embargo, incisivo, tan luminoso. Sobre todo luminoso. “Vi distintos cielos desde la ventana del Gol. Vi el cambio de estaciones sobre los árboles de Chacarita, vi personas conocidas en los autos que paraban al lado nuestro en los semáforos.” La atmósfera cinematográfica de este pasaje me envolvió y trasladó a esa escena exacta, como si yo fuera una más en ese auto que recorre Buenos Aires. La narración es así a lo largo de toda la novela: se detiene en los detalles, en las pequeñas cosas y las retrata de una forma inusitada: tal vez se trata de una calle de Chacarita, un hospital o un departamento, pero al leerlos en este libro es como si viéramos estas cosas por primera vez.
Quizá tenga que ver con algunas de las anécdotas narradas, que se sienten cercanas por lo simples, por relatar momentos de lo cotidiano de una forma atenta y conmovedora. Como el momento en que la hija de la narradora le pregunta cuándo fue su primera menstruación y dice, “No le quiero contar que me dio un ataque de llanto porque en esos años menstruar era hacerse señorita y eso significaba dejar de ser nena. En esa época mi papá me abrazaba y se me pasaba todo. Era mágico.” O cuando miran Juego de gemelas, que su hija vio muchas veces, y reflexiona, “A ella la repetición la entusiasma, entra en un loop en el que existen las cosas que permanecen iguales.” Reaparece la idea de permanecer, de la reiteración, de un presente hecho de instantes repetidos que se suceden una y otra vez. Hay algo en la forma de decir en este libro que le da un peso especial a las palabras, hace que seamos conscientes de cómo se conectan entre sí.
A su vez, me hizo pensar y volver a un artículo que me gusta muchísimo, Los restos de lo real, de Florencia Garramuño, donde la autora habla de estos textos que se saben híbridos, que toman su material de la experiencia real de quien escribe y la hacen literatura. Pero hay un aspecto que me parece central de su planteo y que se vincula con Salvo el presente: “Se trata de un tipo de escritura que, a pesar de hacer evidentes los restos de lo real que forman el material de sus exploraciones, se desprende violentamente de la pretensión de pintar una ‘realidad’ completa regida por un principio de totalidad estructurante.” Creo que es un poco lo que pasa en el libro: si bien la novela surge de anécdotas, recuerdos, y experiencias reales, se desprende de ellos a través de su forma de narrarlos; donde podría haber un realismo que los reduce a meros eventos, acá aparece una poética que los hace resaltar de una forma inesperada.
A partir de los restos de lo real —el dolor, el amor y desamor, la familia, los amigos, viajes— Lucila Gurman elige sus palabras con cuidado y arma las oraciones con un lirismo que solo puede encontrarse en la literatura.
Mientras leía el libro, pensaba en las páginas que restaban y me desesperaba, quería que durara más, pero a la vez no podía —ni quería— dejarlo. Me acuerdo de los distintos lugares donde lo leí, las horas, cuando lo hice con compañía y las veces que sin, cómo la luz del sol o de mi lámpara alumbraba las hojas en determinado momento. No creo que haya una fórmula exacta para narrar el presente con su caos e incertidumbre, sus sorpresas y detalles, pero creo que Lucila Gurman encontró un tono y un estilo que se le acercan, iluminando el brillo insólito de la experiencia humana.
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