Torta de cumpleaños

NARRATIVA

7/10/20265 min read

Por: César Navias

César Sebastián Navias (Corrientes, 1997). Periodista por la UNNE y escritor inédito, con interés especial por la narrativa corta. Desde el año 2021 participa en el taller literario Queserraye, del Centro Cultural Universitario de la UNNE. Además, con el mismo grupo de escritura, participó de diversas mesas de lectura compartiendo sus producciones, incluidas dos en la Feria Provincial del Libro de Corrientes.

Flor batía la crema frenéticamente mientras Maru le prendía el vestido de fiesta. El monoambiente estaba inundado de un aroma a vainilla y sus pisos estaban repletos de huellas de colorante verde.

—Listo, seguí vos. —, dijo Flor, y le pasó el bowl con la crema verde azabache a Maru mientras corría al baño. Maru untaba crema sobre los bizcochos en tanto que, desde el baño, escuchaba el motor de la secadora de pelo a toda potencia.

Fue entonces que vio a la mosca: estaba embarrada, aleteando desesperada para intentar escapar de la crema.

—No hay tiempo. —, se exasperó Flor, que salió del baño y montó encima el otro bizcochuelo, sin notar al bichito ya moribundo. Le ordenó a Maru terminar de maquillarse y se encargó de la decoración. Mientras Maru, sentada en la cama, se colocaba los zapatos, vio como Flor coronaba la torta con detalles en crema rosa y brillos dorados.

Salieron corriendo del departamento y se subieron al auto de un salto. Maru llevaba la torta en sus manos. Arrancaron a toda velocidad hasta que las paró el semáforo de la avenida.

—Decime la hora. —, dijo Flor. Maru miró su reloj de pulsera.

—Son las…

—No, para. No quiero saber. —, interrumpió Flor y cerró los ojos. Maru la miró apretando los labios.

—No, está bien. Decime.

—Doce menos cuarto.

Flor apretó las manos en el volante y aceleró el auto, que dejó atrás una estela de bocinazos y puteadas. Mientras Maru se aferraba a su asiento y apretaba los dientes, la mosca zumbaba en su mente.

Lograron esquivar el tránsito de viernes por la noche hasta llegar al salón. Ambas saltaron de sus asientos y corrieron hacia la puerta, que era custodiada por dos hombres trajeados. Flor los pasó corriendo, sin reparar en el pedido de sus nombres para revisar si estaban en la lista. Maru, apenas un par de metros más atrás y aún con la torta en las manos, se detuvo.

—Varela y Martínez. —, dijo agitada. Uno de los recepcionistas buscaba los apellidos mientras el otro alumbraba con la linterna de su celular. Maru levantó la vista y vio a Flor volviendo sobre sus pasos.

—¡No tenemos tiempo! —, repitió y agarró la torta. Entraron corriendo por un pasillo apenas iluminado hasta encontrarse de lleno con la fiesta.

Flor se detuvo a mirar el salón mientras le devolvía la torta a Maru. El lugar estaba colmado con al menos 200 personas. Con un rápido escrutinio, Maru determinó que en la fiesta estaba toda la oficina y, probablemente, toda la empresa. La gente conversaba y se reía en pequeños grupos. Pudo notar que ya había pasado la hora de la cena porque las pocas personas que charlaban sentadas tenían platos con huesos de pollo y restos de puré.

La pista de baile tenía una gran bola de espejos en el centro. Unas cuantas personas, con copas de champán en una mano, bailaban música ochentera.

—¡¿Dónde estaban?! ¡Hace dos horas tenían que estar acá! —, dijo Silvina mientras se acercaba desde un costado.

—¿Preguntó por nosotras? —, consultó Maru. Silvina rabió y le arrancó de las manos la torta. Con paso apurado se acercó a la mesa dulce, ubicada de frente al resto de las mesas, y la completó colocando la torta en el centro.

Flor codeó a Maru y le señaló una mesa, separada de las demás: era la mesa de Marga. La jefa conversaba sentada en un trono y llevaba un vestido de lentejuelas dorado.

—Siempre tan ordinaria. —, dijo Flor y negó con la cabeza. Marga, a lo lejos, las vio y con una mano les indicó que se acerquen.

Las dos caminaron lentamente hacia Marga mientras recibían saludos al pasar de gente de la oficina. En el aire, húmedo y con olor a humo, escuchaban a Miguel Mateos cantar “Si te dibujo sin rostro / Es porque amo tu interior”.

La mosca volvió a la mente de Maru. Viscosa, se movía en la crema, luchaba por escapar. Sus alas revoloteaban sin éxito mientras una capa de crema la sepultaba. Sintió un frío recorriendo su espalda.

—Cuanto me alegra que nos acompañen. —, dijo Marga y les sonrió. Maru hubiera querido escuchar uno de los comentarios cínicos de Flor sobre el maquillaje exagerado de su jefa.

—Estás espléndida, —, contestó Flor sonriendo. —como siempre.

La canción del feliz cumpleaños comenzó a salir desde los parlantes y todo el salón comenzó a aplaudir al compás. Silvina se acercó y tomó de un brazo a Marga. Juntas, caminaron hasta la mesa dulce, mientras Marga recibía saludos y besos.

El brillo dorado de la torta se iluminaba con las velas y bengalas que Silvina encendió. Marga posaba colocando la mano derecha bajo la pera al tiempo que un fotógrafo le sacaba fotos con flash. Todos en el salón se habían ubicado alrededor.

Marga sopló las velas. Silvina cortó una porción de la torta y se la acercó, con un plato y un tenedor. Flor le susurró a Maru que necesitaba una copa de champán mientras aplaudían desganadas.

—El momento de la verdad. —Sonrió Marga, y levantó su porción.

La mosca seguía aleteando en la mente de Maru. Cientos de patas de mosca le recorrían el cuerpo, que se erizaba con una sensación desagradable y la hacían retorcerse. Flor le vio la mueca de preocupación.

—Maru, ¿todo bien? —, pero Maru ya no escuchaba.

Corrió hacia Marga. Pensaba que todavía tenía tiempo. El zumbido en el que estaba hundida su mente no le permitió notar que, en el camino, empujó a quienes se interponían, incluyendo el fotógrafo.

Marga se llevaba un pedazo pinchado con un tenedor a la boca. Maru tropezó y alcanzó a golpear la mano de Marga antes de que llegara a probarlo.

Maru se repuso y vio a los invitados mirándola con expresión confundida. En el fondo Flor, con los ojos bien abiertos, se tapaba la boca con las manos. La música se había parado. Maru se dio vuelta y notó restos de crema verde azabache en el piso y en el vestido dorado.

Marga parecía a punto de decirle algo.

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