Tu amor, parábola de un mundo mejor

ENSAYO

5/3/20268 min read

Por: Elena A. Benitez

De Corrientes, 29 años. Es profesora en Ciencias de la Educación. Escribe a partir de lo que lee de forma aleatoria en textos literarios y teóricos, pero también desde la propia experiencia, buscando construir ideas que desarmen y rearmen sentidos. Profesionalmente, se desarrolla en el ámbito de lo publico, lo comunitario, con un fuerte compromiso por los derechos humanos. Cree en el poder de la palabra, por ello las elige con especial atención.

Así dice una de las canciones más icónicas de Charly García junto a Pedro Aznar, en una línea que me acompaña hace años. La tengo en mi repertorio de frases contundentes por condensación de sentidos. La uso, incluso, al margen de la canción en sí, como enunciado. Me gustan particularmente tres (3) cosas: 1) que le habla a un Otro, así, en mayúsculas, un otro con estatuto de Otro; 2) que ese Otro tiene posición, tiene potestad de dar pauta porque le confiere atributo de “parábola”, de arquetipo moral; y 3) que no se trata de cualquier pauta, sino de aquella que invita a un mundo mejor, ubicando ese amor en el plano del “ideal”.

Este conjunto de acepciones me gusta desde la singularidad porque parece un contrapunto a la oferta simbólico-cultural de la época respecto de lo que se reproduce como discurso amoroso. Un ejemplo chiquito lo encontraba en las letras de canciones, que actualmente parecen devaluar los sentimientos desde la ponderación de la individualidad, la frivolidad, el escepticismo, la degradación del otro, la desesperanza o la autoflagelación, entre otras cuestiones. Si escuchamos atentamente y comparamos hacia atrás, vamos a darnos cuenta de que casi ya no se componen canciones de conquista, de realización de promesas, de invitación a la conformación de un nosotrxs.

De alguna manera, la oferta cultural -o lo que la experiencia singular en relación al amor permite narrar hoy en día- describe un estado de situación que reniega del deseo de amar o ser amadxs. Así, el sentimentalismo vendría a convertirse en el tabú de esta época, como ya supo señalar Barthes al advertir que, en la vida urbana actual, “ya no existen ninguna de las poses del patético amante”. No hay escena del balcón ni morfología reconocible del enamorado, ni gestos ni mímica que lo delaten; a diferencia del siglo XIX, donde abundaban las representaciones del amor, hoy “ya no se puede reconocer a un enamorado en la calle”. Estamos rodeados de sujetos de los que no podemos saber si están o no enamorados, porque, si lo están, “se controlan enormemente” (Barthes, 2015, p. 249).

En ese borramiento de las marcas del enamoramiento puede leerse el pasaje hacia un régimen vincular que comienza a ordenarse según otros criterios. Me pregunto entonces: ¿Cuánto de este presente de citas bajo una lógica mercantil (exhibición de candidatxs, exceso de ofertas, baja tolerancia a la demanda, ausencia de compromiso y relaciones de poca duración -por no decir descartables-) es casualidad?, ¿cuánto podría repercutir hacia adelante en la forma en que concebimos los vínculos?, ¿cómo, principalmente?...

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En La agonía del Eros, Byung-Chul Han (2018) habla de cómo el narcisismo excesivo de la propia mismidad que circula conduce a la erosión del Otro y, por ende, a la crisis del amor. Esta incapacidad de reconocer la diferencia, de ver al otro en su alteridad, imposibilita el encuentro, es decir, la experiencia erótica. El filósofo surcoreano sitúa la crisis del amor entre otras crisis, como la del tiempo, que en la contemporaneidad se plasma en una sucesión de presentes discontinuos que denomina disincronía temporal. Esta impide la duración en el tiempo, la narración, la perspectiva hacia atrás y hacia adelante, y nos deja una sensación de andar a los tumbos, sin rumbo, sin horizonte.

También desde la sociología se reflexiona sobre el asunto del tiempo: algunos dicen que se acelera, otros que se fragmenta; lo llaman efímero, líquido, ligero, y todos intentan explicar cómo impacta en el terreno de los vínculos. Lipovetsky (2006) encuentra su explicación al problema de la ligereza -de los lazos y los acontecimientos- en la hipermodernidad, a partir del desencanto con las grandes promesas de la modernidad donde la incertidumbre por el futuro y la ausencia de esperanza se imprimen en una decadencia del “culto mecánico al progreso”, identificado a “un porvenir puro que hay que construir sin garantías, sin cauces trazados de antemano ni leyes inflexibles del devenir” (p. 71).

En consonancia, se desestructuran los antiguos marcos de regulación colectiva y proliferan conductas y patologías que expresan la fragilidad del lazo social. Entonces, dicha ausencia de horizonte contribuye a la conformación de un tipo de subjetividad que queda atrapada en la inmediatez, sin grandes arraigamientos, con personalidad y gustos fluctuantes, y con moral especular.

A su vez, este sujeto -devenido individuo- encuentra satisfacción en el consumo de bienes de todo tipo y en la exhibición del éxito a costa de la productividad sin descanso. Silvia Bleichmar (2011) va a referirse a estas satisfacciones como el goce que propone la sociedad actual, en reemplazo o como alternativa de la felicidad que ya ni se promete.

Byung-Chul Han dirá que la consecuencia inmediata es la depresión del éxito, en la cual prevalece la elección de uno sobre la elección del otro. También sostendrá: “Eros y depresión son opuestos entre sí. El Eros arranca al sujeto de sí mismo y lo conduce fuera, hacia el otro. En cambio, la depresión hace que se derrumbe en sí mismo” (2018, p. 11). De tal manera, la experiencia erótica queda dificultada bajo el régimen del yo, que no se dirige al otro de forma enfática, que no se dispone a la asimetría y a la exterioridad del Otro.

Muy de la mano de la elección de uno sobre la del otro se halla uno de los grandes eslóganes del amor actual: el amor propio. El amor autónomo, independiente, autoerótico, generalmente enlazado a los argumentos de salud, bienestar y empoderamiento. El problema del eslogan, claramente, no está en quererse, en intentar conservar cada cual su singularidad, su espacio, su tiempo. Pero lo que sí constituye, a mi entender, algo preocupante es creer que el Otro es el problema para lograr salud, bienestar y empoderamiento. Porque este slogan es meramente defensivo del Otro, es una barrera al Otro, a la posibilidad de que un ajeno a mí haga algo a mi preciado y pequeño mundo creado para gozar sin deseo.

El otro es un peligro, el otro es impredecible, y nos arranca del reaseguramiento al que nos sometemos para no perdernos. Porque este encuentro con el Otro, atroz e invasivo, que nos habita y nos roba el aire, nos convoca a otra cosa: el riesgo. El riesgo de pasar a ser otra cosa, porque si algo nos pasa en el encuentro con el Otro, eso es la transformación.

El Otro nos invade, nos altera, nos cambia, nos cuestiona. Pasa a ser instituyente de uno, pasa a tener potestad. Y tiene potestad el Otro con mayúscula porque, cuando ya está ahí, metido en lo más profundo de nuestro ser, no lo queremos perder. Todo el vacilamiento que tal acontecimiento produce es motivo de valentías y cobardías de todo tipo. Alexandra Kohan (2020), en “Y sin embargo, el amor. Elogio de lo incierto”, señala muy bien esta cuestión: la de la angustia y la felicidad. No hay posibilidad, dice ella, de vivir acorde a nuestro deseo sin pasar por la angustia. Y como la angustia tiene mala prensa -sobre todo para la productividad-, queda intentar no pasar por ella. Así volvemos al punto de inicio: el régimen del yo.

Y si esos son los riesgos del amor, ¿cuáles son los riesgos de proliferar estos discursos y estos modos? Leyendo “La construcción del sujeto ético" de Silvia Bleichmar (2011) me llamó la atención la estrecha vinculación entre el reconocimiento del Otro y la constitución de una ética en el sujeto. Ella parte de la definición de noción ética de Lévinas como “reconocimiento de la presencia del semejante, como ruptura que el semejante inscribe en mi solipsismo y en mi egoísmo” (2018, p. 18).

Una cuestión importante que va a desarrollar es la diferencia entre la ética pragmática y la ética del imperativo categórico. La primera, más relacionada con una racionalidad instrumental de autoconservación; la segunda -que es la que me interesa- más vinculada a la legalidad que estructura la pauta, y que se inscribe o se funda en el “amor y respeto que se le tiene a quien la transmite” (p. 186). Es decir, existe un componente afectivo inherente a lo que cada uno ha incorporado como correcto en la ley intrasubjetiva.

Me resulta, entonces, imposible no habilitarme la pregunta por la instalación de la pauta en esta crisis del amor, en la escasez del encuentro con la diferencia, en la falta de experiencia erótica. ¿Cómo haría el sujeto para construir una ética más allá de las legalidades impuestas (leyes) si el componente afectivo queda excluido de la ecuación?

Si bien la autora está hablando de los lazos primarios en la constitución ética, se puede presuponer que en la socialización secundaria, se inscriben pautas, valores e ideales que unen, que forman la identidad del nosotrxs. En tanto reina el desapego y la volatilidad, ¿cómo sería posible que algo se inscriba? Si no hay afecto, si no hay reconocimiento de un otro, corremos el riesgo de perder de vista el sufrimiento ajeno, corremos el riesgo de la apatía y del desconocimiento, corremos el riesgo del cinismo. Y eso es trágico. Que nada nos conmueva es realmente trágico.

Este es el momento en el que radicalizó -porque todo esto es una gran exacerbación- la línea de la canción donde dice “parábola de un mundo mejor”. Me resulta un enunciado con mucha fuerza, justamente porque enaltece el sentimiento, de tal manera que parece colocarlo junto a la utopía de un mundo mejor, y en ese sentido, en el terreno de lo comunitario. Además, en una época que continuamente nos empuja a fortalecer nuestro individualismo.

La verdadera subversión quizás hoy resida en la valentía de animarnos a transitar esa angustia necesaria que solo el encuentro con una alteridad real puede ofrecernos. Retomar la potencia de ese "Otro con mayúsculas" implicaría aceptar que el amor es un acontecimiento que nos arranca del solipsismo para situarnos en algo ajeno a la mismidad; algo más vasto y significativo. Habitar el “nosotros”, es la única forma de escapar al régimen del yo. Solo en presencia de un semejante chocamos con la verdad de quienes somos y ganamos la oportunidad de transformarnos si se asume tal desafío, tal herida al ego. Sin ese riesgo, sin esa invasión del Otro, no hay ética ni mundo mejor posible.

Referencias

Barthes, R. (2015). El grano de la voz: Entrevistas 1962–1980. Siglo Veintiuno Editores.

Bleichmar, S. (2011). La construcción del sujeto ético. Paidós.

Han, B.-C. (2018). La agonía del Eros. Herder.

Kohan, A. (2020). Y sin embargo, el amor: Elogio de lo incierto. Paidós.

Lipovetsky, G., y Charles, S. (2006). Los tiempos hipermodernos. Anagrama