Tres poemas

POESÍA

4/29/20263 min read

Por: León Guerrero

León Guerrero (Tegucigalpa, 1999) es un escritor centroamericano. En 2023, fue el primer seleccionado en artes de la beca Hondufuturo, obteniendo una maestría en Escritura Creativa en la Universidad de Glasgow. Fue invitado al 36 Festival Internacional de Poesía de Medellín 2026. Su cuento "El mejor espectáculo de su muerte" ganó mención de honor en el Concurso Nacional Rafael Valle (El Heraldo de Honduras) y fue publicado en la revista Katabasis (México). Su poemario inédito Invasores fue finalista del VII Premio de Poesía Hispanoamericana Francisco Ruiz Udiel (Editorial Valparaíso, 2025). Ha publicado en Minificción (México) y Fleet (Reino Unido).

Archipiélago de escarcha

Una víbora nos guía entre las sombras rocosas de una playa.

El mar salpica con hocicos de marlín que desgarran la niebla,

baile de esgrimistas que corta pensamientos con gélidas embestidas.

El cielo es negro y vacío como una casa sagrada;

un aire voraz congela las moscas a mitad de su vuelo.

Nuestro contrabandista prometió calor.

Cuando entramos en la embarcación,

descubrimos que los dientes del frío están más afilados

en la sombra que en el viento.

La ausencia late en mis venas:

la de la sonrisa luna de mi primo,

la de las notas doradas de los álbumes de jazz de mi tío.

La soledad me abraza entre doscientos cuerpos trenzados,

suspendidos entre la memoria y el horizonte.

Volver a nacer

Los desnudos también dicen que el agua no tiene pelos de donde agarrarse

—Fitzcarraldo (1982)

La embarcación nos contiene,

fetos revolcantes en el vientre de su madre.

Dormir aquí es como intentar descansar

sobre un dado de casino,

balbucea una voz que se quiebra cual cristal.

Afuera, la sala de parto rebosa

mientras rayos impactan el estribor.

La furia del mar arranca la lógica del horizonte;

el suelo es líquido, el techo salado,

y el cuerpo no sabe a qué aferrarse.

Bolsas con nuestras pertenencias

salen disparadas por la borda,

documentos hechos peces

que jamás llegarán a la aduana.

Ya no hay arriba,

solo el peso del océano

empujando desde todas partes.

Cuando la tormenta cede,

muchos duermen en el fondo.

Los demás flotamos en silencio;

desnudos de pasado, vestidos de futuro.

Morimos bajo las olas

y nacimos sobre ellas.

Mapa de regreso

Quince años desde que me separé.

Al bajar del avión, una entrada

que no me atrevo a cruzar.

Mi cuerpo aún conserva lo que mi mente olvidó:

brazos que caen en el peso del aire húmedo;

oídos que se pueblan con palabras de mi primera lengua.

La voz de mi primo me pregunta cómo llegué.

Ha envejecido demasiado

desde que partí.

No sé qué responderle,

no sé si la vida que dejé aún me espera

o si se hundió, puerto tragado por la marea.

La niña que fui seguro me aguarda

con reproches en los labios

por su inocencia que perdí.

Mi mano tiembla en la manilla.

Escruto sobre mi hombro

si el puente de embarque todavía puede salvarme.

Me confunde pensar

que no temblé frente a un asesino

y ahora me estremezco frente a un portón.

Pero este miedo,

cuyo sabor es de pérdida y desarraigo,

no está cartografiado en mis reflejos de barrio.

Mi piel me sigue marcando como de aquí.

El pestillo cede cuando lo empujo para descubrir

el abismo de mi pasado.

Un silencio poblado de fantasmas

arremete — espada afilada

que hace sangrar mis oídos.

Luego, conversaciones interrumpidas hace tres lustros,

preguntas que el eco devuelve intactas,

nombres que encerré en mi boca para no sentir su ausencia.

Me volteo y huyo hacia la zona de salidas.

Le grito al personal que no me deje aquí, y corro mientras me tropiezo

entre primos, madres y tías que se multiplican en mi visión.

Apago mi teléfono que aporrea

y lloro igual que un turista extraviado

con ganas de volver a casa.