Tensionar la escritura científica
ENSAYO
Santiago Andrés Martín
5/14/20264 min read
Por: Santiago Andrés Martín
Santiago Andrés Martin (1994). Es mendocino, amante del mate el domingo a la mañana. Psicólogo y docente universitario. Es Magister en estudios latinoamericanos (UNCU) y doctorando de psicología (UNSL). Su trabajo se centra en estudios sobre salud mental comunitaria en escenarios rurales.


Llegan las revisiones de un artículo sobre mi investigación: un acercamiento etnográfico a la vida rural de un paraje local. Hace 18 meses que envié el artículo al prestigioso journal y, según un colega de piso, con algunos ajustes podría incorporarse directamente a mi tesis. El primer revisor advierte olvidos a lo largo del texto. Señala que el escrito no cumple algunas de sus promesas. Sin embargo, aprueba con entusiasmo y alienta a volver sobre el escrito. El revisor número dos rechaza el artículo. Su tono altanero y agresivo desborda el reparo que me ofrece la computadora: se recomienda desestimar el uso de recursos considerados artísticos, se recuerda que el artículo debe procurar hacer ciencia, no literatura.
Pienso entonces, ¿qué registros escriturales tienen cabida en ese journal y, por qué no, en la tesis misma? ¿Cómo es posible, con Bachelard, conocer en contra de un conocimiento anterior, si no atravesamos las formas de escritura que nos precedieron? Si la escritura científica no está llamada a devenir literatura, no puede permitirse abandonar la búsqueda de lo que Juan Villoro llama un estilo literario o el trabajo de explorar las posibilidades del lenguaje y, por lo tanto, del pensamiento. Pues, hay escrituras que nos impiden, como un obstáculo, conocer ciertos matices de la experiencia que investigamos.
Quienes nos dedicamos a escribir en ciencias sociales estamos familiarizados con distintos estándares que organizan la citación y el formato de los textos. Normas APA, Chicago y otros tantos dispositivos de gobierno de la escritura. Se trata de equipamientos que marcan las direcciones posibles de la palabra en un texto. Hay quienes apelan a la necesidad de estandarizar algo de la comunicación para poder dialogar y, muy probablemente, tengan razón. Sin embargo, y acá está el asunto que quiero tratar, lo que norma también obtura. La normatividad de la escritura circunscribe formas de pensamiento y borronea los registros afectivos de quien investiga.
Llevemos este problema aún más lejos. ¿Qué sucede cuando la normatividad APA se cruza con la normatividad de la IA? ¿Será así, finalmente, que un texto podrá volverse, en su chatura lingüística, absolutamente traducible? Entonces pareciera que la IA está, finalmente, ejecutando el idilio del positivismo. Pero la imbricación de los distintos mecanismos de gobierno de la escritura logra su utopía a fuerza de expulsar las intensidades políticas, eróticas, estéticas que nos atraviesan en el acto mismo de escribir. Esto es, una vez más, una intervención sobre la dirección posible de la escritura. En última instancia se trata, sin más, de un mecanismo para empobrecer los modos de conocer. Detener la multiplicación de la escritura científica es atentar contra la diversidad epistémica y metodológica de la investigación.
“Procurar hacer ciencia, no literatura”. Pero aquello que no es llamado a habitar una tesis, en nombre del género literario de la academia, debe su prohibición no a un límite natural sino a un límite estrictamente político. Ciertamente, decir que hacemos ciencia, no literatura es lo mismo que decir “hacemos ciencia, no política”, cuando en la cocina de la investigación buscamos darle forma a un mundo en el que convergen sentidos, prácticas, horizontes, intereses que nos trascienden. En efecto, hay una maquinaria insaciable y tenaz de plantillas, indexaciones y normas empecinada en hacer que un registro no quepa en otro. ¿Será que ciertos rasgos literarios hacen visible el punto de vista de quien investiga y he ahí el ensañamiento contra ellos? La cocina de la escritura está atravesada por operaciones de raigambre literaria y el debate actualiza, entonces, el viejo problema de la objetividad, aunque en su proyección escritural. ¿Será cierto, después de todo, que los hechos son capaces por sí mismos de crear sentido?
En buena hora se habla de pluralismo metodológico, interdisciplina y otras tantas designaciones de la hibridación de las concepciones y las prácticas, pero claro... no hacemos literatura ni hacemos política. Entonces leemos como si pudiera escribirse la realidad cuando nomás llegamos a escribir algo sobre nuestra realidad a través de un esfuerzo por ensamblar piezas tan heterogéneas como dispersas. Escribir una tesis quizás sea entonces el trabajo de diseñar una composición. Roque Farrán dice que componer es una estrategia para pensarnos y que eso solo es posible en el cruce y sin purismos. Sabemos, gracias a las epistemologías situadas, que la objetividad no es ausencia de punto de vista sino su enunciación, dar cuenta de las condiciones materiales y subjetivas que hacen posible la investigación.
Quizás valga la pena preguntarnos a qué o a quién le debemos fidelidad (¿oración?) en la escritura científica. La respuesta no puede llevarnos a la deserción. Pues, existen parámetros de los que no puede desertar nadie que pretenda seguir escribiendo. Entonces acaso convenga indagar de qué herejías es capaz el gesto indócil de explorar, siguiendo a Adorno, las (di)versiones del decir. ¿Cómo desatar la escritura del culto científico en lo que norma de registro y en lo que regula de ritmo? ¿De qué manera alojar la diversidad de la escritura en nuestro trabajo? ¿Cómo, siguiendo a Mónica Ojeda, profanar el texto durante la escritura misma? ¿Qué sacrilegios podemos cometer en nuestra práctica escritural?
Elogiar, sin dudas, la lentitud y el desvío (pienso en Alexandra Kohan). Insistir en la permanencia que requiere el cultivo del pensamiento. Confiar en los desvaríos que acontecen en medio del insomnio, la espera, la euforia, el asombro. También, provocar incomodidad, introducir rarezas, empalagar el gusto anodino de todos los revisores número dos, incurrir en imágenes sensibles. Impregnar nuestras escrituras con marcas de situación requiere, por supuesto, de la rigurosidad académica que no podemos evadir en medio de una época de galopante negacionismo científico. Pero también requiere una sensibilidad peculiar que signe la producción de conocimientos con el compromiso de hacerle lugar a todo lo que ocurre en nosotros mientras escribimos: las luces y las sombras del deseo que se abre paso.
GIROS
Giros nace a comienzos de 2021, cuando la primera etapa de una joven cuarentena ya había pasado y sólo quedaba la incertidumbre de ver el mundo desde nuestras pantallas, un mundo en el que todo tenía una fecha de vencimiento cada vez más corta. Con la convicción contraria de la inmediatez y a partir de las obras de artistas sin los contactos necesarios para participar en los grandes medios, Giros publica su primera edición en febrero de ese mismo año.
Fundada por Gonzalo Selva (estudiante de cine), a los pocos meses se incorporan al equipo Joaquín Montico Dipaul (oriundo de Ingeniero White) y Gala Semich Álvarez (Licenciada en Letras).
Después de un año y medio Giros construye una comunidad y brinda la posibilidad a escritores, periodistas, ilustradores, poetas, fotógrafos de publicar sus primeras (segundas, terceras y cuartas) obras.
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