Vueltas y vueltas y vueltas

NARRATIVA

5/24/20264 min read

Por: Diego Garcés

Diego Garcés es licenciado en Artes de la Escritura por la Universidad Nacional de las Artes y Locutor Nacional por el ISEC. Nació en San Andrés Islas, Colombia (1992) y vive en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires desde el año 2015. Sus cuentos han aparecido en diferentes revistas digitales, como Giros, Lafarium o Extrañas Noches. Fue seleccionado en el festival FAUNA en los años 2022 y 2025. Dentro de sus obsesiones literarias se cuentan temas como la soledad, la violencia, la imposibilidad de redención y la belleza de la fealdad. Se desempeña como redactor para la revista cultural Siete Artes. Narra y se encarga del sonido en el proyecto de terror TODOSCURO. Actualmente, estudia la Especialización en Dramaturgia en la Universidad Nacional de las Artes. Tiene dos gatos que lo ayudan a escribir.

Me desperté tan rápido que el mareo vino como un disparo apuntado al centro de mi frente. Me levanté como pude tratando de hacer pie en un piso acuático y una cama de nubes que se iba siguiendo el movimiento de la tierra y dejándome a mí atrás. Los recuerdos parpadeaban frente a mis ojos como muchas veces ya lo habían hecho, como un lugar común; sentía que repetía una misma escena ya vivida, una escena que solo recuerdo haberla vivido cuando vuelvo a verme inmerso en ella. Ya sabía que lo primero que iba a hacer era salir al balcón a tomar aire, a ver las nubes, no la de mi cama, las nubes de verdad, moverse a una velocidad inusitada para una nube y preguntarme desde cuándo las nubes se mueven tan rápido. Y así lo hice, caminé sobre el entablado clavándome cosas que ni miré en las plantas de los pies descalzos. ¿En qué momento me quité los zapatos? Respiré el aire fresco olor a tierra y exhosto y a la planta de lavanda que el vecino de abajo tenía colgada en la ventana y vi las nubes tan veloces que parecían estrellas fugaces en el desierto, porque las estrellas en el desierto sí se mueven y se mueven rápido, no como en la ciudad, que lo más parecido a una estrella que se mueve es una nube veloz y el fogonazo de un disparo. Siempre en esos momentos pienso lo mismo ¿Desde cuándo las nubes se mueven tan rápido? y así me lo pregunté, ¿desde cuándo las nubes se mueven tan rápido? Bajé la mirada al fondo, como ya sabía que haría, a través del pulmón del edificio, al punto de fuga escalonado con balcones y plantas colgantes, toallas húmedas y calzoncillos secos, que amenaza con revelar la verdad de la existencia si nos rendimos ante él. Ese engañoso punto de fuga es lo mismo que girar hasta el cansancio alrededor de una cabeza que nunca muestra la cara. Pero yo ya sabía que iba a pensar eso, porque esa escena ya la había vivido, exactamente muchas veces anteriores, era el deja vu del deja vu del deja vu, un deja vu infinito solo comparable al vértigo del punto de fuga del pulmón del edificio; el abismo no es una caída, es un espejo que pide ser atravesado para entender lo que hay del otro lado. Ya sabía que la imagen iba a volver una y otra vez y que para sacármela de encima iba a tener que entrar de nuevo, aunque eso implicara penetrar el tufo del mareo y el alcohol rancio, aunque implicara encarar las ruinas de la noche anterior que ya era una noche en ruinas de personas arruinadas que no pueden dejar de arruinarse porque no conciben otra forma de vivir. Ya sabía que iba a pensar eso y que el mareo me iba a venir antes de entrar de nuevo y me iba a asaltar esa tristeza que se mete en los poros apestados de tanto mareo, porque la tristeza más grande siempre le sigue a la felicidad absoluta, a esa euforia mentirosa que es el intento de zancadilla a los pensamientos fulminantes, a los sobrepensamientos, al tajo y la puñalada a uno mismo cuando encuentra las ruinas de sus ruinas, cada vez más deshilachadas. Y así sucedió, como ya sabía: entré mareado, agitando la mano como si el tufo fuera un enjambre de moscas y vi la definición de mi propio ser tan palpable que se me hizo insoportable, el vacío del punto de fuga ya no parecía tan terrible. Hice lo que ya sabía que iba a hacer, mirarme la ropa, manchada de alcohol, mierda, fluidos y sangre, patear los tacones rotos a un lado, alzar la falda y tirarla sobre la cama, agarrarle la cara a la mujer que parecía estar atrapada, igual que yo, en un grito eterno. Le agarré la cabeza y la miré tratando de adivinar quién era. Porque yo ya sabía que todo estaba predestinado, sabía que iba a levantarme, salir al balcón, mirar el vacío, volver a mi vacío y recorrer el cuerpo, pero también sabía que, a pesar de siempre recordar todo lo anterior y de recordar que siempre recuerdo todo, no recordaría quién era la mujer que estaba en el piso de mi departamento, con el alarido atravesado entre los ojos. No reconocía esa cara, ni ese cuerpo, ni su forma de estar tendida en el entablado. Ese detalle, ínfimo en comparación a todo lo que recordaba, era el más importante y el único que se me escapaba de la escena que siempre vivía y que a esa altura recordaba completa, aunque nuevamente me veía inmerso en ella sin saber cómo cambiarle el final.

GIROS

Giros nace a comienzos de 2021, cuando la primera etapa de una joven cuarentena ya había pasado y sólo quedaba la incertidumbre de ver el mundo desde nuestras pantallas, un mundo en el que todo tenía una fecha de vencimiento cada vez más corta. Con la convicción contraria de la inmediatez y a partir de las obras de artistas sin los contactos necesarios para participar en los grandes medios, Giros publica su primera edición en febrero de ese mismo año.

Fundada por Gonzalo Selva (estudiante de cine), a los pocos meses se incorporan al equipo Joaquín Montico Dipaul (oriundo de Ingeniero White) y Gala Semich Álvarez (Licenciada en Letras).

Después de un año y medio Giros construye una comunidad y brinda la posibilidad a escritores, periodistas, ilustradores, poetas, fotógrafos de publicar sus primeras (segundas, terceras y cuartas) obras.

Giros busca ser un espacio para todo aquel que tenga algo para decir o mostrar.

El anacronismo nos convoca; el último tuit del influencer nos repele.

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