Una frontera porosa
ENSAYO
Chiara Salustri
9/9/20265 min read
Por: Chiara Salustri
(Buenos Aires, 1997) es bióloga y artista. Trabaja en la intersección entre ciencia, literatura y artes visuales. Su obra estudia los límites de la agresión, la percepción y la empatía en el mundo animal, cuestionando el lugar del humano dentro de la naturaleza. Desde ese cruce explora preguntas filosóficas sobre la vida social y los bordes éticos y morales de hacer ciencia.
Ha sido invitada a conversatorios, lecturas y muestras donde transforma sus hallazgos en lenguaje sensible y político. Por sus investigaciones ha recibido becas y premios de instituciones como IBRO, Nencki Institute, CONICET y UBA. Además, integra la Comisión de Diversidades y Género de la Sociedad Argentina de Neurociencias.


Existen partículas cuyo viaje empezó en explosiones estelares que ocurrieron cuando en la Tierra todavía no había nada que pudiera llamarse humano. Restos de supernovas, que durante su viaje su trayectoria fue desviada por los campos magnéticos y atravesaron la atmósfera, produciendo partículas secundarias que viajan y llegan ahora, y pasan a través de la materia como si no existiera. A través de los techos, a través de la piel, a través del hueso, a través de la memoria RAM de tu computadora. Yo digo que el cosmos influyó en mi trabajo y lo que digo es cierto, digo que el cosmos influyó en las elecciones y sigue siendo cierto. La realidad como una cebolla, con sus muchas capas de verdad.
La computadora habla un lenguaje binario de unos y ceros. Pero en ese diálogo se puede escurrir el cosmos. En 1978 Intel noto que los chips de sus memorias se comportaban de forma extraña. Había bits que cambiaban de 1 a 0, aparentemente sin explicación, de manera espontánea. No había un error en el código, no había una falla a la cual adjudicar el daño. Me da risa como, tan rápido, decidimos que las cosas suceden de forma espontánea, la vida espontánea, la combustión espontánea, la felicidad y la angustia espontáneas. Cuando en realidad las explicaciones a lo que observamos pueden ser infinitas y pueden estar ocultas en alguna de las miles de capas de realidad que no podemos percibir, al fin y al cabo, somos un tipo de animal con sentidos bastante limitados. Pero el caso de Intel es uno de los pocos en los que se pelaron capas y capas hasta llegar a hacer algún sentido.
Los ingenieros hicieron lo que hacen los ingenieros. Buscar una causa. Buscaron y buscaron, revisaron sus máquinas, sus insumos, sus plantas. Parecía no haber razón, parecían al borde de rendirse, de desechar todos los productos, de darle la derecha a la generación espontánea. Hasta que encontraron una planta de producción, cuya ubicación era un poco extraña. Pero tuvieron que mirar en profundidad, al principio no había nada raro, una planta más, donde se fabricaban algunas de las partes cerámicas que recubren los chips. Pero la planta estaba situada cerca de un río que corría, río arriba, cerca de un antiguo molino de uranio. El uranio es un metal pesado, elemento radiactivo, de número atómico 92, que se usa como combustible en la generación de energía nuclear. Las partículas radiactivas del uranio habían migrado río abajo, y de alguna forma, se habían incorporado en los cerámicos que se fabricaban en la planta de Intel, que luego recubrieron los chips.
Unas cubiertas cerámicas, cargadas de elementos radioactivos, que emitían partículas alfa, de forma invisible, en secreto. Cada partícula atravesaba luego un transistor del circuito de la computadora, creando una pequeña corriente de ionización, perturbando el delicado equilibrio eléctrico. Y el transistor, incapaz de hacer frente a la corriente, cambiaba su estado. Un uno se volvía cero, rompiéndolo todo. La frontera entre el mundo físico y digital, resultó ser porosa, resultó ser una ficción.
Muchos años después, la historia de “espontaneidad”, de cierta forma, se continúa con las elecciones regionales de Bélgica del 2003. La votación era electrónica, y se hacía con unas tarjetas magnéticas. Creían que la precisión de una computadora era la forma más confiable de hacerle justicia a algo casi divino, como la democracia. En este caso el problema saltó a la vista solo, una candidata tenía más votos que los que la matemática permitía. Y el número tenía una firma reconocible. Tenía 4.096 votos. Dos elevado a la doceava potencia. (212) . En lenguaje binario las posiciones tienen peso, la posición cero vale uno, la posición uno vale dos, y así, la posición 12 vale 4.096. Si un único bit, en la doceava posición, cambia de cero a uno, el número almacenado aumenta en exactamente ese valor. De alguna forma, de nuevo, se había alterado el delicado equilibrio de un transistor. Todo apuntaba a que un único bit había cambiado de estado. Un único bit, en un único chip, en una única computadora en una sala de conteo en Bélgica y el resultado de una elección había cambiado. Se piensa que una partícula altamente energética, posiblemente relacionada con radiación cósmica, alteró el delicado equilibrio eléctrico de la computadora. Así de delicado es el universo y realidad que habitamos. ¿Cuántas veces habrá pasado algo así sin que nadie lo notara?
Convivimos, y quizá es mejor ignorar que lo hacemos, con partículas radioactivas, con rayos cósmicos, que pueden coincidir con un transistor, en el momento justo, cambiar un bit. Y si ese bit era parte de un cálculo, el cálculo cambia. Y si ese cálculo era parte de un resultado, el resultado cambia. Y nadie lo sabe.
La convicción de que todo error es localizable es el fundamento silencioso de toda nuestra civilización moderna. Los registros médicos, los sistemas de votación, los modelos climáticos, las comunicaciones militares. La convicción de que hay una memoria, que funciona acorde al plan. Pero esa memoria no está aislada del cosmos, por más místico que eso suene. Entre el universo y nuestros instrumentos hay una conversación permanente que nadie autorizó y que casi nadie escucha. Todo nuestro mundo está expuesto a interferencias que vienen de lugares tan remotos que pierde el sentido entrar en esa búsqueda. Creo que me estoy repitiendo y se entendió la idea del poco control que podemos llegar a tener sobre lo que sucede.
La ciencia intenta construir un mundo de condiciones controladas y variables aisladas para entender el mundo, y en gran medida lo logró. Pero nunca del todo. Siempre va a existir esa frontera porosa entre la ciencia y el cosmos. Intel la encontró en sus chips, Bélgica en sus votos. Yo ahora culpo al cosmos cuando la computadora no grabó mi experimento como le pedí que haga. Me gusta pensar (o quizá me resulta más fácil hacerlo) que quizá estoy ante el eco de una explosión estelar. La ciencia como caja negra no es solo una metáfora epistemológica, sino que a veces puede ser un transistor esperando la partícula que viene del fondo de otro tiempo.
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Giros nace a comienzos de 2021, cuando la primera etapa de una joven cuarentena ya había pasado y sólo quedaba la incertidumbre de ver el mundo desde nuestras pantallas, un mundo en el que todo tenía una fecha de vencimiento cada vez más corta. Con la convicción contraria de la inmediatez y a partir de las obras de artistas sin los contactos necesarios para participar en los grandes medios, Giros publica su primera edición en febrero de ese mismo año.
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Después de un año y medio Giros construye una comunidad y brinda la posibilidad a escritores, periodistas, ilustradores, poetas, fotógrafos de publicar sus primeras (segundas, terceras y cuartas) obras.
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